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Diego Baeza celebra el pasado San Isidro rodeado de amigos, familiares y varias generaciones compartiendo vino, canciones y nostalgia.

La imagen podría ser una más, o pertenecer a otra época, pero también explica por qué este joven músico de 29 años se ha convertido en una de las propuestas más singulares de la nueva música tradicional castellana.

En Vallelado, un pueblo situado en el corazón de Tierra de Pinares, entre Segovia y Valladolid, Baeza acaba de presentar 20/2000, un proyecto que él mismo define como “retrofuturismo distópico con integrismo folclórico y electrónica orgánica”.

Una definición compleja pero que es una idea sencilla, la de recuperar la potencia emocional y comunitaria de la música tradicional y traducirla al lenguaje de la generación actual.

El resultado es un espectáculo donde conviven la jota, la seguidilla o el fandango con sintetizadores, pads MIDI y bases electrónicas interpretadas en directo.

Pero detrás de la propuesta estética existe un discurso mucho más profundo sobre identidad, memoria, comunidad y futuro.

“¿No tienes últimamente la sensación de que el futuro es una nube borrosa?”, plantea el propio artista. “Hoy miramos atrás buscando respuestas y muchas veces nos encontramos con mitos y clichés”.

Lejos de la nostalgia, Diego Baeza habla del pasado como un lugar desde el que construir algo nuevo.

Entre dulzainas y bodegas

Para entender el proyecto de Baeza hay que empezar por conocer el pueblo de Vallelado. Allí, entre bodegas, rondas y celebraciones populares, el músico asegura haber aprendido lo esencial.

“Desde pequeño venían amigos de mis padres, amigos de la pelota, y siempre había varias generaciones juntas”, recuerda.

“Los jóvenes enseñábamos a los mayores lo que se lleva ahora y los mayores nos enseñaban las cosas antiguas. Ahí estaban las ganas de contar chistes, de cantar, de montar juerga”.

Ese ambiente marcó su manera de entender la música. Para él, el folclore nunca ha sido un objeto de museo ni un espectáculo preparado exclusivamente para el escenario. Es, sobre todo, una experiencia colectiva.

“Yo estoy en una fiesta de música tradicional con la gente adecuada y para mí es una cosa cañera, una experiencia fuerte”, explica.

Diego Baeza baila jotas entre motos Ana Borrego

“Pero mucha gente joven no llega a acercarse porque le pilla fuera de contexto o fuera de generación”.

Precisamente ahí nace la intención de 20/2000, en la de acercar esa experiencia a públicos que nunca se habían sentido interpelados por la música tradicional.

Baeza pertenece además a una comarca donde el patrimonio oral y musical ha sobrevivido con especial fuerza.

Habla con admiración de dulzaineros y cantadores históricos de la zona, como los hermanos Ramos, los Mellizos del Astra o Gerardo Muñoz.

“La suerte que tenemos aquí es que todavía se ha conservado mucho la música de nuestros antepasados”, asegura.

Madrid y el regreso al pueblo

Aunque sus raíces están profundamente ligadas al medio rural, Diego Baeza también salió fuera para formarse.

Pasó una etapa en Madrid, donde estudió guitarra y canto en Casa Patas, uno de los espacios históricos del flamenco en la capital.

Allí descubrió otras maneras de trabajar la voz, alejadas de la técnica lírica más académica.

“Aprendí desde técnicas vocales más tradicionales, muy emparentadas con el flamenco y con este tipo de músicas”, explica.

Sin embargo, después de ese recorrido decidió regresar al pueblo. Volver a Vallelado fue una elección artística, pero también de vida.

“Conviviendo con la gente con la que trabajo, con mis maestros, aprendes un montón de cosas: el soniquete, el sonido, los matices”, afirma.

Ese concepto del “soniquete”, heredado del lenguaje flamenco, aparece constantemente en su discurso. Para Baeza, ahí reside la verdadera esencia del folclore: en los pequeños detalles imposibles de escribir en una partitura.

Electrónica sí, pero desde la raíz

Uno de los aspectos más llamativos de 20/2000 es la combinación entre música tradicional castellana y electrónica contemporánea.

Sin embargo, Diego Baeza insiste en que no se trata de disfrazar el folclore.

“No hemos hecho una aproximación electrónica a la música tradicional”, aclara. “Hemos aproximado la electrónica a la música tradicional”.

La diferencia es importante. En lugar de transformar las melodías tradicionales hasta hacerlas irreconocibles, el proyecto intenta conservar el carácter original del canto, los ritmos y las formas interpretativas.

“Queríamos mantener el soniquete, la esencia a la hora de cantar y tocar, pero que sonara potente y contemporáneo”, explica.

El proceso de creación fue largo y experimental. Junto al productor Castora Herz y músicos vinculados al folclore pinariego, Baeza pasó cerca de dos años desarrollando el sonido del proyecto.

“Hemos ido al estudio sin saber exactamente cómo lo íbamos a hacer”, reconoce entre risas.

El artista posa en un frontón de Vallelado, un deporte típico de la zona Ana Borrego

“El primer tema nos llevó muchísimo tiempo porque ahí estaba toda la investigación”.

En el disco participan músicos como Luis Ramos o Miguel Fraile, que sustituyen parte de sus instrumentos habituales por pads MIDI y sintetizadores. Aun así, Baeza subraya que todo está interpretado por músicos reales.

“No hay prácticamente loops. Cada golpe está tocado. Todos los sonidos están diseñados desde sintetizadores, pero interpretados en directo”.

El objetivo era alcanzar un equilibrio delicado: sonar moderno sin perder autenticidad.

“Es un auténtico diálogo”, resume.

La batalla contra el cliché rural

En el discurso de Diego Baeza aparece constantemente una idea, la de combatir la visión superficial o costumbrista del mundo rural.

Aunque estudió Sociología y cursó formación en agroecología, insiste en que su mirada hacia el pueblo no nace de la nostalgia romántica.

“No me gusta mirar a la sociedad desde el costumbrismo, sino desde las dinámicas sociales”, señala.

Por eso, cuando habla de la vida rural habla de comunidad, de economía familiar y de formas de vida que todavía conservan cierta autosuficiencia.

“Hay cosas que quizá estén obsoletas, pero también hay otras que se pueden aprovechar”, reflexiona.

“La capacidad de montar tu propia juerga, de hacer tu vino, de tener tu huerta, de disfrutar sin depender constantemente de la tecnología”.

En su caso, además, la relación con el pueblo es total. Su familia trabaja en el sector avícola y porcino, y buena parte de los primos continúan implicados en la empresa familiar.

“Estamos juntos, unidos y disfrutando de la vida”, dice. “El pueblo no es solo vivir en el campo. Es también esa sensación de comunidad”.

El retrofuturismo de una generación sin certezas

Cuando se le pregunta por el auge actual de las fusiones entre tradición y electrónica, Diego Baeza ofrece una respuesta casi filosófica.

“Vivimos en un momento donde el futuro ya no parece claro”, sostiene. “Lo que se suponía que iba a venir ya no vale”.

Guerras, pandemias, crisis políticas o incertidumbre tecnológica forman parte de un contexto que, según él, ha empujado a muchos jóvenes a mirar hacia atrás.

“Ahora mismo vivimos en un mundo de incógnita total”, afirma. “Por eso preferimos mirar al pasado, porque ahí nos sentimos más cómodos”.

Ese fenómeno es lo que él llama “retrofuturismo distópico”: construir nuevas vanguardias utilizando materiales heredados.

Sin embargo, Baeza evita idealizar el pasado. Sabe que también está lleno de mitos y manipulaciones. “La derecha mira al pasado, la izquierda mira al pasado… todos construyen desde ahí”, comenta.

Aun así, considera que existe un patrimonio cultural y humano que merece ser revisitado.

“Aquí hay vida también”, reivindica sobre los pueblos. “Y hay una cultura de la que todavía se puede sacar mucho”.

Más purista que los puristas

Aunque su propuesta pueda parecer rupturista, Diego Baeza sorprende al definirse como “más purista que el más purista”.

Algo que tiene que ver con las horas dedicadas a escuchar grabaciones antiguas, estudiar estilos de interpretación y analizar los matices de la música oral castellana.

“Creo que sé a qué tiene que sonar cada género de mi zona”, afirma con serenidad.

Entre sus grandes referentes menciona a figuras fundamentales del folclore castellano como Agapito Marazuela o la Fundación Joaquín Díaz, cuya fonoteca considera “una auténtica barbaridad etnográfica”.

“Muchas veces son grabaciones de gente anónima, personas que no eran artistas de oficio pero tenían un sabor auténtico que hoy cuesta muchísimo encontrar”.

Esa búsqueda de autenticidad explica también por qué defiende la aspereza del canto tradicional castellano, tan alejada de las voces perfectas y pulidas de la industria actual.

“Esas aceleraciones, esos cuartos de tono, esas pequeñas imperfecciones… ahí está el alma”, sostiene.

Más allá del disco y de los escenarios, Diego Baeza parece perseguir una idea concreta: recuperar la función social de la música.

Por eso insiste tanto en conceptos como “juerga”, “ronda” o “comunidad”. De hecho, uno de sus proyectos actuales junto a La Garrota consiste precisamente en organizar rondas musicales sin depender de grandes infraestructuras técnicas.

“Hacer una fiesta con lo que llevas en las manos”, resume.

Y, así termina esta entrevista, en la que la despedida es para que Diego vuelve a disfrutar de lo suyos en un día tan especial como San Isidro. Salud.