Constatamos que cuando afrontamos las etapas más difíciles de nuestra vida parece que quieren hacernos recurrir cada vez más a la psiquiatría, sin embargo el convertir el sufrimiento en enfermedad no es la mejor solución para seguir adelante. Tampoco, el trastear en las redes sociales nos va a aportar la socialización ni una ayuda humana y eficaz.



La forma de atacar el sufrimiento y las tragedias con ayuda de la psicología sigue un guión en el que se repite lo transitorio del dolor aunque nos hayan arruinado la vida. Por lo que parece que cada vez más podemos cuestionar las técnicas psicológicas para contener el duelo del no creyente en los casos extremos o para afrontar los casos extremos de la vida, como una enfermedad grave, quedarse en el paro, muerte, enfermedad o rupturas sentimentales…



Por su parte el cristianismo a través de la oración, desde sus formas más infantiles, es una estrategia, sin duda, para protegerse de la desgracia. En sus formas más maduras resumidas en la oración del Padrenuestro, “hágase tu voluntad…”, constituye el consuelo perfecto contra el infortunio transformando cualquier crisis en un suceso aceptable al otorgarle la esperanza de que algún día todo será mejor junto a Dios. Desligarse de la egolatría, imperante en nuestros días, para abrirse a la insignificancia propia y aceptar el papel que nos da la Iglesia y que tenemos como cristianos es la defensa ideal para adquirir serenidad frente a la muerte y a las situaciones extremas.



Enfrentarse a la desgracia desde el materialismo del ateo es complicado o, por qué no, absurdo. El azar carece de significado y la tragedia debe aceptarse sin más. La falta de creencias o la lúcida amargura al final nutrirá la falta de coraje que nutre la fantasía psicoterapéutica con la que todos los días nos bombardean desde todos los medios de comunicación, que parece también que nos quiere preparar para la normalización de la eutanasia.



La sociedad heredera de los principios de la revolución francesa empieza a estar cuestionada, y cada vez más nos preguntamos sobre la importancia de la religión para afrontar nuestras vidas. La desgracia y el consuelo personalizado y la empatía mercenaria personificada por el psicólogo, que, a manera de plañidera o de pozo sin fondo, moviliza el Estado para representar la liturgia prescrita en el manual está cada vez más obsoleta.



Pero si la ayuda profesional puede ser contraproducente en situaciones de grave estrés, ¿qué alternativa nos queda en las sociedades actuales donde no quedan los vínculos tradicionales que amortiguaban el dolor? Con las redes sociales puede que quizás podamos crear de nuevo los vínculos sociales referidos al dolor de las víctimas, al compadecernos con otras personas y al hacer emerger vínculos informales, y transformar el sin sentido en solidaridad.



La Iglesia cristiana siempre ha sabido crear una subjetividad colectiva que aporta un vínculo afectivo entre sus miembros que los protege de la desesperación. El cristianismo vivido plenamente deja en entredicho la omnipotencia técnica del psicólogo. Vemos en este hecho que el hombre desde su espíritu y desde el poder de la comunidad, la iglesia, es capaz de reconstruir el arte de consolar o aliviar el dolor. Al poner en común los problemas o el dolor, la memoria colectiva de los vivos recoge el testigo de los que se fueron y hace que continuemos nuestras vidas con más fuerza sin abandonarnos al abatimiento.



El hedonismo y el irnos de vacaciones tan patente en nuestra sociedad, y en la receta de los psicólogos, no son ya del todo válidos. La solidaridad heredada del cristianismo es muy importante en estos tiempos. Como decía la Madre Teresa de Calcuta una gota puede mover un océano. Seamos solidarios y no dejemos solos a los que sufren. Este es sin duda el mensaje que Cristo nos enseñó, y no debemos olvidarlo.