Antonio Pampliega, un gran referente en el periodismo, también como persona. Siempre dispuesto a ayudar a los jóvenes que empiezan en la profesión, siempre dictando cátedra con su rostro de bondad, curtido por el dolor y sufrimiento que le ha tocado ver y padecer.
En plena gira de presentación de su libro 'Cowboys en el infierno: una novela sobre la Guerra de Siria y sus corresponsales', una novela sobre sus experiencias en Siria, donde él y dos compañeros estuvieron secuestrados por Al Qaeda durante 299 días.
En esta charla con EL ESPAÑOL de Castilla y León, Pampliega se aleja de la épica del combate para hablar con crudeza de la precariedad del oficio, el miedo al nuevo orden en Siria y el costoso peaje que la salud mental le ha cobrado tras años en la primera línea de fuego.
"Ajuste de cuentas"
Pregunta: Dices que este libro es un "ajuste de cuentas". ¿Con quién te estás cobrando la factura?
Respuesta: Conmigo mismo y con el sistema. Ya voy cumpliendo años y, como ser humano, tengo derecho a vivir. Se acabó esto de ser freelance y seguir pagándome las cosas de mi bolsillo con 44 años. Es un punto y final.
He querido plasmar mis vivencias en formato novela de la forma más transparente posible para que la gente entienda qué conlleva realmente nuestro trabajo, más allá de la cara que ven en el informativo.
P.- ¿Qué buscaban realmente los sirios cuando empezó todo? Occidente parece haberlo olvidado.
R.- Buscaban libertad, simple y llanamente. Querían acabar con una dictadura de décadas. Los sirios de verdad querían una democracia, poder salir a la calle sin que les persiguieran. Desde Occidente, no sabemos lo que es perder la libertad.
Si Al-Asad hubiera sido más listo y les hubiera dado más derechos, nada de este horror habría ocurrido, pero prefirió aferrarse a la silla.
P.- Se dice que Al-Asad era "mejor" porque protegía a las minorías cristianas. ¿Es una visión real?
R.- Eso es perder la perspectiva. Era un dictador que no eligió el pueblo, lo eligió su padre. Tenía centros de tortura y exterminio como la cárcel de Saydnaya.
Que fuera más moderado que los iraníes es fácil, pero no deja de ser un genocida. No podemos blanquear eso porque su mujer fuera sin velo o permitiera el culto.
P.- ¿Como ves la precarización del periodismo en la actualidad? ¿Los periodistas debemos ser compañeros?
R.- Los medios fomentan una competencia feroz. Si tienes una historia, no la sueltas hasta publicarla, eso se entiende. Pero nos tenemos solo a nosotros mismos.
Yo he llegado a ceder mi trabajo de vídeo a compañeros que no tenían nada para que pudieran llevarse algo de dinero a casa. Si no nos ayudamos nosotros, no nos ayuda nadie. La precariedad está haciendo que la calidad baje drásticamente.
P.- Has pasado por un proceso de reconstrucción personal muy duro tras el secuestro. ¿Cómo se convive con esa sombra años después?
R.- Hay mucho trabajo detrás, sobre todo a nivel psicológico y psiquiátrico. En 2021, yo tenía un trauma y seguía teniendo estrés postraumático, pero no me había puesto en manos de un profesional para que me diese las herramientas necesarias.
Hay una medicación, pero sobre todo hay una voluntad de intentar mejorar. La guerra siempre te acaba haciendo mella; si piensas que no te afecta y que no pasa por ti, te estás autoengañando. Eso es lo que me pasó a mí.
Se apaga la grabadora y queda el hombre. Lejos de la épica del corresponsal de chaleco y casco, Antonio Pampliega es una buena persona y un buen maestro.
Con este libro se va, uno de los mejores 'cowboys' del periodismo bélico, pero se queda un escritor que ha entendido que la guerra más difícil de ganar no es la de Alepo o Homs, sino la que uno libra contra sus propios tormentos internos.
