Hokusai

La tecnología es como una ola de fuerza desmedida. Y no hay ola mejor que la de gran ola de Kanagawa, el grabado creado por el artista japonés Katsushika Hokusai y publicado entre 1830 y 1833. En este espacio dibujaré imágenes de este otro mundo flotante que nos nutre, nos muta, nos transporta y a veces, sólo a veces, nos destruye.

Travis Kalanick con Gabi Holwarth, de quien se separó en verano por las presiones laborales

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"Te voy a poner mirando a Uber": la aventura de la 'uberización'

Travis Kalanick, cofundador y exCEO de Uber, llevó la compañía con afán cipotudo. Sus escándalos oscurecieron sus logros y abandonó el liderazgo de la compañía después de haberse convertido en auténtico veneno para sus propios intereses. Fue la suya una disrupción eréctil. Un empeño agotador, similar al del finado Hugh Hefner, de meterse en la boca más de lo que podía masticar.

Otros multimillonarios de la tecnología se han amparado en la necesidad de transformar el mundo para justificar la acumulación de descomunales riquezas. Creen en el concepto de riqueza obscena y hablan de desprenderse de ella con el mismo espíritu cívico mezclado con vergüenza de quien tira sus viejas revistas porno pero las lleva a reciclar.

Kalanick nunca entró en ese juego. Este tipo se pasó la infancia programando, lo que probablemente retrasó el momento en el que le tocase catar condiscípula. Pero la riqueza le hizo súbitamente apuesto y compensó sobradamente todo lo que tuviera que compensar. Llegó a reconocer que su flamante atractivo para el sexo opuesto se había disparado hasta el punto de acuñar un término para el acto de reclamar amantes a domicilio como quien pide un coche con conductor. "Lo llamamos Boob-er", bromeó en una ocasión. Imaginad a un joven émulo de Arturo Fernández diciendo, en castellano, algo del tipo: "Si necesito una chatina, sólo tengo que hacer un chatify". Ese percal.

Una empresa, dos verbos

De tanta brormona nació una compañía multimillonaria y dos verbos. Por un lado, el 'to Uber', para referirse al acto de utilizar sus servicios. O los de sus rivales. Por otro lado, el 'to Uberize', para hablar de otra cosa más complicada, y de la que se habla más entre economistas que en la calle. Tenemos una versión en castellano: 'Uberizar'.

Uberizar es un verbo guerrero, porque es algo que todas las start-ups quieren hacer y todas las empresas tradicionales intentan evitar a toda costa. Vivimos en el conflicto entre el "voy a uberizar" y el "riesgo de uberización".

Imaginad un sector cualquiera, por disparatado que sea, y seguramente encontraréis casos de start-ups que se dedican a uberizarlo. Y de directivos muy preocupados porque les llegue la hora de la uberización. 

Más allá de los beneficios sociales o para los consumidores, éste es un proceso en el que normalmente aparece un ganador y un perdedor. A veces, el perdedor se da cuenta de que le van a comer la tostada y se lanza a por el territorio de otro. ¿Daimler ve peligrar el negocio de vender coches? Lanza Car2Go y uberiza la propiedad de vehículos para autovenderse Smarts. 

Inuberizable

Hay sectores que parecen inuberizables. No me imagino una aplicación para convertir una habitación de tu casa en una miniprisión de alta seguridad. O una plataforma para unir a autónomos en la construcción de megaestructuras. Los sectores públicos y/o regulados, todo lo que demande aún grandes consumos de capital (capex)... Muchas cosas parecen inmunes.

Otros sectores, como el de los medios de comunicación, parecen inuberizables sólo porque los rompieron de tanto uberizarlos. Han dado de sí.

Pero, incluso entre los sectores más protegidos, impera la cautela. Incluso al área de la economía más blindada y resistente puede encontrarse conque una start-up despiadada la sorprende en un callejón oscuro y la pone mirando a Uber. Cada vez que algo así sucede, me imagino al fantasma de Travis Kalanick enterándose y riéndose con carcajadas de supervillano, desde un asilo de diamantes.