Hay una noche concreta en la que uno comprende que el verano se ha terminado. No lo dice el calendario. Lo dice el aire.
Después de semanas de calor, -aunque lo tenemos bien presente-, de puertas abiertas y de plazas ocupadas hasta la madrugada, llega una noche en la que hace falta una chaqueta para sentarse en una terraza. Las conversaciones se acortan, alguien recoge antes las sillas y las calles comienzan a recuperar ese silencio que durante agosto parecía imposible.
Así empieza septiembre en la Raya. Lo he visto muchas veces en estos pueblos pegados al Duero, tanto en las Arribes salmantinas y zamoranas como al otro lado de la frontera, en las tierras de Miranda y Mogadouro. El verano aquí tiene una costumbre hermosa: devolver temporalmente a los pueblos a quienes un día tuvieron que marcharse.
Durante unas semanas cambian las calles y cambia incluso la forma de mirar el pueblo. Aparecen coches que durante meses estuvieron lejos, se abren casas cerradas desde el invierno y las plazas se llenan de conversaciones pendientes. Regresan los hijos, los nietos, los amigos de siempre. Algunos vienen de Salamanca; otros, de Madrid, Valladolid, Bilbao, Barcelona o cualquier ciudad donde la vida les llevó.
Y durante unos días vuelven a ser de aquí. Las fiestas patronales son el gran reencuentro. Procesiones, encierros, charangas, verbenas, cenas familiares y madrugadas que parecen no tener final. En Villarino, en Fermoselle, en Aldeadávila, en Saucelle o en cualquiera de los pueblos que miran al Duero, agosto tiene esa capacidad de convertir por unas noches una plaza tranquila en el centro del mundo.
Al otro lado ocurre algo parecido. Bemposta, Sendim, Miranda do Douro, Mogadouro y tantas aldeas de la Tierra de Miranda conocen también ese regreso estival. Porque esta frontera nunca ha sido únicamente una raya trazada sobre un mapa. Aquí se ha cruzado para trabajar, para comerciar, para bailar, para casarse –como mis padres-, para visitar a la familia y, sencillamente, para estar juntos.
El burrito en el mundo rural
El Duero separa territorios, pero durante siglos no ha sabido separar a sus gentes. Después llega septiembre y comienza la otra realidad. Se desmontan los escenarios, las plazas de toros, las orquestas emprenden el regreso, desaparecen los últimos puestos de las fiestas y las calles pierden en pocos días buena parte de aquella población que las hizo parecer diferentes. Las casas vuelven a cerrar sus puertas y los coches desaparecen de las plazas.
El pueblo vuelve a quedarse con los de siempre. Es entonces cuando uno vuelve a reparar en lo que durante el verano queda escondido bajo el bullicio: la persiana que permanece bajada, la casa vacía, el comercio que necesita clientes todo el año, el banco de la plaza ocupado por los mismos vecinos.
La despoblación no hace ruido. Por eso quizá sea tan difícil combatirla. Pero tampoco todo es tristeza. Hay una dignidad especial en estos pueblos que continúan funcionando cuando los demás se han marchado. El bar que abre por la mañana, el pan que llega, el agricultor que sale al campo, la conversación de los mayores en la plaza, las campanas que siguen marcando las horas.
La vida continúa, aunque lo haga más despacio. Y ahí está, a mi juicio, una de las grandes riquezas de la Raya: esa manera de resistir sin necesidad de proclamarlo. Se conserva una fiesta porque siempre se celebró. Se mantiene una tradición porque alguien decidió enseñársela a los que vienen detrás. Se cruza la frontera porque hacerlo forma parte de la vida cotidiana.
Quizá por eso septiembre tiene aquí un significado distinto. No es solamente el final del verano. Es el momento en que los pueblos vuelven a mirarse sin maquillaje. Durante agosto han demostrado todo lo que todavía pueden ser cuando regresan sus gentes. En septiembre recuerdan todo lo que necesitan para no quedarse definitivamente solos.
Cuando las noches empiezan a ser frescas, el verano ya está vencido. Se desmontan las fiestas, se vacían las casas abiertas durante agosto y los coches toman de nuevo las carreteras hacia Salamanca, Barcelona, Bilbao, Madrid o Portugal.
Gente en el pueblo cuando agosto llega a su fin
El pueblo queda atrás
Pero septiembre deja una pregunta que va mucho más allá de las fiestas: ¿cuántos de los que hoy se marchan volverán cuando llegue el próximo verano?
Porque la verdadera batalla de estos pueblos no se libra durante quince días de agosto, cuando las plazas están llenas. Se libra durante los otros once meses, cuando mantener abierta una puerta, un bar, una tienda o una casa habitada se convierte en una forma de resistencia.
La Raya conoce demasiado bien las despedidas. Ha visto marcharse generaciones enteras hacia las ciudades y ha aprendido a vivir con la ausencia. Pero también conserva algo que no aparece en ningún mapa: el sentimiento de pertenencia de quienes se fueron y siguen llamando “mi pueblo” al lugar donde nacieron.
Por eso, cuando la última verbena termina y el último coche desaparece por la carretera, no termina solamente el verano. Empieza la cuenta atrás para saber si estos pueblos volverán a llenarse de vida el próximo agosto.
El Duero seguirá pasando indiferente entre España y Portugal. Las encinas y los robles seguirán mirando los cortados y las campanas continuarán marcando las horas y, de vez en cuando, algún luto. La cuestión es quién estará allí para escucharlas. Porque un pueblo no muere cuando termina su fiesta. Muere cuando deja de esperar a quienes se fueron, ¡ay!
