Opinión

Por los que murieron trabajando

Una mujer camina entre las casas destruidas de una fábrica en México. /Reuters

Una mujer camina entre las casas destruidas de una fábrica en México. /Reuters

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Las que se avecinan son fechas para el recuerdo, especialmente para los que ya no están entre nosotros. Toda muerte es trágica máxime cuando se trata de un accidente, pero a día de hoy más triste es si cabe, morir en el puesto de trabajo.

Mientras el beneficio empresarial sigue subiendo, las muertes por accidente de trabajo aumentan gracias a la precariedad laboral. Padres que perdieron a hijos, hijos que perdieron a sus padres y tragedias similares por la impunidad empresarial ante la siniestralidad laboral.

Interminables horarios sin remunerar, presiones, maltrato psicológico... son los más habituales tratos que los trabajadores sufren a diario con el chantaje del despido si no acceden a ser esclavos del siglo XXI.

El trabajador seguirá muriendo en el trabajo mientras la justicia no actúe contra aquellos empresarios y trabajadores que pongan en riesgo vidas humanas por no acatar una seguridad laboral que aún con lagunas (y perfectamente legislada) es de las más avanzadas del mundo.

No solo los accidentes, si no las enfermedades laborales debidas a la falta de prevención y medios de protección que las empresas no suelen proporcionar. Las enfermedades no se ven, pero todavía hay quien se lava las manos pensando en el largo plazo y contando en que en algunas son difíciles de detectar a corto-medio plazo.

El desamparo del empleado por cuenta ajena ante los riesgos laborales y el abuso por parte de las empresas es algo sumamente grave. Son los trabajadores los que acaban vertiendo su sangre entre los ladrillos que hacen crecer a un país como es el nuestro.

En un marco nacional-sindicalista sería impensable a día de hoy en pleno siglo XXI la alarmante cifra de accidentes mortales que en el ámbito laboral siguen a niveles intolerables.

El beneficio empresarial aumenta a costa de bajadas de salarios a tal nivel que se ha creado la figura del trabajador pobre. La bajada de salarios lleva aparejada el aumento de las horas trabajadas sin remunerar, práctica que además de ilegal y abusiva directamente mata.

Tanto para las empresas como para los trabajadores debieran de crearse unos incentivos claros y suficientes para que arriesgar la vida o la integridad física en el trabajo no salga a cuenta en ninguno de los casos.

Solamente el exhaustivo control de los implicados en éste baile y su tratamiento con medidas coercitivas contundentes puede detener ésta sangría.

Autónomos y empresas son las que crean empleo en éste país y la responsables de aquellos a los que tienen bajo su control imponiendo amonestaciones y sanciones a aquellos empleados que dejen de observar las normas de seguridad. Para ello deben proporcionar los medios adecuados pero pese a ser de un valor totalmente residual en la práctica no se cumple. Y no se cumple porque en éste país los muertos salen baratos, tan baratos que no se les da el valor que se debe.

El coste de la accidentalidad laboral es un lastre más que arrastra nuestra economía y es un lastre del que juntos podemos ayudar a desprendernos.

Los sindicatos subvencionados por el gobierno no hacen más que bailar el agua al son de los que le pagan como han hecho siempre demostrando la poca estima que tienen a los trabajadores a los que dicen defender. La creación de más inspectores de trabajo sería la solución (o una de las posibles soluciones) para terminar con el desastre. El estado debería tener la última palabra en temas de seguridad laboral a través del ministerio de trabajo y de las organizaciones gubernamentales pero tal medida no es eficaz al no disponer ni de medios ni de personal suficiente pero estamos tratando de vidas humanas.

Las asociaciones de víctimas de accidentes laborales esperan que se haga justicia de una vez por todas y que nadie vuelva a verse en situaciones en las que por un mísero sueldo alguien se tenga que jugar la vida.

Muchos son los cursos que la fundación laboral de la construcción imparte de forma obligatoria para poder trabajar. Un paripé que de nada sirve cuando todos sabemos que no se va a cumplir. Cursos inútiles que simplemente sirven para que más de uno se llene los bolsillos y que claramente está para quitar la mayor parte de la responsabilidad a las empresas y dársela a aquellos accidentados... como el refranero refleja fielmente "cornudo y apaleado".

La hipocresía de logar accidentes 0 mientras que no hacemos el esfuerzo necesario para lograrlo nos cuesta dinero a todos y evitar un accidente es ahorrar dinero al estado.

El panorama lejos de pintar bien es más que desolador, ni se toman medidas ni se toma tan en serio un tema de vital transcendencia a todos los niveles como es el de la siniestralidad con sus distintos grados de gravedad.

Por todos los que han sufrido,o sufrirán alguna clase de accidente o enfermedad laboral evitable, por todos los que pudieron estar y por desgracia ya no se encuentran entre nosotros, por todos los que alguna vez hemos pensado que prevenir es salvar... va por vosotros.