Investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca (IBSAL) y de la Universidad de Salamanca (USAL) han identificado un nuevo mecanismo por el que ciertas moléculas producidas por la microbiota intestinal pueden viajar hasta el hígado y estar presentes en la bilis humana, según un estudio publicado en la revista científica Hepatology.
El trabajo combina el análisis clínico de más de 200 muestras de bilis humana con experimentación en modelos animales y celulares.
Ha demostrado por primera vez que los denominados ácidos biliares microbianos amidados, moléculas generadas cuando ciertas bacterias intestinales modifican los ácidos biliares clásicos, pueden recorrer el circuito enterohepático e incorporarse a la bilis.
Hasta ahora se creía que estos compuestos solo actuaban localmente en el intestino, pero los resultados del estudio revelan que pueden absorberse en el intestino, entrar en la circulación portal y ser captados por el hígado a través de transportadores similares a los de los ácidos biliares habituales.
Los ácidos biliares microbianos amidados (MABAs) se han detectado principalmente en pacientes con patologías hepatopancreatobiliares como enfermedades del hígado, el páncreas y las vías biliares y en concentraciones bajas, pero no en personas sanas.
Aunque todavía no se ha establecido si estas moléculas tienen efectos clínicos directos, su presencia parece reflejar un desequilibrio en la microbiota intestinal, conocido como disbiosis, lo que podría convertirlas en potenciales biomarcadores para identificar alteraciones en el ecosistema microbiano.
“Nos preguntamos si esas moléculas, que se habían observado en ratones, también existían en humanos y si se quedaban en el intestino o seguían todo el circuito de los ácidos biliares” explica el catedrático de Fisiología de la Universidad de Salamanca José Juan García Marín, líder de la investigación.
De esta manera, el proyecto avanza en el Laboratorio de Hepatología Experimental y Vectorización de Fármacos HEVEPHARM del IBSAL, bajo la dirección de José Juan García Marín, con la colaboración de María Jesús Monte, Marta Rodríguez Romero, Lorena Carro, Álvaro Gacho Temprano y jóvenes investigadores que están en formación, en alianza con instituciones tanto nacionales como internacionales.
“Esta investigación nos lleva a ampliar nuestra comprensión de la microbiota y su función en la fisiología humana”, finaliza García Marín. “Es posible que solamente estemos observando la parte visible del iceberg”.
Los investigadores consideran que este hallazgo no solo amplía el conocimiento sobre cómo la microbiota intestinal se comunica con órganos distantes como el hígado, sino que también abre nuevas oportunidades para desarrollar herramientas diagnósticas basadas en la detección de estas moléculas y estrategias terapéuticas centradas en la modulación del microbioma.
