Jesús García-Prieto / Ical
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Hay una parte de los ecosistemas que permanece prácticamente invisible para quien camina sobre ellos. Está bajo las botas, entre los poros de la tierra, en la materia orgánica y alrededor de las raíces.

Allí, en un mundo que rara vez se observa a simple vista, viven millones de pequeños organismos que participan en el funcionamiento del suelo y que, al mismo tiempo, pueden convertirse en una suerte de termómetro de su estado de salud.

Entre ellos están los nematodos, unos animales de aspecto alargado que, pese a medir en su mayoría menos de un milímetro, están ofreciendo a los investigadores de la Universidad de Valladolid (UVa) una información de gran valor sobre la recuperación de una antigua mina de carbón de la provincia de Palencia.

Un equipo de profesores e investigadores de la Escuela Técnica Superior de Ingenierías Agrarias de Palencia (ETSIIAA) ha estudiado las comunidades de nematodos presentes en una mina restaurada de Guardo y las ha comparado con las existentes en el bosque de robles situado en las inmediaciones.

En el trabajo participan Mercedes Fernández y Jordán Muñoz, del área de Zoología; Juan García-Duro, investigador María Zambrano en el área de Ecología; y Carolina Martínez-Ruiz, catedrática de Ecología de la UVa.

El objetivo es conocer hasta qué punto el suelo alterado por décadas de actividad minera está recuperando sus características y qué estrategias de manejo pueden favorecer ese proceso.

La investigación, publicada recientemente en la revista internacional ‘Applied Soil Ecology’, forma parte del proyecto RESTORMINE, impulsado con financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación y en el que participan distintas áreas de conocimiento de la UVa.

Los resultados muestran que la recuperación está en marcha y apuntan especialmente al papel que desempeña el matorral leñoso, mientras que la influencia del pastoreo resulta comparativamente menor.

Para entender la importancia de estos resultados basta con cambiar la escala. Los nematodos son animales diminutos, en su mayoría de menos de un milímetro, que habitan prácticamente todos los ambientes del planeta.

Se encuentran en el suelo, en los mares, los océanos y los ríos y también pueden vivir en plantas y animales. Su tamaño hace que pasen inadvertidos, pero su diversidad y su relación con las condiciones ambientales convierten a sus comunidades en una herramienta para estudiar la evolución de los ecosistemas.

“Estos animales son muy sensibles a los cambios ambientales y, por ello, estudiar sus comunidades ayuda a conocer cómo está evolucionando el suelo en la mina”, explica Mercedes Fernández, una de las investigadoras participantes en el estudio.

La presencia de determinadas especies y familias permite obtener pistas sobre las condiciones del terreno y sobre su grado de recuperación. “Son verdaderos bioindicadores”, resume a la agencia Ical.

El trabajo parte de 50 muestras de suelo. De ellas, 40 fueron recogidas en diferentes zonas de la mina restaurada y otras diez en el bosque de robles próximo, utilizado como referencia de un ecosistema forestal más maduro.

El investigador predoctoral del área de Zoología, Ángel Chaves; y los profesores de Zoología, Mercedes Fernández y Jordán Muñoz de la Escuela de Ingenierías Agrarias de Palencia (ETSIIAA) de la Universidad de Valladolid han estudiado comunidades de nematodos del suelo. Brágimo Ical

Las parcelas de la antigua explotación presentaban diferentes condiciones de manejo, entre ellas zonas con presencia o exclusión de ganado y áreas en las que se desarrolla matorral.

El procedimiento comienza mucho antes de que los investigadores puedan observar los nematodos. Sobre el terreno se recoge una porción del suelo superficial, después de retirar la hojarasca y otros materiales que no forman parte de la fracción objeto de estudio.

“Recogemos un cuadro de 10 por 10 por 10, más o menos, un cilindro, y esa muestra nos la llevamos al laboratorio”, explica Fernández.

A partir de ahí comienza un proceso que combina técnicas clásicas de laboratorio con herramientas de análisis genético. Para extraer los nematodos se coloca la muestra en un sistema de embudos.

Con el paso del tiempo, estos pequeños organismos se desplazan y terminan siendo recogidos en un tubo colector. Después llega una de las partes más novedosas del estudio: la identificación mediante ADN ambiental.

“Estamos haciendo también extracción masiva de ADN, en el caso de los nematodos, para identificación de todas las especies que haya”, señala la profesora.

En lugar de depender exclusivamente de la observación de animales individuales, los investigadores pueden utilizar el material genético presente en las muestras de suelo para determinar qué organismos habitan en cada parcela.

El resultado permite hacerse una idea de la enorme diversidad que permanece oculta bajo la superficie. El análisis identificó 49 familias y 98 géneros de nematodos entre las muestras estudiadas.

“Una diversidad muy alta, especies que son muy buenas indicadoras, que te dan muchísima información”, destaca Fernández.

Los datos revelan, sin embargo, que no todas las zonas de la mina se encuentran en el mismo punto de recuperación. La mayor diversidad corresponde al bosque de robles, mientras que las parcelas restauradas en las que prolifera el matorral leñoso presentan valores que se aproximan a los del ecosistema forestal de referencia.

El investigador predoctoral del área de Zoología, Ángel Chaves(D); y los profesores de Zoología, Mercedes Fernández y Jordán Muñoz de la Escuela de Ingenierías Agrarias de Palencia (ETSIIAA) de la Universidad de Valladolid. Brágimo Ical

Es precisamente ahí donde aparece uno de los resultados que más ha llamado la atención a los investigadores. Escobas, retamas y piornos, entre otras especies de matorral, parecen estar desempeñando una función esencial como facilitadores de la recuperación del suelo.

“Prácticamente las zonas que están cubiertas de vegetación leñosa, de vegetación tipo piornos y escobas, tenían una calidad del suelo prácticamente comparable a la calidad que tiene el bosque autóctono, el bosque sin tocar”, explica Fernández.

El matorral contribuye a generar unas condiciones más favorables para el desarrollo de la vida del suelo. Las plantas incorporan materia orgánica, favorecen la presencia de carbono y nitrógeno y contribuyen a mejorar determinadas características físicas del terreno.

“El matorral es capaz de fijar carbono, nitrógeno, hace que el suelo esté más aireado, que haya porosidad”, apunta la investigadora.

Esas condiciones terminan repercutiendo sobre organismos que, pese a su reducido tamaño, desempeñan un papel dentro de las redes tróficas del suelo. Una mayor diversidad de nematodos puede reflejar, por tanto, una mayor complejidad del ecosistema subterráneo.

El estudio no concluye que el suelo de la mina restaurada haya alcanzado ya las condiciones de un bosque maduro. La diferencia continúa existiendo y, según Fernández, no podía ser de otra manera.

Un bosque desarrollado representa una etapa mucho más avanzada de la sucesión ecológica y su formación requiere décadas. “Vamos en la buena dirección”, señala la profesora.

Las parcelas estudiadas cuentan todavía principalmente con vegetación herbácea y matorral, mientras que el bosque de referencia está formado por árboles de mayor tamaño y presenta una estructura mucho más compleja. “Llegar a un bosque maduro eso son años y años y años de esa sucesión hasta llegar a esta etapa”, explica.

La investigación permite, por tanto, observar la recuperación no como un proceso inmediato, sino como una sucesión de pequeñas transformaciones.

El suelo comienza a adquirir unas condiciones más favorables, aparece vegetación, aumenta la materia orgánica y se incorporan nuevas comunidades de organismos. Los nematodos permiten seguir parte de ese recorrido.

El otro elemento analizado fue el pastoreo. Los investigadores esperaban que la presencia del ganado pudiera tener un efecto más evidente sobre las comunidades del suelo, debido, entre otros factores, a la posible compactación provocada por el tránsito de vacas o caballos.

“Nos sorprendió también muchísimo este resultado, porque no parece haber mucha diferencia entre la presencia y la ausencia del pastoreo”, reconoce Fernández.

“Estaríamos pensando, bueno, pues la compactación ejercida por las vacas, por los caballos, ¿podría de alguna manera alterar el suelo? Pues no, ese efecto no es tan evidente como ese efecto positivo que sí estamos viendo en el matorral”.

La investigación se integra además en un trabajo más amplio que lleva años desarrollándose en esta antigua zona minera.

Los investigadores de Ecología de la UVa llevan aproximadamente 25 años siguiendo la evolución de las minas abandonadas y estudiando, entre otros aspectos, cómo se recupera la vegetación. Otros especialistas analizan el suelo desde diferentes perspectivas.

El equipo de Zoología se ha incorporado a esta línea para conocer qué ocurre con una parte de la fauna que normalmente queda fuera de la mirada.

“Nos interesaba seguir trabajando con los bioindicadores”, explica Fernández. Su experiencia previa se había centrado también en el uso de organismos como indicadores de las condiciones de los ecosistemas de agua dulce.

Un reto científico

Los nematodos constituyen, además, un reto científico por la dificultad que entraña su estudio. A pesar de su enorme presencia en el planeta, siguen siendo un grupo poco conocido. “Son un grupo complejo”, afirma Fernández. “Son difíciles de encontrar, son difíciles de extraer y son difíciles de estudiar”.

Su reducido tamaño explica en buena medida esa invisibilidad. Los nematodos viven entre los poros del suelo y permanecen fuera de la percepción cotidiana.

“Son animales tan pequeños, que están tan escondidos, que viven entre los poros que hay en el suelo, que al final pues no nos percatamos”, señala la profesora.

Pero esa vida microscópica tiene una dimensión mucho mayor. Los investigadores recuerdan que alrededor del 25 por ciento de las especies de seres vivos descritas en el planeta habitan en el suelo y la hojarasca.

El subsuelo, por tanto, no es simplemente el soporte físico sobre el que crecen las plantas, sino un ecosistema en sí mismo, con una enorme diversidad y con complejas relaciones entre organismos.

La investigación de la UVa abre así una nueva vía para comprobar cómo evoluciona una zona que fue profundamente transformada por la actividad minera.

El estudio de los nematodos no se queda únicamente en saber qué animales viven en cada parcela. La composición de esas comunidades permite interpretar cómo está funcionando el suelo y establecer indicadores que puedan utilizarse en el futuro para seguir su evolución.

“Nuestra intención es poder dar una herramienta de trabajo para que se pueda saber en qué estado evolutivo está ese suelo, en qué estado de recuperación y cuál es su salud”, explica Fernández.

El trabajo realizado en Guardo supone, en este sentido, un primer paso. Las muestras ofrecen una fotografía del estado actual de las comunidades de nematodos y permiten identificar qué condiciones están asociadas a una mayor diversidad.

El seguimiento durante los próximos años permitirá comprobar si las tendencias observadas se mantienen y si las zonas de la mina continúan aproximándose progresivamente a las características del bosque de referencia.

Mientras tanto, bajo la vegetación que cubre la antigua explotación continúa desarrollándose una historia que apenas puede percibirse desde la superficie. Entre las raíces, los poros y la materia orgánica, miles de organismos diminutos están colonizando un terreno que hace décadas estuvo sometido a la actividad minera.

Para los investigadores, observarlos es una forma de comprobar que la recuperación de un ecosistema no siempre se mide por lo que se ve a simple vista. Un paisaje puede parecer verde y, sin embargo, todavía estar lejos de haber recuperado la complejidad de un bosque.

En Guardo, los nematodos permiten mirar un poco más abajo y descubrir hasta qué punto ese suelo vuelve a estar vivo.

Para la investigadora “somos muy poco conscientes” de toda la vida que existe debajo de nuestros propios pies. Son organismos que no vemos, pero que pueden contar cómo está cambiando un ecosistema.

“Estamos hablando de animales y la mayoría de ellos son microscópicos, menores de un milímetro. Hay muchísimos. Hablamos de los nematodos en concreto, pero pasa lo mismo con los mesoartrópodos, que son un poquito más grandes”, concluye la investigadora.