Guillermo González tiene dos cumpleaños. Uno es el que marca cualquier calendario, el día en que nació. El otro llegó cuando apenas tenía cinco años y una operación en el Hospital La Paz de Madrid le permitió seguir adelante con una vida que acababa de empezar.
"Tengo dos cumpleaños, el día que nací y el día que volví a vivir. Todo lo demás viene después. Y es mucho más pequeño que eso", explica. Veintiséis años después de aquel trasplante de hígado, este corredor salmantino ha encontrado en el deporte una manera de celebrar aquella segunda oportunidad cada vez que se calza las zapatillas y sale a correr por los caminos de Las Veguillas.
El último capítulo de esa historia se escribió el 4 y el 5 de septiembre en Logroño, durante los XII Juegos Nacionales de Trasplantados, organizados por Deporte y Trasplante España. Guillermo acudió en la categoría M3, para deportistas de entre 30 y 39 años, y regresó a Salamanca con cuatro medallas.
Oro en los cinco kilómetros, oro en los 1.500 metros, oro en los 200 metros y plata en los 400.
El resultado tiene una lectura deportiva evidente, pero para él las medallas ocupan un lugar secundario frente a todo lo que representa haber podido llegar hasta esa línea de salida. "El deporte no es un hobby más en mi vida, es la prueba diaria de que aquel trasplante funcionó, y la forma que tengo de honrarlo cada vez que salgo a correr por los caminos de mi pueblo", cuenta.
Guillermo fue operado por primera vez con apenas tres meses de vida. Dos años después, con cinco, recibió el trasplante de hígado que le salvó la vida. De aquel momento no conserva recuerdos propios.
Era demasiado pequeño para entender lo que estaba sucediendo y todo lo que sabe de aquellos días procede, principalmente, de lo que sus padres le han contado.
"Era muy pequeño, así que no lo recuerdo con memoria propia. Es una historia que conozco sobre todo por lo que me han contado mis padres, que vivieron esos días con una angustia que hoy, siendo yo mismo adulto, entiendo mucho mejor", explica. Para ellos fue el instante en el que todo cambió; para él, el origen de todo lo que vendría después.
También sabe que mientras su familia atravesaba uno de los peores momentos de su vida, otra familia acababa de enfrentarse a una pérdida. De allí salió el órgano que hoy le permite estar vivo.
Guillermo nunca ha conocido el nombre de la persona donante ni ha tenido la oportunidad de hablar con su familia, pero la presencia de aquella decisión acompaña cada kilómetro que recorre.
"Cada kilómetro que corro lo corro porque otra familia, en el peor día de su vida, decidió donar. No es una frase hecha, es la razón literal de que yo esté vivo hoy", afirma.
La conciencia de esa segunda oportunidad no desaparece cuando empieza una carrera. Al contrario, aparece especialmente cuando las piernas pesan, cuando el cansancio obliga a decidir entre continuar o parar y cuando el cuerpo reclama descanso.
"Pienso en ello con más frecuencia de la que la gente imagina, sobre todo en los momentos duros de una carrera, cuando el cuerpo pide parar y yo pienso que no tengo derecho a rendirme con lo que se me ha regalado", señala.
No habla de una obligación de ganar ni de alcanzar una determinada marca, sino de algo más sencillo y profundo: aprovechar la posibilidad de estar allí.
Correr para demostrar
Su relación con el deporte no comenzó con grandes objetivos. Guillermo empezó a correr "de forma modesta, sin mucho método ni ambición", hasta que entró en un club de running y encontró allí a personas que le contagiaron la afición por la montaña. Primero llegó una media maratón, después una maratón y posteriormente las carreras de montaña.
Poco a poco, aquello que había empezado como una actividad más se convirtió en una disciplina de vida. Hoy entrena a diario en Las Veguillas, combinando asfalto y monte, y compite en medias maratones, carreras de montaña y, desde hace poco, también en pista.
El camino hasta convertirse en campeón de España de trasplantados no fue un salto repentino. "Fue un proceso progresivo, no un descubrimiento de un día para otro", relata. Cada temporada fue elevando un poco más sus objetivos y comprobando hasta dónde podía llegar.
Siempre con seguimiento médico y sin asumir riesgos innecesarios, fue descubriendo que los límites que podía tener después de un trasplante eran distintos de los que quizá había imaginado.
"Cada vez que lo cumplía sin que mi cuerpo dijera basta, ganaba algo de confianza. Ser campeón de España en Logroño es, en cierto modo, la confirmación de hasta dónde ha llegado ese proceso", explica.
Su rutina tampoco se limita a salir a correr. Combina tiradas suaves, series y montaña y, sobre todo, presta una atención especial a aquello que un corredor sin su historial no necesita vigilar de la misma manera. El seguimiento médico, la medicación y la respuesta del organismo ante las cargas más exigentes forman parte de su preparación.
También hay días en los que toca parar. "Los hay, como le pasa a cualquier deportista, y en mi caso aprendo a escuchar esas señales sin forzarlas, hay días en los que la sesión se convierte en descanso activo o directamente en parar, porque sé que a medio plazo eso protege tanto mi rendimiento como mi salud", afirma.
El deporte, en ese sentido, ha terminado formando parte de su manera de entender la recuperación.
"El deporte ha sido mi manera de demostrarme, año tras año, que el trasplante no fue un punto final sino un punto de partida", resume. Cada entrenamiento y cada carrera se convierten así en una forma de comprobar que aquel órgano recibido hace 26 años continúa siendo el motor de una vida que ha ido mucho más allá de la enfermedad.
39 grados y cuatro medallas
A Logroño llegó con expectativas moderadas, especialmente porque nunca había competido anteriormente en las pruebas de pista que le esperaban el sábado. El viernes afrontó los cinco kilómetros junto al río Ebro, en unas condiciones que recuerda como especialmente duras.
El termómetro marcaba 39 grados y el calor terminó convirtiendo cada metro en un esfuerzo añadido. "Fue una de las carreras más duras que he corrido nunca, y eso que estoy acostumbrado a sufrir en montaña. El calor lo cambia todo. Cada paso pesa el doble", recuerda.
Terminó la prueba con un tiempo de 18:36 y se colgó el oro. Pero cuando habla de aquella carrera no pone el foco en el cronómetro. Se queda con haber sido capaz de resistir unas condiciones que llevaron el esfuerzo físico al límite. De las cuatro medallas que consiguió durante el campeonato, precisamente esa es la que guarda con un significado especial.
"Me quedo con el oro de los 5.000, sin duda. No solo por ser la prueba reina del campeonato, sino porque se corrió en las condiciones más duras, con 39 grados, y porque resume mejor que ninguna otra lo que significa este deporte para mí: aguantar cuando el cuerpo pide parar", afirma.
Al día siguiente llegó un reto diferente. Tres pruebas de pista, 1.500, 200 y 400 metros, en una misma jornada, distancias que no forman parte habitual de su entrenamiento como corredor de fondo.
Guillermo fue afrontándolas una a una, concentrándose únicamente en la siguiente salida y utilizando como base la disciplina adquirida en las tiradas largas. El resultado fue un oro en los 1.500, otro en los 200 y una plata en los 400.
"Con mucha gestión de energía, porque no son distancias que entrene habitualmente. Fui prueba a prueba, sin pensar más allá de la siguiente salida, apoyándome en la disciplina de fondo que sí tengo de las tiradas largas. Salir de ahí con tres medallas más fue una sorpresa incluso para mí", explica.
El campeonato terminó convirtiendo en cuatro medallas lo que había comenzado como una experiencia nueva.
Pero la competición no se mide únicamente por los metales. Para Guillermo, una de las principales particularidades de estos Juegos está precisamente en que todos los participantes llegan a la pista con una historia previa que no necesita demasiadas explicaciones. "Ahí no hace falta explicar nada, cada dorsal esconde una historia parecida a la mía. Se compite de verdad, pero también se comparte algo mucho más grande que la carrera", cuenta.
La competición que va más allá de la carrera
En Logroño coincidió con personas trasplantadas de otros órganos, como riñón o médula ósea, y escuchó historias de espera y recuperación diferentes a la suya.
Cada participante había recorrido un camino distinto antes de llegar hasta allí. Esa convivencia le permitió mirar su propia experiencia desde otra perspectiva y regresar a Salamanca con algo que considera más importante que las medallas. Historias de quienes compartieron con él aquellos días.
La competición, de esta manera, no terminó cuando cruzó la línea de meta. "Coincidir con personas trasplantadas de órganos distintos al mío, riñón, médula ósea. y con historias de espera y recuperación muy diferentes a la mía, me hizo ver mi propio caso con más perspectiva. Cada uno llega a la línea de salida después de un camino distinto, y eso se nota en el ambiente del campeonato", relata.
No se trataba únicamente de compartir una pista, sino de reconocer en los demás una experiencia que, aunque diferente en cada caso, tenía un punto de partida común.
Detrás de Guillermo también hay una familia que ha acompañado cada etapa desde aquel trasplante hasta la actualidad. Sus padres han sido el sostén de todo el proceso y, con los años, se han sumado los compañeros del mundo del running que le descubrieron la montaña y las carreras largas. Las medallas, por tanto, tampoco son únicamente suyas.
"Mis padres han sido el sostén de todo este camino desde el primer día, desde aquel trasplante hasta hoy", explica. Y añade que, en el terreno deportivo, "hay compañeros del mundo del running que me metieron la fiebre de la montaña y las carreras largas, y que en buena parte son responsables del corredor en el que me he convertido".
Ese apoyo también está presente en todo aquello que sucede antes y después de las carreras, cuando no hay público, focos ni medallas.
"Mi familia ha convivido durante años con la exigencia de mis entrenamientos, con las madrugadas antes de una carrera y con la preocupación silenciosa de saber que compito con un cuerpo que ha pasado por mucho", relata. "Ese acompañamiento, sin que se note casi nunca desde fuera, es una parte esencial de cada medalla".
Una segunda oportunidad
Ahora el calendario vuelve a llenarse de kilómetros. Guillermo tiene por delante nuevos retos deportivos, entre ellos la Media Maratón de Salamanca, la Ultra Sanabria en octubre y la San Silvestre para cerrar el año.
También mantiene la intención de seguir mejorando sus marcas en media maratón y maratón y no descarta plantearse en el futuro un Mundial de trasplantados si las circunstancias lo permiten.
Pero cuando se le pregunta por su gran objetivo, la respuesta se aleja de cualquier marca. "Seguir viviendo y disfrutando cada día del deporte y de los pequeños detalles y momentos". Ser campeón de España, explica, es "una motivación más para seguir en la línea de lo que estoy haciendo".
Porque después de 26 años con un hígado trasplantado, Guillermo no entiende el deporte como una simple competición contra el reloj.
Lo entiende como una forma de cuidar el cuerpo que recibió, de disfrutar de una vida que pudo no haber continuado y de recordar que detrás de cada trasplante existe una decisión tomada en un momento de dolor.
Por eso también se considera una especie de portavoz de la donación cuando compite. "Creo que la mejor manera de defender la donación de órganos no es repetirlo como un eslogan una vez al año, sino demostrarlo con hechos, entrenar, competir, vivir plenamente", sostiene.
Nunca ha podido conocer a la familia que permitió que su historia continuara y reconoce que le gustaría hacerlo algún día.
"No he tenido esa oportunidad todavía, aunque es algo que me gustaría vivir en algún momento", explica. Sabe que muchas familias donantes y receptoras nunca llegan a conocerse y respeta esa circunstancia, aunque mantiene la esperanza de poder dar las gracias personalmente si algún día se presenta la ocasión.
Mientras tanto, sigue corriendo. Cada entrenamiento, cada carrera y cada medalla forman parte de una misma historia que empezó cuando tenía cinco años y alguien, en medio de una pérdida, decidió donar. Guillermo sabe que la donación no se queda en un gesto abstracto ni en una cifra, se convierte en años, en carreras, en madrugones, en montañas, en encuentros y en una vida completa.
"Les diría que decir sí a la donación es la decisión más generosa que se puede tomar en el peor momento de la vida de alguien, y que su alcance dura décadas. Yo llevo veintiséis años vivo, corriendo, compitiendo, gracias a esa decisión", afirma.
Y por eso, cuando termina de hablar de las medallas, de los entrenamientos o de sus próximos objetivos, vuelve al principio.
A aquella segunda oportunidad que no recuerda haber recibido, pero que ha aprendido a agradecer durante cada uno de los kilómetros que ha recorrido desde entonces. "Me dio la posibilidad de convertir una segunda oportunidad en una vida entera, kilómetro a kilómetro".
