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Luis Miguel de Dios ha pasado buena parte de su vida contando Castilla y León y, en especial, ese mundo rural que hoy vuelve a situarse en el centro del debate. Los incendios que asolan buena parte de España y golpean con especial dureza a la Comunidad han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: qué ocurre con el territorio cuando los pueblos pierden habitantes, envejecen y se quedan sin relevo.

Quién cuida el monte, quién mantiene vivo el campo y qué se puede hacer para revertir décadas de despoblación son cuestiones que estos días adquieren una urgencia renovada.

En ese contexto, El cielo nos pilla muy lejos, la última novela de Luis Miguel de Dios, cobra una actualidad inesperada. El periodista y escritor zamorano lleva décadas reflexionando sobre el abandono del campo, el éxodo hacia las ciudades y la desaparición paulatina de una cultura rural que durante generaciones sostuvo la vida en buena parte del territorio.

Nacido en Guarrate (Zamora) e hijo de agricultores, De Dios ha desarrollado una larga trayectoria periodística antes de trasladar también a la literatura esa mirada sobre su tierra. Conoce el campo desde dentro y ha convertido sus pueblos, sus gentes y sus problemas en una constante de su obra.

En El cielo nos pilla muy lejos regresa a ese universo desde la ficción, pero lo hace con materiales profundamente reales: conversaciones escuchadas durante décadas, recuerdos de infancia, anécdotas, personajes con mote y la memoria de una forma de vida que se transforma a gran velocidad.

El título nace, precisamente, de una conversación de bar. En Paternóster, el pueblo imaginario donde transcurre la novela, uno de sus vecinos resume esa sensación de lejanía con una frase sencilla: "El cielo nos pilla muy lejos". De Dios explica que no hay en ella resignación ni fatalismo, sino la experiencia de quienes sienten que las decisiones importantes siempre se toman en otro lugar.

Y, pese a todo, el escritor no presenta el pueblo como un espacio de derrota. Al contrario. Cree que en él sobreviven formas de convivencia, de ayuda mutua y de relación con el tiempo que la ciudad ha ido perdiendo.

De hecho, Luis Miguel de Dios predica con el ejemplo y reside en El Pego, un pequeño pueblo de la comarca de La Guareña que, durante estos días de verano, se convierte en un hervidero de vecinos y visitantes que regresan a la localidad para pasar sus vacaciones. Reencuentros y alegría estival.

"Vivir en un pueblo tiene sus ventajas y sus inconvenientes", reconoce, pero con los años la tranquilidad, el contacto con los vecinos y la sensación de pertenencia adquieren un valor distinto.

El reverso son las carencias, la pérdida de servicios y la desaparición de espacios de encuentro. De Dios recuerda que en su pueblo llegaron a pasar un año sin bar y que hoy resulta difícil encontrar aquellas partidas nocturnas que antes llenaban varias mesas. No solo han cambiado las costumbres; también han desaparecido muchos de quienes las sostenían.

'El cielo nos pilla muy lejos' EE

De ocultar el acento a reivindicar el pueblo

Durante décadas hubo otra fuerza que empujó a marcharse: la idea de que salir del pueblo significaba progresar y quedarse podía interpretarse casi como un fracaso. Luis Miguel de Dios recuerda una época en la que quien llegaba a la ciudad procuraba borrar el acento, integrarse cuanto antes y esconder su procedencia rural.

"El que se quedaba aquí era un fracasado; el que se iba, triunfaba", resume.

Cree que aquella mentalidad tuvo consecuencias profundas y no duda al señalarla como una de sus obsesiones. "La vergüenza de ser de pueblo ha hecho tanto o más daño que los precios agrícolas", sostiene.

Palabras como "paleto" o "garrulo" ayudaron, a su juicio, a consolidar durante generaciones la idea de que lo rural era inferior y que el éxito estaba necesariamente fuera.

Ahora percibe un cambio. Existe un orgullo mayor a la hora de decir de dónde se viene, de reivindicar las raíces y de recuperar costumbres que durante años parecieron asociadas al atraso. Sin embargo, advierte de que todavía queda por ver hasta dónde llega esa recuperación y si se traduce en algo capaz de mantener vivos los pueblos.

También observa una paradoja. Antes, muchos profesionales que desarrollaban su vida laboral lejos regresaban a su pueblo al jubilarse. Hoy ocurre a veces lo contrario: agricultores que han pasado toda una vida en el campo terminan trasladándose a la ciudad cuando dejan de trabajar y vuelven al pueblo únicamente en verano o durante las fiestas.

Los "catedráticos de la vida"

En esa reivindicación del mundo rural aparece una figura central para De Dios: la de quienes acumularon conocimientos que nunca pasaron por una universidad, pero resultaban imprescindibles para sobrevivir. Los llama "catedráticos de la vida".

Piensa, sobre todo, en su padre. Se puso a arar con apenas 12 o 13 años, pero tenía facilidad para escribir décimas y quintillas y sabía enfrentarse a prácticamente cualquier tarea del campo.

"¿Quién es más culto?", se pregunta. ¿Quien conoce literatura o arte o quien sabe hacer chorizos, elaborar pan, podar, segar y trabajar una tierra?

"Eso también es cultura", sentencia.

Aquellos conocimientos permitieron resistir generaciones enteras al frío, al calor, al trabajo duro y a la escasez. Formaban parte de una manera completa de entender la existencia que ahora se pierde porque, sencillamente, quedan cada vez menos personas capaces de transmitirla.

Para De Dios, la preocupación va más allá de la nostalgia. Mientras buena parte de la sociedad deposita cada vez más capacidades en la tecnología y en la inteligencia artificial, él se pregunta qué ocurre si se olvidan conocimientos tan elementales como cultivar o trabajar la tierra.

Junto a los oficios desaparecen también las palabras. Recuerda haber hablado de ello en varias ocasiones con Miguel Delibes, preocupado igualmente por el deterioro de un vocabulario que durante siglos pasó de abuelos a nietos.

De Dios todavía conserva en la memoria las eras de su infancia, donde cada cosa tenía un nombre preciso. Un "iscal", un "muelo", un "terreguero", unas "granzas". Palabras ligadas a tareas que hoy muchos jóvenes ni siquiera han visto.

"Ahora le explicas a un chico qué es la trilla, qué era un trillo o qué es una parva y tienes que empezar de cero", lamenta.

Y con cada palabra que desaparece se marcha también una parte de la forma de vida que la creó.

Una infancia con una palabra: libertad

Si tiene que resumir lo que significaba crecer en un pueblo, Luis Miguel de Dios encuentra una palabra: libertad.

Los niños salían de casa, montaban en bicicleta, corrían, jugaban y se encontraban unos con otros sin una agenda marcada de actividades. La calle era el espacio natural de convivencia y el tiempo pertenecía, en buena medida, a los propios niños.

Todavía lo observa durante los veranos en algunos pueblos. Los pequeños se juntan en las plazas, juegan durante horas y disponen de una autonomía difícil de reproducir en las ciudades.

"Eso no lo van a volver a vivir nunca", dice sobre esos días de infancia que quedan fijados en la memoria.

Frente a los horarios, los desplazamientos y las actividades extraescolares, el pueblo conserva todavía en algunos casos una forma de descubrir el mundo con mayor libertad.

"Ojalá en los pueblos se siga conservando", desea.

Historias que nacieron en la vendimia

Todo ese universo desemboca en El cielo nos pilla muy lejos. De Dios explica que la novela se sostiene sobre tres pilares.

El primero es la tradición oral.

Muchas de las historias del libro nacen de conversaciones escuchadas durante años, especialmente en las vendimias familiares. Recuerda jornadas en las que podían reunirse ocho o diez adultos y unos pocos jóvenes. Llegaba la hora del almuerzo o de la merienda, cada uno sacaba su comida y empezaban las historias.

"La gente se ponía a contar historias", recuerda.

Los mayores hablaban y los más jóvenes escuchaban. Aquellas conversaciones terminaron décadas después convertidas, ya transformadas por la ficción, en material literario.

El segundo pilar es el cariño por el mundo rural, un escenario que considera mucho menos presente hoy en la literatura de lo que estuvo en otros momentos.

El tercero son las anécdotas. Historias que había contado durante años en cenas, encuentros y conversaciones y que provocaban siempre una reacción parecida: tenía que escribirlas.

Al final lo hizo.

No como una simple colección de recuerdos, sino construyendo una novela alrededor de Paternóster, un pueblo imaginario que, precisamente por no existir, puede representar a muchos. El bar se convierte en uno de sus centros narrativos y las estaciones del año sirven de hilo conductor para mostrar cómo cambia la vida rural del verano al invierno.

El éxodo que vació una generación

La despoblación atraviesa inevitablemente el relato. De Dios pertenece a una generación que vio producirse el gran éxodo rural de los años sesenta, cuando miles de familias abandonaron los pequeños municipios para buscar trabajo en las ciudades industriales.

Lo recuerda especialmente en Guarrate.

Primero se marchaba alguien que lograba colocarse. Después llamaba al hermano, al primo o al vecino. Un emigrante abría el camino al siguiente hasta que terminaban saliendo familias completas.

De Dios regresaba del colegio y encontraba una nueva ausencia.

"Se han marchado estos, se ha marchado aquel, se han ido también los otros", recuerda.

"Aquel fue tremendo. Aquel fue la explosión", afirma sobre un proceso que transformó pueblos enteros.

El escenario actual puede resultar todavía más difícil de revertir. Entonces quedaban jóvenes que podían marcharse. Ahora, la falta de relevo hace que el vaciamiento avance de otra forma.

"Ya no quedamos", resume.

Un pacto contra la despoblación

Luis Miguel de Dios reconoce que no existe una solución sencilla. Si la tuviera, bromea, ya la habría aportado hace tiempo.

Sí tiene clara una condición de partida: un pacto entre administraciones.

"No se puede luchar contra la despoblación desde una administración sola", sostiene.

Ni el Estado, ni una comunidad autónoma, ni una diputación ni un ayuntamiento pueden afrontar por separado un problema de esa dimensión. De Dios considera que las políticas contra el vaciamiento están excesivamente parceladas y que la confrontación política dificulta construir una estrategia de largo recorrido.

También apuesta por una "discriminación positiva" para los territorios despoblados. Si hay zonas rurales que conservan bosques, paisaje y patrimonio natural que benefician al conjunto de la sociedad, plantea que esa función debería tener algún tipo de compensación.

La reflexión adquiere especial fuerza cuando los incendios vuelven a colocar la conservación del territorio en el centro de la conversación pública. Para De Dios, hablar del futuro de los pueblos no consiste únicamente en contar habitantes, sino también en preguntarse quién permanece sobre el terreno, quién mantiene actividad económica y quién conserva espacios que benefician mucho más allá de los límites municipales.

Pero recibir dinero no basta.

De Dios critica que determinados recursos extraordinarios hayan terminado históricamente en actuaciones que mejoraban los pueblos, pero no ayudaban necesariamente a mantener población. "Eso no es lo fundamental", insiste.

Su apuesta pasa por emplear esos recursos en generar actividad económica. Habla de pequeñas industrias vinculadas al territorio, capaces de utilizar productos locales y contratar trabajadores del entorno.

En definitiva, crear razones para quedarse.

Durante demasiado tiempo, sostiene, la despoblación fue asumida como una batalla perdida. Los pueblos desaparecerían porque así era el progreso. Solo cuando el desequilibrio territorial se hizo evidente empezó a cuestionarse aquella idea.

Paternóster y el ingenio de los motes

Paternóster no existe, pero podría existir.

Sus personajes tampoco son reales, aunque detrás de ellos permanezcan recuerdos, tipos humanos y situaciones conocidas. La mayoría tienen mote.

De Dios explica que lo hizo por dos razones. La primera, porque en muchos pueblos el apodo formaba parte inseparable de la identidad. La segunda es literaria: cuando el mote está bien elegido, "no tienes que describir al personaje, lo tienes ya descrito".

Todos son inventados, aclara. Pero el mecanismo que los inspira pertenece plenamente al mundo rural que conoció.

De niño acompañaba a su padre a regar una pequeña tierra en Fuente la Peña. Por allí aparecía Félix, el guarda, conocido como "el Demonio", un hombre curioso al que le gustaba conversar.

Un día llegó con una novedad. El pueblo tenía nueva boticaria. Acababa de bajarse del coche de línea y ya la habían bautizado. Era muy alta y muy delgada. "La han puesto las seis en punto", contó.

Ese ingenio inmediato, esa capacidad para observar a alguien y encontrar una palabra que lo retratara para siempre, está también detrás de El cielo nos pilla muy lejos.

Porque la novela no es solo una mirada hacia la despoblación. Es también una reivindicación de las personas que construyeron la vida de aquellos pueblos, de su lenguaje, su humor, sus conocimientos y sus historias.

De unos hombres y mujeres que quizá no dejaron documentos escritos, pero sí una memoria transmitida alrededor de una mesa, durante una vendimia o junto a la barra de un bar.

Y en un verano en el que los incendios vuelven a obligar a mirar al campo, a sus habitantes y a su futuro, esa memoria que Luis Miguel de Dios rescata desde la ficción termina hablando de un problema profundamente presente.