La presencia de teléfonos móviles en las manos y titulares en las caras es típica de nuestro estilo de vida. El momento es irrelevante cuando se trata de escándalos, grabaciones de audio filtradas, disputas en Twitter y acusaciones cruzadas. Es un ruido tan desagradable que nos impide pensar en ello.

Con este caos informativo, muchas personas siguen sin saber si están siendo informadas o simplemente comprando una moto. ¿De quién depende el que escribe?

El periodismo, ese que tanto nos gusta citar, nació para ser un grano en el culo del poder. Su trabajo siempre fue el de preguntar lo que nadie quería responder. Sin esa prensa que molesta, la democracia es un chiste de mal gusto.

Pero ojo, que hay una cara B de la que apenas se habla, una que no suele ocupar las portadas de los grandes diarios.

El ambiente se ha estancado en los últimos tiempos. Las presiones son mencionadas con frecuencia por empresarios, políticos e incluso el dueño de una tienda de la esquina.

No es necesario ponerse un arma en el pecho, ya que puedes recibir un mensaje poco claro o una llamada telefónica a horas intempestivas. Un viejo truco para doblar el brazo a alguien es el mismo: temer el qué dirán los demás.

El proceso suele ser el mismo. O te ofrecen una fantástica campaña publicitaria o te golpean porque no has gastado el dinero en publicidad institucional. Tan crudo.

Cuando la información se convierte en una forma de moneda, el mercadeo de expedientes se convierte en la nueva normalidad para el trabajo, reemplazando al periodismo.

Mientras una multitud de periodistas se esfuerzan por llevar a cabo investigaciones exhaustivas para obtener una remuneración, cuatro individuos con un acceso insignificante a Internet y una profesionalidad limitada socavan la credibilidad del gremio.

No sólo el ciudadano exhibe incredulidad, también la observa. Su escepticismo hacia las noticias falsas se ha transformado en desconfianza, y ahora sospecha incluso de la verdad. ¿Quién se beneficia de esto? El chantajista o el impostor.

Internet lo ha puesto todo en cuestión. Hoy cualquiera se monta un medio, lanza una acusación sin contrastar y, para cuando quieres desmentirlo, el daño ya es irreparable. Ahora es difícil distinguir entre el fin de la exclusividad y el comienzo del chantaje.

Se debe enfatizar que publicar algo agresivo no es chantaje. Destapar la porquería de los de arriba es la obligación de cualquier periodista que se precie. Cuando la publicación se utiliza con fines de lucro, favoritismo o compra de silencio, el problema se vuelve evidente.

Las noticias ya no son un servicio para las masas, sino simplemente una sátira.

Necesitamos medios que exudan libertad y gerentes que sean al menos honestos en su comportamiento.

Si no recuperamos la confianza, lo que nos queda es un barrizal donde todo vale. Al final, si la palabra de un periodista no vale nada, no pierde solo el medio. Perdemos todos. Y el resto es silencio. ¡Ay!