El verano no empieza en el calendario, allá por el equinoccio de San Juan, ni siquiera en el primer día de calor que obliga a abrir las puertas del balcón de par en par, tal como vino esta Semana Santa.

El verano comienza cuando, en algún rincón de un pueblo cualquiera de nuestra geografía castellano y leonesa, alguien prueba un altavoz y la música suena un poco distorsionada, como si despertara de un largo invierno.

Es entonces cuando todos saben —sin necesidad de decirlo— que las fiestas están a punto de llegar.

Hay un instante suspendido en el aire, justo antes de que el calendario marque la fecha señalada, en el que el aire de los pueblos cambia. No es el olor a jara ni el bochorno del verano; es una vibración invisible, un murmullo de cables que se tensan y tablones que se ajustan.

Es el preludio de la verbena, ese rito pagano y sagrado que devuelve a los pueblos una vida que el invierno les fue quitando a sorbos.

Los preparativos empiezan mucho antes de que se cuelguen los banderines de papel y las luces. Hay una especie de rumor que crece en las calles: conversaciones en la tienda, vecinos que se detienen más de la cuenta en la plaza, listas improvisadas de tareas.

Las comisiones de fiestas se reúnen entre papeles, presupuestos y discusiones que siempre acaban en acuerdo, porque hay algo más fuerte que cualquier diferencia: la certeza de que, durante unos días, el pueblo tiene que latir al mismo ritmo.

Luego llega el momento visible, el que transforma todo. Las bombillas de colores aparecen cruzando las calles como constelaciones bajas. El escenario se levanta en la plaza, todavía desnudo, pero ya prometiendo historias.

Los niños corretean alrededor como si aquello fuera un misterio que hay que descubrir, mientras los mayores observan con una mezcla de nostalgia y complicidad, recordando otras gentes, otras fiestas, otros veranos, otras noches que parecían no terminar nunca.

Y de pronto, sin una señal clara, empieza la verbena

Quizá es el primer acorde de la orquesta, quizá el murmullo que se convierte en aplauso, o el instante en que alguien se atreve a ocupar la pista. Las sillas dejan de ser refugio y se vuelven simples testigos. El aire cambia: huele a polvo levantado por los pasos, a perfume barato, a bebida recién servida. La música —siempre un poco demasiado alta— no pide permiso, arrastra.

En las verbenas hay algo profundamente humano. No importa la edad, ni la historia personal, ni las preocupaciones que cada uno carga durante el año. Todo queda suspendido entre canción y canción. Se baila como se puede, como se sabe, o como se siente.

Hay quien sigue los pasos con precisión y quien improvisa con alegría desordenada. Ambos pertenecen al mismo instante.

Las parejas se forman y se deshacen con la misma facilidad que cambian las canciones. Los adolescentes descubren miradas que duran más de lo previsto. Los mayores se permiten sonreír sin prisa.

Y siempre, en algún punto de la noche, suena esa canción que todos conocen, la que convierte la plaza en un coro imperfecto pero sincero.

Verbena en un pueblo de Castilla y León este año.

El tiempo, durante las fiestas, se comporta de manera extraña. Las horas pasan deprisa y despacio a la vez. Una noche puede parecer eterna y, sin embargo, desaparecer en un suspiro.

Al amanecer, cuando la música se apaga, la orquesta de baile desmonta y se va y quedan solo los ecos, el pueblo recupera una calma distinta, como si hubiera soñado despierto.

Pero lo importante no termina ahí. Porque las fiestas no son solo lo que ocurre, sino lo que permanece. Son las anécdotas que se repetirán durante meses, las risas que se recordarán en invierno, las pequeñas historias que se suman a la memoria colectiva.

Cada verano trae sus propias verbenas, pero en el fondo todas son la misma: un pacto silencioso entre el tiempo y las personas para detener la rutina y celebrar, aunque sea por unos días, el simple hecho de estar juntos.

Y así, cuando el sonido cesa y las luces se apagan y la plaza vuelve a su forma habitual, queda una sensación difícil de nombrar. Algo entre la melancolía y la gratitud. Porque todos saben que, tarde o temprano, la música volverá a sonar… y el pueblo, una vez más, despertará, ¡ay!