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La gran paradoja de nuestra democracia

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El desarrollo territorial equilibrado nunca ha sido una prioridad de los poderosos de España. Fueros, privilegios, exclusivas comerciales, y manejos políticos terminaron favoreciendo a algunas regiones periféricas en detrimento de otras con más territorio y habitantes, aumentando los desequilibrios territoriales más allá de lo justo, soportable y conveniente para la igualdad de los españoles.

Parecía que todo se arreglaría con la llegada de la democracia, pero la esperanza de que el desarrollo territorial equilibrado de España fuese una prioridad para los políticos duró poco tiempo, la Constitución nos dividió en nacionalidades y regiones, y pronto vimos que los políticos de los dos grandes partidos, con tal de obtener o guardar su sillón, empeoraban los desequilibrios y minaban toda posibilidad de equilibrio territorial dando más y más privilegios, y más y más dinero a las autonomías privilegiadas, mientras en las desfavorecidas las ciudades languidecían y los pueblos se vaciaban.

El apoyo del gobierno central a la fábrica de baterías en Barcelona indica que el desequilibrio sigue empeorando. Cáceres tiene minerales necesarios para fabricar baterías, y Barcelona no está en el centro geográfico de las fábricas de coches en España, pero se apoya la construcción de una fábrica en Barcelona en la que probablemente trabajarán emigrantes o hijos y nietos de emigrantes extremeños.

Lo mismo ocurre con la Travesía Central de los Pirineos, absolutamente necesaria para que España no dependa de regiones que, si alcanzaran sus objetivos separatistas, tendrían la llave de la puerta del transporte con Europa. No interesa a tres de las cuatro autonomías fronterizas con Francia, y no se hace.

Cuestan de entender las razones por las que los habitantes de las regiones desfavorecidas, cual víctimas del síndrome de Estocolmo, siguen dando su voto a los dos partidos que durante más de cuarenta años les han ignorado porque tenían que pagar favores a los nacionalistas y separatistas de las regiones privilegiadas.

Esta es la gran paradoja de nuestra democracia, las regiones privilegiadas no votan a los que tanto les dan, y las regiones esquilmadas votan a los que tanto les niegan. ¿Cómo explicarlo?

La explicación es sencilla, clientelismo, promesas electorales y algunas inversiones en proyectos menores para inaugurar en año electoral y satisfacer el orgullo colectivo al menos hasta el día de las elecciones. A los proyectos mayores, si los hay, se les da largas haciendo estudios preliminares varios. Esas argucias y proyectos menores que poco o nada contribuyen al desarrollo territorial, podrían explicar lo inexplicable durante una o dos legislaturas pero cuando lo inexplicable ocurrió y sigue ocurriendo en todas las legislaturas, las diferencias entre regiones aumentan de forma exponencial, dejando a las regiones vaciadas cada vez con menos peso económico y político.

Si como todo parece indicar, España avanza hacia algo parecido a un estado federal, y queremos que sea un estado justo, el equilibrio territorial es una prioridad. Para lograrlo, los ciudadanos tenemos que asumir que aunque los políticos han sido los autores y beneficiarios del daño inconmensurable que se ha causado a las comunidades desfavorecidas, lo han sido porque los ciudadanos se lo hemos permitido. Eso es lo que tiene que cambiar, los ciudadanos de las regiones vaciadas tenemos que pasar a la acción.

¿Cómo pasar a la acción? Por ahora, no parece necesario –aunque la tentación es grande- que todos nos hagamos nacionalistas o separatistas, y que todas las autonomías entren en el mercadeo de votos para soportar gobiernos, o que, votemos en el supermercado, el banco o el concesionario de coches. Hay soluciones menos caóticas para todos.

Muchos de los problemas de desarrollo regional derivan de la disciplina de voto que obliga a muchos a votar en contra de los intereses de su región y de sus propias convicciones porque así lo quiere el poder central del partido. ¿Donde queda la libertad del diputado? ¿A quién representa realmente, a los ciudadanos o al jefe del aparato del partido que le dio el sillón?

La respuesta a estas preguntas explica por qué votamos a favor de unas cosas y luego pasan otras, señalan a los culpables del cambiazo, y nos indican el camino de la solución: Exigir a los dos grandes partidos que implanten la libertad de voto y las listas abiertas, y dejar de votar a los que no lo hagan. Si los partidos no lo hacen, significará que el equilibrio territorial no les interesa y las únicas alternativas de los ciudadanos de las autonomías desfavorecidas serán o crear partidos nacionalistas radicales en cada autonomía, haciendo España ingobernable, o resignarse al empobrecimiento.

¿Debemos los españoles pagar tan alto precio por la ambición de poder de unos pocos?

Yo pienso que no. ¿Y usted?