En la provincia de Zaragoza no faltan los pueblos con encanto en los que, además, uno puede sentarse a comer hasta reventar.
Un pequeño pueblo que no aparece en ninguna guía turística es Bulbuente. No es especialmente bonito, pero esconde dos joyas: un castillo-palacio rehabilitado y un mesón con uno de los mejores ternascos de Aragón.
Ubicado en la comarca del Campo de Borja, Bulbuente es también un punto de partida ideal para explorar enclaves cercanos como Tarazona o el Parque Natural del Moncayo.
Bulbuente
La historia de Bulbuente está estrechamente ligada a la Edad Media y a las disputas entre reinos.
Su principal joya patrimonial es el Castillo de Bulbuente, una fortaleza de origen medieval que en su día fue pieza estratégica en la defensa del territorio. En el siglo XII pasó a manos de Sancho VII de Navarra y más tarde al Reino de Aragón, hasta ser cedido al Monasterio de Veruela en el siglo XIII.
Con el tiempo, el castillo perdió su función militar y se transformó en residencia abacial.
Tras siglos de cambios, abandono y deterioro, ha sido cuidadosamente restaurado y hoy renace como un hotel con encanto que permite dormir literalmente dentro de la historia.
Restauración del Castillo de Bulbuente.jpg
A pocos pasos se encuentra el legado religioso del pueblo, con la Iglesia parroquial de Santa María, un templo de estilo gótico-mudéjar del siglo XVI que conserva valiosos retablos y obras de arte sacro. También destaca la antigua ermita de San Bartolomé, hoy reconvertida, y la Casa Consistorial, ejemplo de arquitectura tradicional aragonesa.
El entorno de Bulbuente no puede entenderse sin su relación con el cercano Monasterio de Veruela, uno de los grandes conjuntos monásticos de Aragón.
La desamortización del siglo XIX marcó profundamente la vida local, alterando la economía y el crecimiento del pueblo.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Bulbuente llegó a superar el millar de habitantes gracias al impulso agrícola y a la crisis de la filoxera en Francia, que aumentó temporalmente la demanda de vino. Sin embargo, aquel auge fue efímero, y con la recuperación del mercado francés la población volvió a disminuir hasta los 250 vecinos actuales.
La gastronomía
Si hay un motivo que convierte a Bulbuente en una escapada imprescindible es su cocina. En plena carretera nacional 122 se encuentra el Mesón del Aceite, un restaurante familiar que rompe cualquier prejuicio sobre los clásicos mesones de carretera.
Con horno de leña y una cocina basada en la tradición aragonesa, este establecimiento se ha ganado una reputación notable gracias a sus carnes a la brasa, sus migas y, sobre todo, su especialidad: el ternasco asado con patatas panadera y pimientos del piquillo.
Ternasco asado del Mesón del Aceite.
Un plato que ha sido reconocido en distintas ediciones del certamen del “Mes del Ternasco asado”, consolidando su prestigio en la región.
El restaurante, además, mantiene una producción propia de aceite de oliva virgen, lo que da nombre al establecimiento y refuerza su identidad gastronómica. El ambiente es familiar, el trato cercano y la cocina honesta, de esas que invitan a volver.
Por otro lado, Bulbuente forma parte de la ruta del vino de la garnacha dentro de la Denominación de Origen Campo de Borja, lo que lo convierte en un destino interesante para los amantes del enoturismo. Las bodegas de la zona elaboran vinos con carácter, marcados por el paisaje seco y la fuerza del cierzo.
Para cerrar la visita, nada mejor que subir hasta la colina de la Mora Encantada o la conocida Piedra del Sacrificio, un mirador natural que ofrece vistas sobre el entorno y permite entender la dimensión paisajística de esta comarca.
