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A Pablo Casado se le está poniendo cara de Antonio Hernández Mancha

Pablo Casado.

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La política en España, al menos en las grandes formaciones que se han alternado en el Gobierno desde la reinstauración democrática, parece tener un objetivo claro: conseguir convertirse en ‘líder’ del partido en la oposición, haciéndose con el poder en el partido de turno (PSOE o PP) en alguna de sus épocas de crisis, para una vez alcanzado ese “estatus” dejar que llegue el turno y pasar a presidir el Gobierno, algo que, como fruta madura, consiguieron Mariano Rajoy, Jose María Aznar, José Luis Rodriguez Zapatero y, por supuesto, Pedro Sánchez (no sin un camino laberíntico y tortuoso).



Aunque excepciones las hay, naturalmente, como todo en la vida; y entre ellas destaca el caso de Antonio Hernández Mancha, presidente de Alianza Popular, entre 1987 y 1989, tras haber resultado vencedor de elecciones primarias frente a Miguel Herrero y Rodriguez de Miñón, pero la reaparición de Manuel Fraga, como “Saturno devorando a sus hijos”, en el XI Congreso Nacional de AP, para refundar la marca como Partido Popular y poner al frente de la misma, por designio del patriarca, a José María Aznar, precipitó el abandono de la política de Hernández Mancha cuando tanto solo contaba con 38 años de edad (1 de abril de 1951).



También en el PSOE ha habido casos de líderes en al partido que no alcanzaron La Moncloa, como fueron Joaquín Almunia o Alfredo Pérez Rubalcaba. En todo caso lo habitual es que el ‘casting’ para liderar los dos grandes partidos políticos acabe con sus protagonistas presidiendo el Consejo de Ministros.



Que los procesos de ‘primarias’ los carga el diablo, es una afirmación ampliamente repetida en los cenáculos de los veteranos de las formaciones políticas, y seguramente algo tiene que ver en ello, sobre todo teniendo en cuenta con ZP venció, aún por pocos votos, a José Bono en el año 2000; Pedro Sánchez a Eduardo Madina en 2014 y, en las filas del Partido Popular, Pablo Casado hizo lo propio con Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, en 2018.



Tres años después de la elección de Pablo Casado en las primarias ‘populares’, por mucho que su equipo cercano y asesores, se refieran a él con el ‘título’ de “presidente Casado”, se haya dejado una barba que recuerda mucho a la de Rajoy y vista de caros, aún elegantes, trajes oscuros; su expresión no parece la de alguien convencido de estar a las puertas de dar el último paso en su carrera política, esa que le llevará a subir los escalones que dan acceso al Palacio de la Moncloa, sino que su rictus empieza a recordar, bastante, al de Antonio Hernández Mancha tras su fallida moción de censura a Felipe González en 1987.



Lo grave para Pablo Casado es que el motivo de su perdida de tono político está en  que sus propios votantes detectan en su formación política otro posible cartel electoral que les satisface más y quien debería ejercer el liderazgo no consigue mantener un perfil propio reconocible ni para quienes se identifican con el Partido Popular.



Circulan sondeos en los mentiremos políticos en los que se compara la predilección de los propios votantes populares sobre que candidato de su formación contaría con su apoyo de cara a unas elecciones generales y aunque Pablo Casado obtiene un 51,8% de su electores, Isabel Díaz-Ayuso es la preferida para, al menos, el 39,8% de los simpatizantes del PP, mientras un 8,4% no se inclina por ninguno de ellos.



Pablo Casado tiene un problema y lo tiene en casa. Miguel Ángel Rodriguez, que fue cercano colaborador de José Maria Aznar en su camino hacia La Moncloa está tras la estrategia de aceptación social que despierta Isabel Díaz-Ayuso y no se oculta de ello.



¿Alcanzará Pablo Casado el estatus de ser el candidato del PP a las próximas elecciones generales o seguirá el camino de Antonio Hernández Mancha?…en un tiempo mucho más breve de lo que usted pueda suponer tendremos la respuesta.