Nací en un pueblo pequeño, Villarino de los Aires, de esos donde el tiempo parece caminar más despacio y las historias se cuentan mirando a los ojos de los mayores. Allí aprendí mi nombre, el sonido de las campanas de la iglesia y del reloj de la plaza, y el valor de escuchar. No sabía entonces que ese acto tan simple —escuchar— acabaría marcando mi destino.
Me fui joven, como se va casi siempre: con prisa y con sueños. El mundo era grande y yo quería contarlo. Fui periodista y recorrí ciudades, países y conflictos. Escribí desde aeropuertos, hoteles anónimos y redacciones que nunca dormían. Vi caer muros, levantarse esperanzas y repetirse errores. Conocí lenguas distintas, pero en todas encontré la misma necesidad de ser comprendido.
Cuanto más lejos estaba, más presente tenía el pueblo, del que nunca renegué ni del que nunca me fui del todo. No como un lugar físico, sino como una brújula que me guiaba. Allí aprendí a mirar sin juzgar, a preguntar antes de afirmar, a respetar el silencio. Todo lo que fui fuera nació, sin saberlo, en aquellas calles estrechas y empinadas. Y a la sombra del árbol de la plaza, cuando estaba, porque ya no está.
Los años pasaron, las crónicas se acumularon y un día llegó la jubilación. Sin titulares ni plazos de entrega, entendí que el viaje no estaba incompleto, solo pedía cerrarse. Volví al pueblo con una maleta ligera y una vida llena.
Ahora camino despacio por los mismos caminos. Algunos nombres, muchos, faltan, otros nuevos han llegado. Yo ya no cuento historias para el mundo; dejo que el mundo me cuente a mí su historia diaria. Y comprendo que nunca me fui del todo.
Porque la vida, como el periodismo y como el pueblo, es un círculo: sales para entenderlo todo y regresas para entenderte a ti, ¡ay!
