Francia arde estos días como el palacio de las Tullerías tras la insurrección socialista y autogestionaria de la Comuna de París.

Las barricadas acaban con el glamour y la “grandeur” gaullista. Los comercios son saqueados por el bien de la redistribución exprés, ya que la caridad empieza por uno mismo y se roba a la luz del día en Cartier y Dior.

Las fuentes y los monumentos son destrozados toscamente a mazo de picapedrero. El ayuntamiento de Limoges fue convertido en una pira funeraria; los franceses aman las hogueras desde el martirio de Santa Juana de Arco.

Sébastien Lecornu, su primer ministro, quiere aplicar la receta universal del toque de queda. La patria que elevó la Ilustración, la Revolución y la guillotina a categorías estéticas practica hoy la revuelta con bastante más ferocidad que elegancia.

La guerrilla urbana -con sudaderas negras y cara tapada- no sigue los cánones estéticos de madame Chanel.

Y aquí, desde la barrera ibérica, contemplamos el humo con esa mezcla tan nuestra de fascinación morbosa y superioridad moral, preguntándonos si las llamas cruzarán los Pirineos como los Cien Mil Hijos de San Luis.

La respuesta rápida y autocomplaciente es que aquí jamás pasará, sobre todo si se lo preguntan a Pedro Sánchez recientemente de “tournée” electoral por Castilla y León; la respuesta honesta es que confiar en esa supuesta inmunidad a corto plazo es una temeridad mayúscula.

Para entender el terrible “espectáculo” que está regalando Francia conviene despojarse del drama televisivo y analizar la sociología real que asola estos días las calles galas.

En París no arde un “Estado fallido”- Francia no es Haití- ni se ha desatado una profecía apocalíptica, aunque la guerrilla urbana quiere acabar con la V República como ha reconocido Macron.

Entre los alborotadores que han puesto en jaque al Estado galo se mezclan tres perfiles muy distintos: estudiantes alzados en revuelta, ciudadanos ahogados por la carestía de la vida y la inflación, y un sector de jóvenes procedentes de la inmigración – segunda o tercera generación y ya nacidos en Francia- que no se han adaptado a la sociedad del país vecino y canalizan su exclusión y frustración mediante el choque directo.

Cuando el malestar económico de las clases medias coincide en la calle con el resquemor del suburbio inmigrante, el pillaje deja de ser un delito aislado para convertirse en un estallido coordinado.

Que es lo que estamos viendo ahora tras los Pirineos.

En España nos consuela pensar que somos diferentes y que nuestra morfología urbana nos protege del modelo de grandes guetos periféricos (banlieues) típicos de Francia.

Es cierto que nuestras ciudades son más compactas y que el verdadero Estado del bienestar no se mantiene por las “paguitas” de Sánchez.

La clase media española sigue gestionando la regresión de la calidad de vida en el piso de los padres y de los abuelos: la pensión se estira como el chicle, la habitación de la infancia mantenida como santuario y los tápers dominicales- con las croquetas de jamón y huevo de toda la vida- amortiguan lo que ni el mercado ni el Gobierno solucionan.

Pero fiar la paz social a la generosidad intergeneracional no es un negocio brillante.

Creer que a corto plazo estamos a salvo de una chispa social es ignorar la olla de presión en la que se ha convertido nuestro mercado inmobiliario.

El disfrute de una vivienda digna es un problema en España. Que un joven deba destinar el ochenta por ciento de su nómina a una habitación con derecho a ventana – a veces a un patio de luces estrecho como los zapatos de Cenicienta - no es el libre mercado en marcha; es un sarcasmo social.

Si la frustración juvenil por la imposibilidad absoluta de emanciparse continúa estrangulándose, cualquier incidente fortuito —un desalojo tenso o un choque desmedido en un entorno vulnerable— puede actuar perfectamente como detonante de altercados graves en el corto plazo.

Ardió París, arde Madrid.

A medio plazo, además, el espejo se vuelve todavía más incómodo si abordamos la cuestión demográfica y cultural con seriedad.

Conviene desmontar el mito de que toda la inmigración llega a España con la ventaja idiomática y la afinidad cultural. Junto a la corriente hispanoamericana opera otra realidad compartida con el resto de Europa: la inserción de poblaciones procedentes de países de cultura islámica, cuyo encaje en los marcos normativos y en los valores sociales de las democracias liberales occidentales presenta aristas complejas.

Maquiavelo advertía en 'El Principe' que los males del Estado son como la tisis: al principio fáciles de curar y difíciles de diagnosticar, pero si se dejan pasar, se vuelven fáciles de diagnosticar e imposibles de curar.

Si continuamos confiando nuestra estabilidad a la inercia del apoyo de la familia, mientras ignoramos la asfixia de la vivienda y evitamos una trazar un ambicioso plan político para dar solución a la realidad de la inmigración sin complejos cívicos ni mentales, el espejo francés no será una postal lejana sino el riguroso tráiler de nuestro propio futuro.

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar –somos literalmente fronterizos- echa las tuyas a remojar.

¡Venga, brocha y pastilla de jabón La Toja!