Zaragoza
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"Si algo funciona es mejor no tocarlo", sentencia Víctor Prous después de volver al restaurante de un pequeño pueblo de Teruel.

Se trata del Bar Restaurante El Salón, en Riodeva.

El municipio turolense, de tan solo 113 habitantes, está situado a 42 kilómetros de la capital, a unos 50 minutos en coche.

Es territorio paleontológico por las huellas que dejó el Turiasaurus riodevensis en el Jurásico Superior, uno de los hallazgos paleontológicos más importantes realizados a nivel internacional.

Sin embargo, hoy no hablamos de sus dinosaurios, sino de su gastronomía.

Riodeva cuenta con un bar que es el único a unos 15 kilómetros a la redonda, por lo que suele ser punto de encuentro para los vecinos de los pueblos de alrededor.

Su menú, contundente y casero, tiene un precio de 19 euros. Vamos, "un regalo".

Riodeva Ayuntamiento de Riodeva

El creador de contenido Víctor Prous, con más de 600.000 seguidores en redes sociales, ha visitado la localidad por segunda vez y vuelve a quedar satisfecho con la experiencia. “Aquí se come bien, gente”, asegura al final del video, después de ponerse las botas.

Pedro, dueño del bar junto a su mujer, es el encargado de servir los platos y contarle algunos de los secretos del restaurante. Durante las fiestas, explica, pueden llegar a servir entre 60 y 70 menús.

El primer plato son unas alubias rojas. “Las judías las grabé el año pasado, pero están muy buenas”, recuerda Víctor antes de probarlas. Es pleno agosto, pero eso no parece un problema para disfrutar de un plato de cuchara.

"Están tiernas, están melosas, alguna está un poquito rota, pero el sabor del sofrito y del compango, en pleno agosto, resucita a cualquiera”, comenta.

El plato le resulta familiar. De hecho, ya lo probó durante su primera visita. “Ya lo dije el año pasado, pero están para darle un beso a la cocinera”, bromea mientras señala el aceite y la grasa que ha soltado el chorizo.

También se fija en la procedencia de los clientes. La mayoría, son vecinos de localidades cercanas que aprovechan las vacaciones para acercarse hasta Riodeva.

“El caldo, el fondo y el sofrito están espectaculares. Esto te hace sentir que estás en el pueblo”, afirma

Después llega otro plato contundente: un arroz al horno con morcilla, chorizo, costilla y hasta garbanzos.

Pedro explica que esta vez lo ha preparado él, aunque normalmente es su mujer quien se encarga de hacerlo. “Creo que le queda mejor”, reconoce el hostelero entre risas.

Víctor prueba el arroz y vuelve a compararlo con el que comió el año anterior. Le gusta especialmente que mantenga el mismo estilo. “No está mal de punto de cocción. No está blando, tampoco está duro. No es fácil cogerle el punto a un arroz al horno”, apunta.

Y ahí recupera la frase que resume su visita: “Cuando vinimos el año pasado tenían los mismos platos. Cuando algo funciona es mejor no tocarlo”.

Las raciones, además, no se quedan cortas. Después de terminar el plato, Víctor bromea con Fátima, su acompañante habitual en estas visitas gastronómicas: “Me vas a dar la siesta esta tarde, eh, Fátima. No veas cómo has rebañado el plato”.

Las patatas fritas tampoco pasan desapercibidas. Al llegar a la mesa, Víctor recuerda que en los pueblos la cocina sigue teniendo sus propias reglas: “¿Te has dado cuenta de que en los pueblos no se usa papel absorbente? Se fríe y al plato”.

Las prueba y no tarda en dar su veredicto: “Buah, qué buenas, tío. Claro, si llevan haciéndolas años, ¿cómo van a estar malas?”.

Pedro, mientras tanto, explica que el margen que deja cada menú es reducido. Cuando Víctor le pregunta cuánto gana con un menú de mediodía, el hostelero calcula que apenas entre dos y tres euros por cada uno.

La conversación continúa entre bromas. Víctor incluso asegura que por el restaurante “venía a comer Agustina de Aragón, la de los cañones”, antes de seguir con el plato que tiene delante.

Y, después de semejante menú, llega el momento inevitable: pensar en la siesta. “La habitación de los colchones, ¿dónde la tienes? Para echarme la siesta, digo”, bromea con Pedro.

Pero todavía queda el postre.

Víctor prueba una elaboración que le recuerda a una panacota de yogur, aunque sin gelatina, acompañada de frutos rojos.

“Son los postres que hacía mi abuela. Suave, dulce, sabe a yogur y te da un buen chute de energía”, explica. También encuentra cierto parecido con las natillas y la cuajada y vuelve a viajar, esta vez a través del sabor, hasta los recuerdos de su infancia.

Después de probar cada uno de los platos, Víctor tiene claro que su segunda visita a El Salón ha estado a la altura de la primera.

“Aquí no se come bien. Aquí se come muy bien, gente”, sentencia antes de despedirse.