En el corazón de Toro (Zamora) se levanta una auténtica joya arquitectónica e histórica: su Plaza de Toros, construido en entramado de madera y adobe, considerado uno de los más antiguos y singulares de España.
Sin embargo, los monumentos no solo se sostienen por la firmeza de sus vigas o el peso de casi dos siglos de historia; sobre todo se mantienen en pie gracias al cariño, la devoción y el esfuerzo invisible de quienes los cuidan en el día a día.
En Toro, esa labor callada y abnegada tiene nombres y apellidos. Son los de Hipólito Pascual Paredes y José María ‘Pelines’, dos vecinos amantes del patrimonio de su pueblo y apasionados del mundo del toro que, de forma completamente voluntaria y altruista, dedican incontables horas de su tiempo libre a mimar cada rincón del coso toresano.
Un compromiso naciente de la afición y el recuerdo
El idilio de ambos con el inmueble viene de muy lejos, casi desde la cuna. En el caso de Hipólito, la dedicación le corre por las venas.
Su padre ya trabajó en la plaza hace décadas, en una época donde los turnos de mantenimiento cuidaban al detalle que las maderas de las barreras se desmontaran e resguardaran cada invierno bajo los tendidos para que el agua no las echara a perder.
"Mi padre estuvo aquí de encargado, igual que estoy yo ahora. Antes se cuidaba todo al milímetro para que nada se estropease", rememora con nostalgia y orgullo mientras observa la mítica arquería de madera.
Por su parte, José María 'Pelines' aporta la perspectiva de quien ha sentido el coso en primera persona desde el albero. Exnovillero local con 25 años de trayectoria al frente de direcciones de lidia, guardián de tardes gloriosas junto a figuras inolvidables del toreo zamorano como el maestro Andrés Vázquez o Antonio de Luisa, siente la plaza como su propio hogar.
"Yo es que he sido novillero y esto me viene de muy adentro", confiesa 'Pelines' con brillo en los ojos.
"Es una pena que una plaza tan bonita la dejen hundir. Esto es una joya, una auténtica maravilla, y cada vez que entro y la veo con algún desperfecto me pongo mal. Me tira el alma, la verdad".
Horas a pie de albero por "amor al arte"
Pintar las maderas, acondicionar los callejones, adecentar y llenar las pilas de agua de los chiqueros y los corrales, o dar pasadas al albero a altas horas de la madrugada para que la arena presente un estado óptimo de cara a las celebraciones taurinas.
La lista de tareas que asumen de forma autónoma es interminable y abarca los doce meses del año.
"Aquí hacemos el mantenimiento nosotros, como voluntarios que somos. Que no crea la gente que cobramos algo, que no cobramos ni un solo euro. Ni un dólar", aclara 'Pelines' con la contundencia de un viejo aficionado entregado a su bien comunal más preciado.
"Lo hacemos por pura afición, porque nos gusta el arte de los toros y, sobre todo, porque no queremos que la plaza se vaya abajo. Ese es el único secreto: mucho trabajo y amor por este sitio".
Su compañero Hipólito refrenda cada palabra mientras detalla la brega continua que exige la instalación cuando se acercan las fechas señaladas en el calendario toresano.
"Lleva muchísimo trabajo. A las tres o cuatro de la mañana estamos aquí dándole vueltas al albero para que la plaza esté un poco en condiciones y curiosa. Si no estuviéramos nosotros encima de cada detalle durante todo el año, esto estaría de pena”"
El orgullo de mantener viva una tradición viva
Para estos dos toresanos, el premio a su entrega no mide su valor en dinero, sino en la satisfacción personal de ver el coso engalanado y a punto cuando los aficionados cruzan el portón de acceso.
Saben que su esfuerzo asegura la preservación de un legado que pertenece a todos los vecinos de Toro y a las generaciones venideras.
Lejos del afán de protagonismo, su objetivo diario sigue siendo el mismo que cuando decidieron dar el paso para evitar el deterioro del recinto: acudir con sus herramientas, su bote de pintura y sus rastrillos a la plaza para seguir mimando las tablas de un monumento vivo.
"O eres voluntario de verdad o no lo eres", reflexiona ‘Pelines’ apoyado sobre la barrera que tantas veces ha pisado.
Entre el olor a madera antigua y el albero fresco, Hipólito y 'Pelines' continúan su rutina diaria, garantizando en silencio que la centenaria plaza de toros de Toro siga luciendo con la dignidad y el esplendor que merece su historia.
