Dicen que cuando un amigo se va, algo se muere en el alma; quizás por eso el cierre de una librería siempre conmueve.
Pero también hay despedidas que, lejos de ser un final triste, iluminan todo lo vivido y abren espacio para lo que está por venir.
Durante casi veinticinco años, El árbol de las letras, en las inmediaciones de la Universidad de Valladolid, fue mucho más que un comercio.
Fue un rincón donde las conversaciones se enredaban entre estantes de libros, donde cada recomendación era un gesto de amistad.
Estudiantes, profesores, lectores curiosos o bibliófilos cruzaban su puerta sin saber qué buscaban, pero sabían que de allí saldrían con el libro adecuado.
Este agosto, la persiana ha bajado por última vez. La noticia corrió rápido, un cartel en la puerta, una foto en su perfil y las redes sociales se hicieron eco, una noticia tardía en el periódico…
“No cerramos por jubilación, se acabó porque se acabó”, explica Soraya González Soler.
Ella, licenciada en Arte y María José, su hermana, en Filología Hispánica, han guiado esta pequeña nave desde 2002.
Y, aunque reconozcan el cansancio acumulado, también hablan de una etapa cumplida con dignidad: “El esfuerzo cada día es mayor, y la recompensa menor”.
Un comienzo valiente: para entender el espíritu de la librería hay que retroceder en el tiempo.
Tras casi diez años en la emblemática librería Montenegro, un cambio de dueño les hizo replanteárselo.
Decidiendo apostar por sí mismas. Caminaron sin rumbo fijo hasta que encontraron un local cercano, librería también en el pasado, especializada en Medicina.
Así empezó allí su nueva andadura, con un catálogo exquisito, y especializado en Derecho, Medicina, Arte, Historia… “ Éramos libreras de vocación”, recuerdan “Cada mañana, al abrir la puerta, la ilusión estaba servida”.
Y esa ilusión se alimentaba de momentos especiales. Por ejemplo del cliente habitual convertido en amigo, de alguien que buscaba lectura para una espera en el Hospital, del profesor peruano que descubría la librería mientras investigaba …
El covid y la tecnología
Los tiempos cambian, la librería sorteó crisis, transformaciones tecnológicas, nuevos hábitos de lectura.
El Covid aceleró cambios que ya estaban en marcha: clases online y los apuntes en la nube, preferencia por dispositivos electrónicos.
Pero incluso en medio de esas transformaciones, la librería siguió siendo un punto de encuentro para quien buscaba algo más que un libro: conversación, espacio para cambiar impresiones a través de un debate tranquilo, un cuidado escaparate donde detenerse.
La reducción de compras institucionales afectó sobremanera, sí, pero no logró borrar el valor humano que se había tejido allí durante décadas. A sus ramas se subieron autores de gran valía, poetas, ensayistas y pensadores.
“Aconsejar libros requiere complicidad, así fue en un día que presentamos a dos clientes que no se conocían previamente, con el nexo excepcional de que ambos habían leído cinco veces el Ulises de Joyce.
Ahora mientras liquidan el último stock miran atrás con gratitud, 34 años dedicados al oficio de venta de libros, dejan un equipaje lleno de historias, afectos y descubrimientos.
Soraya menciona a Henry James como su autor favorito, un regalo que le hizo un cliente y gran amigo que se convirtió en compañía constante, como otros muchos amigos, que nos han enseñado mucho en tantos momentos compartidos.
Y ahora qué
¿Y qué viene después? Soraya sonríe, “Vivir, descansar y vivir. Nos quedan por leer muchos libros, algunos dedicados con cariño por los autores que pasaron por aquí”.
Valladolid pierde una librería, sí, pero también gana el recuerdo de un lugar donde la literatura unía a desconocidos y donde cada lector encontraba un hogar.
