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Pocos planes hay más acertados que una escapada al Pirineo aragonés. Y más aún si se parte desde Zaragoza, porque en apenas hora y media es posible cambiar el asfalto de la ciudad por algunos de los pueblos más bonitos de España.

Hoy ponemos el foco en Broto, uno de los grandes referentes de esta zona del Pirineo, junto a localidades como Aínsa, Biescas o el propio Jaca. Un destino pequeño, pero con mucho que ofrecer.

Con alrededor de 600 habitantes, Broto tiene ese equilibrio perfecto entre tranquilidad, naturaleza y encanto de montaña.

En definitiva, un lugar al que no le falta detalle para disfrutar de una escapada exprés de diez.

Vistas de Broto. Wikipedia.

Cascada del Sorrosal

A pocos minutos del centro de Broto aparece la imponente Cascada del Sorrosal, una caída de agua vertical de más de 100 metros que termina en una poza de aguas cristalinas.

El resultado es uno de los paisajes más singulares del Pirineo aragonés.

Pero para entender este rincón hay que mirar un poco más arriba. El barranco del Sorrosal recoge las aguas procedentes del deshielo de los antiguos glaciares pirenaicos.

El torrente desciende encajado entre paredes de roca calcárea hasta encontrarse, finalmente, con el río Ara. Un recorrido en el que el agua y la montaña han ido moldeando este paisaje durante miles de años.

Llegar hasta la cascada tampoco requiere grandes esfuerzos. Un sendero señalizado parte del propio núcleo de Broto y conduce hasta su base en un recorrido directo de apenas dos kilómetros, accesible para casi todos los públicos.

Si puedes elegir, el atardecer es uno de los mejores momentos para visitarla. La luz se posa sobre las paredes ocres y transforma el agua en un hilo brillante que serpentea entre la piedra.

Y si lo que buscas es añadir una dosis de adrenalina a la visita, la pared de la cascada también es el escenario de la vía ferrata del Sorrosal, de dificultad media.

Qué ver en Broto

Dentro del pueblo, el agua también cobra protagonismo. El río Ara cruza la localidad y la divide en dos barrios, hoy unidos por un puente gótico que fue destruido durante la Guerra Civil.

Más allá de pasear tranquilamente por sus calles empedradas y dejarse llevar por sus rincones, uno de sus grandes atractivos es la iglesia de San Pedro Apóstol, del siglo XVI.

Su torre defensiva almenada, coronada por un bonito campanario, y su portada esculpida no pasan desapercibidas.

Entre sus construcciones más singulares también destaca la Casa del Valle. Su torre defensiva fue utilizada como cárcel durante varios siglos y todavía hoy conserva en sus paredes algunos de los grabados que los presos realizaban para combatir el aburrimiento.

Pero si hay algo que hace especialmente interesante a este municipio es su ubicación. Es un punto de partida perfecto para descubrir algunos de los pueblos y paisajes más bonitos del Pirineo, como Oto, Torla, Biescas o el propio Parque Natural de Ordesa y Monteperdido.

Sin lugar a dudas, es uno de esos destinos que dejan ganas de volver.