En Castilla y León se celebrarán elecciones autonómicas el próximo quince de marzo. El frenesí de los partidos políticos para captar el voto ciudadano hace semanas que comenzó. Si se escudriña el comportamiento de la grey de los partidos políticos que aspiran a gozar del favor de los castellanos y leoneses, se encuentran demasiadas sinonimias con la narrativa de la novela ‘El disputado voto del señor Cayo’, obra del maestro Miguel Delibes.
Delibes ubica la trama novelesca en la campaña de las primeras elecciones democráticas de la Transición española. El señor Cayo es el protagonista central del relato. El escritor contrapone los valores tradicionales del mundo rural de nuestra tierra – encarnados por Cayo- y el proceder aventado del grupo de jóvenes urbanitas que en busca del voto para sus siglas ‘invaden’ como caballo por cacharrería el pequeño pueblo de Cureña, localidad imaginaria que evoca una aldea cuasi deshabitada de la sierra burgalesa.
A Delibes no le parecían ejemplificantes las prácticas de los partidos políticos en tiempo electoral, pues traza en su novela una magistral sátira sobre los planteamientos oportunistas, provisionales e incluso banales del ‘politiqueo’. Lo malo, lo pésimo es que también en la actual precampaña electoral de Castilla y León, muchos de los candidatos bullen alegre y frívolamente -sin resquicio de pudor intelectual ni análisis alguno- a lo largo y ancho de nuestra comunidad autónoma.
No hay bar que no recorran en busca del retrato con el paisano que juega al dominó, ni mercadillos ambulantes que no transiten entremezclados con el runrún que repite la cantinela de ¡barato, barato! o plaza de abastos donde se venden salchichas rojas de Zaratán, morcillas de Sotopalacios o botillo de Molinaseca.
Los candidatos a procuradores en Cortes de Castilla y León acuden en séquito, procurando el arropo de cargos públicos del gobierno autonómico, diputaciones provinciales, alcaldes de la localidad o simplemente prebostes de la oposición política. Se presencian demasiadas sonrisas impostadas o saludos interesados al paisanaje, que espera en un puesto del mercado su paquetito con cuarto y mitad de picadillo de León.
Si hablamos descarnadamente, a alguno de los candidatos que encabezan las listas electorales para la convocatoria autonómica del 15-M solamente les reconocen sus amigos, compañeros del trabajo, en su comunidad de propietarios y en la parada del bus del cole. Pero no son identificados por las masas sociales, que son las que a la hora de la verdad aportan el grueso de las papeletas que inclinan el fiel en la balanza en las urnas. Se cubren, eso sí, los candidatos con el paraguas de las siglas.
¡Ay, candidatos!, que farsillas urden cuando saludan a un galguero tocado con su boina campera de cheviot y pendiente de si ‘Canela’ va a ganar o no la carrera. El vecino – es decir el señor Cayo- extiende amable su mano, pero desconcertado pone cara de haba ante la carantoña del candidato a la galguita.
El ‘peronismo’ que brota en los partidos políticos cuando resuenan las cornetas electorales es solo una teatralización, como las de Perón y Evita. Ya se encarga el ‘aparato’ partidista de organizar intercambio de abrazos y besuqueos entre los figurantes, cargos públicos y candidatos. Orquestar premeditadamente una ‘clá’ y sus salvas de aplausos es más viejo que la Tana. Basta una docena de adictos, que eso ya lo descubrió el comunista italiano Antonio Gramsci.
Cuentan quienes con estupor lo contemplaron que en un reciente acto cofrade estuvo presente un candidato de un partido político – señálese solo el yerro sin alusión personal, de género o ciudad – arropado por cargos públicos y en primera fila. Ese contendiente electoral solo ostenta en la actualidad una condición de ciudadano de a pie. Hubo ‘foto de familia’ para la prensa con el candidato-ciudadano en medio de los representantes institucionales, con reserva del puesto central de honor.
Idéntico despropósito se repitió en una marcha contra el cáncer celebrada en una localidad de la misma provincia. Y continuará, suma y sigue. No sufren candidato y representantes de instituciones públicas ni el más mínimo resquemor en su conciencia. Así se ejerce ahora la política, con minúscula, convertida en falta de decoro, ética y estética.
