Desde el retiro de la jubilación, y mi libertad de movimientos, observo que hay un momento del año en que Arribes del Duero –omito el artículo- parece detenerse para escuchar a la tierra. El verano empieza a perder su fuerza –aunque sigue haciendo caolor-, las tardes se acortan y la luz adquiere esa tonalidad dorada que convierte los bancales, los olivos y las cepas en un paisaje distinto.

Es el maravilloso reino del Duero y sus cañones. Es entonces cuando llega la vendimia, una de esas ceremonias rurales que no necesitan calendario escrito para anunciarse. Basta con mirar las viñas –si es que los jabalíes no las han comido- y comprobar que la uva ha llegado a su hora.

En este territorio quebrado por el río, cultivar las cepas nunca ha sido una tarea sencilla. Las pendientes y sus bancales o paredones, los desniveles y la dificultad para trabajar muchas parcelas han obligado durante generaciones a entenderse con una geografía exigente.

Aquí la tierra no siempre concede facilidades, pero devuelve, a quien sabe escucharla, una riqueza que no se mide únicamente en litros de vino. También está en el esfuerzo acumulado de los pobladores, en la paciencia de quienes conocen cada cepa y en la sabiduría de quienes aprendieron a trabajar estas laderas mucho antes de que el paisaje se convirtiera en argumento turístico.

La vendimia tiene algo de despedida y de celebración. Se recoge el fruto de meses de incertidumbre, de lluvias esperadas, de calores excesivos y de noches pendientes del cielo.

Cada racimo contiene una parte de ese año irrepetible. Por eso, cortar un racimo no consiste solamente en llenar cajas o cargar remolques. Es cerrar un ciclo y abrir otro, aceptar el resultado de un trabajo que depende tanto de las manos humanas como de los caprichos de la naturaleza que, en estos tiempos de cambios, son muchos.

Viñas perdidas en las laderas del Duero en Villarino de los Aires. Luis Falcón

En los pueblos de Arribes, además, la vendimia pertenece a una memoria colectiva que todavía sobrevive en las conversaciones, en los recuerdos familiares y en las frescas bodegas donde el vino ha sido siempre mucho más que una bebida. Durante décadas, estas tareas reunieron a familias enteras, vecinos y amigos. Había jornadas largas, manos manchadas, picaduras de avispas, comidas compartidas y esa satisfacción sencilla de comprobar que el trabajo daba sus frutos.

No todo era romanticismo y olor a mosto y borras: también había cansancio, sacrificio y una dureza que hoy resulta difícil imaginar. Pero de aquel esfuerzo quedó una forma de relacionarse con la tierra y con los demás.

El Duero no separa

El Duero no separa dos mundos: los mantiene frente a frente. A un lado, las viñas salmantinas y zamoranas; al otro, las tierras portuguesas que comparten con ellas clima, pendientes, costumbres y una antigua cultura del vino. La Raya política trazó una división administrativa sobre el mapa, pero nunca consiguió borrar del todo las semejanzas de la vida cotidiana. Durante mucho tiempo, las relaciones entre las dos orillas se alimentaron de intercambios, parentescos, mercados y trabajos que ignoraban las solemnidades de las fronteras.

La vendimia permite reconocer esa continuidad. Cambian los acentos, las variedades sea Juan García, Malvasía, Rufete o Bruñal, Touriga,Tinta o Síria o Rupeiro, los modos de elaborar y las particularidades de cada lugar, pero permanece una misma conciencia de que el vino nace de una alianza entre la tierra y quienes la trabajan. En las dos orillas, las viñas forman parte de un paisaje cultural que no entiende de límites administrativos y que conserva en sus formas de vida una historia compartida.

Quizá por eso el vino de Arribes tenga también algo de carácter fronterizo. No porque deba atribuírsele una virtud extraordinaria por el simple hecho de nacer junto al Duero, sino porque procede de un territorio singular, donde la orografía impone sus condiciones y cada parcela exige una atención particular.

Su identidad no se explica únicamente en una etiqueta: empieza mucho antes, en la piedra, en los terrenos pizarrosos, en la pendiente, en la exposición al sol y en la experiencia de quienes conocen los secretos de cada viña.

Sin embargo, la belleza del paisaje no puede ocultar las dificultades de su continuidad. El abandono de parcelas, el envejecimiento de los agricultores, la falta de relevo generacional y la escasa rentabilidad de algunos cultivos amenazan un patrimonio que tardó siglos en construirse. Las viñas viejas no desaparecen haciendo ruido. Muchas veces, simplemente dejan de trabajarse, se cubren de maleza y terminan borrándose del paisaje.

Con ellas se pierde también una parte de la historia de los pueblos. Es el caso concreto de las laderas del Duero en Villarino de los Aires, desde El Teso de la Bandera en lo que se conoce como Piconitos, o las laderas del Tormes por Guasalvas, Arnales o Baldosa, en esa maravillosa ruta de Vendemoro.

Conviene recordarlo cuando el territorio se presenta como destino para visitantes que buscan naturaleza, tranquilidad y autenticidad. El paisaje que se contempla desde un mirador no es una decoración espontánea. Es el resultado de generaciones de trabajo, de muros levantados piedra a piedra y de una agricultura que ha sabido adaptarse a condiciones difíciles y, en muchas ocasiones, sino en casi todas, de subsistencia familiar.

Si se quiere conservar esa belleza, habrá que proteger también la actividad que la ha hecho posible.

La vendimia, por tanto, plantea una pregunta que va más allá de la cosecha y de las sucesivas fiestas modernas que se llaman ‘de la Vendimia’, sea en Villarino o Aldeadávila: qué futuro queremos para los pueblos que habitan este rincón de la frontera. No basta con celebrar sus tradiciones una vez al año ni convertir sus productos en reclamos de temporada. Hace falta que quienes mantienen vivas las viñas puedan seguir haciéndolo, que el trabajo encuentre una compensación digna y que los jóvenes descubran motivos para quedarse o regresar.

Cuando cae la tarde sobre el Duero, las últimas luces se deslizan por las laderas y las viñas adquieren una quietud antigua. En alguna bodega comienza a fermentar el mosto; en alguna casa se habla de cómo ha venido la cosecha; en otra, alguien recuerda a quienes ya no están y que enseñaron a vendimiar antes de que existieran tantas máquinas, tantas prisas y tantas palabras para vender una experiencia.

El vino tardará todavía en estar listo. Necesitará tiempo, cuidados y paciencia, como casi todo lo que merece la pena. Mientras tanto, Arribes seguirá guardando en sus laderas la huella de quienes entendieron que vivir junto al Duero significaba aprender a trabajar con una tierra hermosa, pero nunca fácil.

Y acaso ahí resida la verdadera lección de la vendimia: una tierra no se conserva solamente porque sea hermosa, sino porque todavía hay personas dispuestas a trabajarla, habitarla y transmitirla. Entre las dos orillas, la uva madura cada año con la misma discreción. Lo que está en juego no es únicamente el vino que llegará a las mesas, sino la posibilidad de que estos pueblos sigan teniendo raíces cuando el otoño vuelva a llamar a sus puertas, ¡ay!