Durante semanas, el cielo ha parecido no conceder tregua alguna. Una borrasca se despide y, casi sin transición, otra ocupa su lugar y más virulenta que la anterior. Lluvias persistentes, nevadas, rachas de viento inusuales y episodios meteorológicos encadenados han instalado en la conversación del día a día una expresión cada vez más frecuente: el tren de borrascas. No es solo una metáfora periodística; es la imagen de una atmósfera alterada que comienza a comportarse de forma distinta a la que conocíamos hasta este momento, como bien recuerdan los de más edad en las zonas donde han castigado de verdad. En mi pueblo, Villarino, los mayores aseguran que nunca han conocido algo igual.
La ciencia lleva años advirtiéndolo. El cambio climático no se manifiesta únicamente en el aumento de las temperaturas medias, sino también en la intensificación y repetición de fenómenos extremos, antes no conocidos. Un océano más caliente aporta más energía a la atmósfera, y esa energía se traduce en sistemas meteorológicos más duraderos, más intensos y menos predecibles, explican los expertos en clima. El resultado es una sucesión de temporales que golpean con mayor frecuencia, alterando los ritmos naturales del medio ambiente y poniendo a prueba infraestructuras, economías y modos de vida.
Sin embargo, cada episodio de lluvias intensas o de anomalías climáticas vuelve a despertar el mismo debate, como ha acontecido en estas tres semanas anteriores. Frente a los datos y a los estudios, persiste un negacionismo, de partidos de extrema derecha, que intenta reducir estos fenómenos a simples ciclos naturales o a exageraciones interesadas. Se argumenta que “siempre ha llovido” o que “el clima siempre ha cambiado”, obviando un matiz esencial: la velocidad y la magnitud del cambio actual no tienen precedentes en la historia reciente del planeta. Hagamos caso a los científicos.
El negacionismo climático ya no se apoya tanto en la negación directa de los hechos como en la duda constante, en la confusión deliberada y en la desinformación, donde los bulos tienen un componente esencial. Se cuestiona a la ciencia, se desacredita a los expertos y se simplifica un problema complejo para evitar una conclusión incómoda: nuestras actividades tienen consecuencias. Este discurso no es inocuo. Retrasa decisiones, bloquea políticas de adaptación y mitigación, y deja a las sociedades más expuestas a los impactos que ya están en marcha. Este negacionismo es una de las líneas rojas marcadas por Vox para apoyar al PP en los diversos gobiernos autónomos, negar el cambio climático y tirar a la papelera todas las medidas climáticas.
El llamado tren de borrascas no es una prueba aislada, ni un fenómeno puntual al que mirar con curiosidad pasajera.
Es una señal más de un sistema climático que responde a décadas de emisiones a la atmósfera, de consumo desmedido sobre todo de energías fósiles como el carbón, el petróleo y el gas, y de falta de previsión. Ignorarlo no hará que desaparezca; al contrario, aumentará su coste humano, económico y ambiental.
Algo que, por desgracia, todo el negacionismo ultra pasa por alto.
Asumir la realidad del cambio climático no implica caer en el alarmismo, sino en la responsabilidad de todos. Significa escuchar a la ciencia, invertir en prevención, adaptar territorios y asumir que la negación no es una opción viable, por mucho ruido que hagan Vox, el ‘trumpismo’ y todo el pensamiento ultra. El clima está cambiando, nos guste o no, y el verdadero debate ya no es si ocurre, sino cómo decidimos afrontarlo antes de que el próximo tren de borrascas vuelva a pasar, más largo e intenso que el anterior, ¡ay!
