Cuando llegué a la capital, a finales de los setenta, había varios Madrid, pero uno olía a gasolina, a fritanga de bar abierto hasta las tantas y a cuero gastado de chupa barata. Un Madrid donde las noches empezaban en los recreativos y terminaban viendo amanecer desde un banco de la Plaza de España, con los bolsillos vacíos y la sensación de que la vida iba demasiado rápido para todos y, más, para un joven llegado de provincias, como fue mi caso.

Aquel Madrid, he constatado en las pocas veces que me pierdo por ‘el foro’, ya no existe. O quizá sí, escondido detrás de los escaparates modernos y de las terrazas donde ahora sirven cafés con nombres ingleses. Pero entonces era otro mundo. Más duro. Más salvaje. Más humano. Más interesante.

Hoy, recuerdo a los chavales de barrio que llegaban al centro, donde vivía, que crecían deprisa. Jóvenes que representaban a la otra España. No había tiempo para la inocencia como los otros, los de Goya, Moraleja o Aravaca. En Carabanchel, Vallecas, El Pozo, San Blas, Usera o Pan Bendito la calle era una escuela acelerada donde aprendías antes a correr que a soñar.

Los coches robados tenían más protagonismo que los libros y las salas dobles de cine eran refugios de invierno para quienes no tenían demasiado a donde ir. Y ese mundo, en un inicio, me subyugó como incipiente periodista, ansioso como una esponja de absorber esa España que comenzaba a vivir su libertad.

Y entre todos aquellos rostros aparecieron José Luis Fernández Eguía, conocido popularmente como ‘El Pirri’, ‘El Jaro’- al que cantó Sabina en ‘Qué demasiao’, dedicada a José Joaquín Sánchez Frutos , uno de los quinquis más famosos del Madrid de finales de los 70, que murió en 1979 con tan solo 16 años, de varios disparos de la Polícia-, y ‘El Vaquilla’ –también inmortalizado por Los Chichos, en un tema compuesto por Jero, cuya letra convirtió a Juan José Moreno Cuenca en una especie de personaje legendario del imaginario quinqui de los años 80-.

Pero también estaba José Luis Manzano, al que nadie cantó y el menos delincuente, que vivía su mundo de otra manera, y que fue portada de ‘Party’, una de las primeras revistas dirigidas al público homosexual en España durante la Transición y los años 80.

La publicación utilizaba en portada a actores, cantantes y figuras populares para atraer lectores. Entre los nombres que aparecieron estuvieron Miguel Bosé, Juan Ribó, Pedro Mari Sánchez y también José Luis Manzano.

Quizá fue el más silencioso de todos, el que tenía mirada de niño triste y pícaro incluso cuando sonreía, y al que más conocí.

Entonces, Antonio Flores le cantaba a la calle mientras los directores –como José Antonio de la Loma, considerado el padre del género quinqui, Eloy de la Iglesia, que aportó la mirada más política, transgresora y descarnada, utilizando la marginalidad directa de Madrid, y Carlos Saura, que dio un enfoque más lírico y autoral a la delincuencia juvenil- descubrían que la verdad estaba precisamente allí, en los barrios donde el asfalto sudaba heroína y las farolas alumbraban vidas a medio romper que se ampliaban al centro de la capital.

Conocí a José Luis Manzano una tarde de lluvia fina cerca de Tirso de Molina y, más tarde, en la calle Almirante, esquina del Café Gijón, antes de su entrada en el ‘mundo’ de Eloy. Llevaba una cazadora vaquera demasiado fina para aquel frío, con su pelo ensortijado cubriéndole la frente y casi los ojos, y fumaba despacio, como si quisiera alargar el último cigarro del día. No hablaba mucho al principio. Observaba.

Tenía esa forma de mirar que poseen quienes han visto demasiadas cosas demasiado pronto, deprisa. Pero cuando cogía confianza se reía fuerte, con ganas, como si quisiera espantar todos los fantasmas juntos.

Madrid en aquellos años era un escenario contradictorio. Mientras la Movida llenaba Malasaña de colores, sintetizadores y libertad –a la que me sumé en Rock-Olá, El Sol, El Penta, La Bobia o El Jardín-, a pocos kilómetros los chavales del cine quinqui seguían sobreviviendo entre descampados y estaciones de tren.

Dos ciudades diferentes latiendo al mismo tiempo. Una salía en las revistas y los programas de cultura de la televisión; la otra aparecía en los juzgados y en el cine.

Con Manzano recorrimos noches enteras –porque surgió de la noche madrileña- hablando de la vida, de películas, de música y de esa extraña fama que llegaba sin avisar, deprisa.

Él sabía perfectamente que el cine le había dado una puerta, pero también que la calle nunca terminaba de soltarte del todo, porque de ella nació. La fama del cine quinqui tenía algo cruel: convertía en mito precisamente aquello de lo que muchos intentaban escapar.

Recuerdo los cines de sesión continua en Gran Vía, Callao y Carretas, donde todavía quedaban carteles pintados a mano y acomodadores con linterna. Allí entrábamos algunas tardes para vernos reflejados en la pantalla.

Las películas de Eloy de la Iglesia no parecían ficción; eran casi documentales emocionales de una generación perdida entre la droga, el paro y las ganas desesperadas de sentirse alguien en unos barrios obreros extraurbanos que vomitaban desapego y olvido. Vidas sin futuro que se consumían deprisa.

Después venían los bares. Los de verdad, como El Brillante en Atocha. Los de serrín en el suelo y camareros que te fiaban una copa porque conocían tu cara desde niño.

Sonaban Los Chunguitos, Burning, Los Chichos o Leño en la máquina de discos mientras alguien hablaba de un colega que había entrado en la cárcel o de otro que no había salido vivo de la heroína. Aquella palabra estaba en todas partes.

Heroína. Sonaba despacio, pero destruía rápido, deprisa, como a muchos amigos y a otro montón de conocidos.

Manzano odiaba que lo trataran como a un delincuente permanente. “La gente cree que seguimos viviendo dentro de la película”, me dijo una madrugada cerca de Atocha. Y tenía razón. Muchos nunca pudieron salir del personaje que el cine creó para ellos.

España los admiraba en pantalla y los condenaba en la vida real. La triste realidad de una sociedad hipócrita de transición.

A veces, cuando caminábamos por Lavapiés al amanecer –ya con esa sensación de periodista en ciernes-, Madrid parecía una ciudad cansada de sí misma. Los barrenderos empujaban montañas de papeles de periódicos viejos mientras los primeros autobuses comenzaban a rugir cuesta arriba, esa cuesta del paseo de Delicias, porque yo vivía en el número 9.

Y allí seguíamos nosotros, jóvenes, rotos y libres, creyendo que todo duraría para siempre, como el café y el croissant en La Parisina.

Pero nada dura. Y más ahora, ya escribiendo en el retiro del pueblo el epílogo de la vida.

Con el tiempo desaparecieron los viejos cines, los billares, los bares de madrugada y también muchos de aquellos amigos. Algunos murieron demasiado pronto. Otros simplemente se perdieron, como me perdí yo en la Salamanca de la piedra dorada. Madrid fue cambiando de piel hasta convertirse en otra ciudad lejana, quizás más limpia, más rápida y también más fría.

Sin embargo, cuando paso hoy por ciertas calles,-Malasaña, que fue el epicentro de la Movida, Villalar, Carretas, Gravina, Conde de Xiquena, la zona que hoy se identifica con Chueca, aunque todavía no tenía la configuración actual, o la zona de Almirante, Barquillo y Recoletos que concentraba parte del ambiente nocturno más transgresor-, todavía me parece escuchar el eco lejano de aquellos años.

Como las melodías que subían escaleras arriba del piano del Tony Bar o las coplas de Juanita Reina y Marifé de Triana que salían del Very Very Boys o del Génesis, más conocido como La Cueva, o con la saeta de Juan Manuel a ritmo de pasodoble en la voz de Blanca Villa.

Eran los sonidos de un radiocasete sonando desde un coche abierto a tutiplén con ‘Perlas ensangrentadas’ de Los Pegamoides –los más modernos- y ‘Ni más ni menos’ de Los Chicos o pidiendo ‘veneno’, como aquellos Chunguitos que antaño gustaban al progre -los jóvenes quinquis-. Una moto robada perdiéndose por Embajadores que se delata en las cabriolas y una aceleración excesiva.

Una carcajada de Manzano rompiendo la noche… qué noches, como cuando llegó Miguel, el actor, al que conocí una noche en Conde de Xiquena, desde su Málaga querida de la mano de Antonio Banderas cuando empezaba como chico ‘Almodóvar’. Aquel Madrid de los primeros ochenta.

Entiendo, con el paso del tiempo, que el cine quinqui – que me engullía las horas de sesión continua- no hablaba realmente de delincuencia. Hablaba de juventud. De chavales buscando un lugar en un mundo que nunca se lo puso fácil.

Hablaba de amistad, de supervivencia y de esa extraña belleza que a veces nace precisamente en los márgenes de la heroína y la chapa. En las aceras de los aledaños del Paseo de Recoletos y el Café Gijón. Un cine que me enseñó la universidad periodística de la calle, que, en resumen, es la de la vida.

Madrid ya no es aquel Madrid. El de ahora es depresivo y lejano.

Pero quienes lo vivimos entonces sabemos que, durante unos años, la ciudad entera latió al ritmo de una guitarra afilada, un Seat robado y una canción triste sonando de fondo mientras amanecía sobre los tejados grises de la capital entre el pegajoso olor a aceite quemada de churros y porras.

Y quizá lo que más duele no es que desaparecieran aquellos bares, aquellos cines, aquellas noches interminables y aquellas personas, sino comprender que con aquel Madrid también murió una forma de estar vivos que se fue para no volver, ¡ay!

Montaje vintage del cine quinqui