Blog del suscriptor

El perro de la escalera

.

.

  1. Blog del suscriptor
  2. Opinión

La filosofía, la sabiduría, no es hija de ningún maestro, de ningún profesor ni de ningún gurú. Ser discípulo o ser alumno de alguien es una distorsión ideológica, un equívoco pedagógico.

La filosofía es hija de la amistad. La amistad exige un esfuerzo continuo en mantener un campo común de pasiones inteligentes. Sócrates, Platón, Aristóteles mantuvieron esta pasión viva y la transmitieron a través de diálogos vibrantes.

Así lo comprendieron los seguidores de Epicuro y transformaron el saber en un proyecto corporal de serenos placeres donde la amistad era “pròs tòn homoion seauto”, para quien sea semejante a ti. Los estoicos, que con ellos tenían algunas afinidades doctrinales, engullidos por cierto fanatismo religioso, los persiguieron porque se reunían como “piaras de cerdos” en un apartado jardín.

San Pablo copió de los epicúreos el género epistolar, estilo Meneceo, para propagar el cristianismo y no evitó que destruyeran o censuraran sus libros. Algo parecido sucede ahora con los negacionistas. No los quieren en TV, los expulsan del trabajo y, además, los acusan de fomentar el genocidio.

El poeta no puede permanecer indiferente ante tamaña tropelía histórica y reclama la enseñanza mediante la amistad.

Practicarla, amigos y amigas, por las calles, por las plazuelas, por los bares, por las orillas del amor o en una tribu de salvajes como misioneros de la razón, porque es la razón, no el fundamentalismo o fanatismo científico propulsados hoy por la OMS y la ONU, quien debe prevalecer contra aquellos que pretendan implantarlo como una vacuna.


Siempre es grato escribir algunas cartas
a tantas cosas dadas por perdidas
con el remite de todas las ganadas,
sin firma que rubrique despedida.

Ser capaz de llegar al domicilio
sin renunciar a ser el vagabundo
que nunca lo educó ningún Emilio
y a maestro llegó sin ser alumno.

Afanarse, superada la infancia,
por la verdad lograda con desvelo
y a pesar de perder con su ganancia
al oficio servil no darle duelo.

Si un perro en la escalera te recuerda
la lealtad ya perdida de un amigo,
cuida que la nostalgia no te muerda
en el mismo lugar que te han herido.