Ahora que ha pasado el ecuador del verano y sus fiestas, no está de más realizar algunas apreciaciones, ante algunas opiniones, todas respetables, de lo que acontece en las plazas de los pueblos con sus verbenas.
Hay una costumbre cada verano que se repite con la misma facilidad con la que se levanta un escenario en cualquier plaza de un pueblo.
Antes de que suene la primera canción ya hay quien ha dictado sentencia.
Que si esta orquesta es la mejor. Que si aquella ya no es lo que era. Que si la otra cobra demasiado. Que si la de más allá tiene mejores voces.
Pero la verdadera crítica de una verbena nunca se escribe al día siguiente.
Se escribe mientras la orquesta está actuando, y, sobre todo, al final de toda la programación.
La escriben las parejas que siguen bailando cuando ya ha pasado la medianoche. La escriben los jóvenes que no abandonan la plaza. La escriben los niños que miran el escenario con los ojos abiertos de par en par y los mayores que, casi sin darse cuenta, vuelven a marcar un pasodoble como hace cuarenta años.
Porque en las verbenas hay una ley que nunca falla: el público siempre tiene la última palabra.
No la tienen las redes sociales. Ni los gustos personales, ni las manías. No la tienen los vídeos de unos segundos.
No la tienen quienes juzgan una actuación desde el sofá de casa. La tienen quienes permanecen tres, cuatro o cinco horas delante del escenario disfrutando de una noche de verano.
Y ahí es donde empiezan las diferencias. No todas las orquestas nacen con la misma vocación.
Hay formaciones cuya mayor virtud consiste en convertir una plaza en una auténtica pista de baile.
Son orquestas que entienden el ritmo de la verbena, que saben cuándo acelerar, cuándo bajar las revoluciones, cuándo tocar un pasodoble, una salsa, una rumba o un éxito del momento.
No necesitan artificios excesivos para conectar con la gente porque su principal escenario está abajo, entre el público.
En ese grupo, Castilla y León puede presumir de tener nombres propios que llevan años demostrando su capacidad para conquistar las plazas. Pikante, La Huella, Cañón, Vulkano o Nebraska representan esa manera de entender la verbena donde la música en directo, la cercanía y la conexión con el público siguen siendo la prioridad.
Son orquestas que conocen el lenguaje de los pueblos y saben leer el ambiente de cada noche. Cuando la plaza permanece llena hasta el final y la gente pide otra canción, no hace falta ninguna clasificación.
Un escalón por detrás aparecen otras formaciones como La Búsqueda, SMS o Kronos, que también ocupan un espacio importante dentro del circuito verbenero y mantienen un público fiel, aunque todavía buscan esa regularidad que distingue a las grandes referencias del sector.
Después está otra categoría diferente. Porque Panorama, París de Noia, Olympus o La Misión han llevado el concepto tradicional de orquesta hacia una dimensión completamente distinta.
Sus montajes escénicos, con enormes estructuras, pantallas gigantes, efectos especiales, bailarines y una producción propia de un gran concierto, las convierten en auténticos espectáculos itinerantes que trascienden el formato clásico de la verbena.
Compararlas con una orquesta de verbena tradicional quizá sea un error. No porque sean mejores o peores. Simplemente porque juegan otro partido.
Quien acude a ver Panorama o París de Noia sabe que asistirá a una producción que recuerda a los grandes conciertos del verano.
Su éxito reside precisamente en esa evolución del formato, hasta el punto de convertirse en un fenómeno que atrae a miles de personas allí donde actúan.
Sin embargo, la esencia de la verbena sigue siendo otra. La verbena es esa plaza donde el cantante baja del escenario para mezclarse con la gente.
Donde el pasodoble sigue teniendo sitio. Donde el vecino baila con quien acaba de conocer. Donde no importa la edad porque durante unas horas todos comparten el mismo espacio.
Una verbena no necesita deslumbrar para triunfar. Necesita emocionar. Y esa diferencia conviene no olvidarla.
Porque a veces se habla de las orquestas como si todas persiguieran el mismo objetivo. No es cierto. Hay quien busca ofrecer un espectáculo visual de dimensiones extraordinarias y quien sigue apostando por mantener vivo el espíritu clásico de la verbena popular. Ambas propuestas tienen su público.
Ambas enriquecen el verano. Y ambas merecen reconocimiento.
Castilla y León, además, puede sentirse orgullosa del nivel de sus propias formaciones. No hace falta mirar siempre hacia Galicia para encontrar calidad.
En esta tierra existen orquestas con músicos, cantantes y equipos técnicos capaces de llenar plazas, hacer bailar a miles de personas y sostener durante horas una noche de fiesta con enorme profesionalidad.
Y algo acontece cuando las grandes formaciones salen de las fronteras gallegas para llegar a todos los rincones de Castilla y León. Asunto que no hace muchos años era impensable, ver a Paris de Noia, por ejemplo, en pueblos que no superan los mil habitantes, y a precios casi ridículos para tiempos pasados.
Es que, además, Galicia ya no es lo que era.
Al final, la mejor clasificación nunca aparece en un cartel ni en una red social. Se escribe cuando la comisión de fiestas vuelve a contratar a una orquesta porque el pueblo la pidió.
Cuando la plaza sigue llena a las tres de la madrugada. Cuando nadie mira el reloj porque la música todavía invita a quedarse. Ese es el único premio que verdaderamente importa.
Porque en las verbenas, como en tantas cosas de la vida, el éxito no lo decide la crítica, ni el gusto personal, ni el concejal de turno; lo decide el pueblo, ¡ay!
