Hay un censo de Castilla y León que no aparece en ningún mapa y que, sin embargo, ya pesa más que cinco de sus provincias. A fecha de 1 de agosto, la Oficina del Censo Electoral contabiliza 186.221 personas con vínculo castellano y leonés que viven en otros países y conservan el derecho a voto.
Desde las últimas elecciones generales el bloque ha sumado otros 24.600 inscritos, un avance superior al 15%. Esa cifra deja atrás, por separado, a Ávila, Palencia, Segovia, Soria y Zamora, y se acerca al tamaño electoral de provincias enteras del interior.
El origen no se reparte de forma pareja. León concentra el mayor contingente, con 54.695 electores en el exterior. Salamanca le sigue de lejos, con 36.336, y Zamora ocupa el tercer lugar con 24.006. Burgos aporta 22.229, Valladolid 17.578, Ávila 9.561, Soria 8.965, Palencia 8.682 y Segovia cierra la lista con 4.169.
Las tres provincias del oeste −León, Salamanca y Zamora− reúnen más de la mitad del total. No es casualidad: son las que más población perdieron en las grandes salidas del siglo XX y las que hoy concentran también buena parte de las nacionalizaciones por ascendencia.
Argentina, a la cabeza
El mapa de destinos tiene un protagonista claro. Argentina sigue siendo el primer país de residencia y agrupa cerca de un tercio del colectivo, en torno a 67.000 personas según las estimaciones más recientes del padrón que alimenta el censo electoral. Francia ocupa el segundo puesto, con unos 28.000. Alemania ronda los 12.000.
A continuación aparecen, en niveles próximos a los 10.000 cada uno, Cuba, México y Estados Unidos. Brasil, Suiza, Reino Unido y Chile completan el núcleo principal, cada uno con varios miles de inscritos.
El resto se dispersa por decenas de países, de Uruguay a Bélgica o los Países Bajos.
Detrás de esas cifras se cruzan dos historias distintas. Una es la emigración clásica: la que cruzó el Atlántico hacia Argentina, Cuba, México o Brasil, o se instaló en Francia, Alemania y Suiza en busca de trabajo. La otra es más reciente y explica buena parte del crecimiento de los últimos años.
La Ley de Memoria Democrática abrió la puerta a la nacionalidad por ascendencia, y miles de personas nacidas fuera de España, hijos y nietos de castellanos y leoneses, se han inscrito en el censo de la comunidad de origen de sus familias.
El plazo de solicitudes ya cerró, pero el efecto sigue visible en las cifras. El resultado es un electorado repartido a miles de kilómetros, muchos al otro lado del océano, con un peso que ya no se puede ignorar.
Eliminado el voto rogado, reciben la documentación sin tener que pedirla y disponen de más tiempo para ejercer el derecho. En unas autonómicas reñidas, ese bloque puede mover un escaño. En unas generales, puede alterar el reparto de una provincia. La diáspora castellana y leonesa ha dejado de ser una nota al pie del censo.
