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Enhorabuena, Zaragoza.

El reconocimiento como Capital Verde Europea es una oportunidad para celebrar el camino recorrido, pero, sobre todo, para afrontar con ambición los desafíos que tenemos por delante.

Porque este título no puede convertirse en una medalla para exhibir ni en una campaña de imagen.

Debe ser el punto de partida de una transformación profunda de la ciudad, de sus espacios públicos y de su relación con la naturaleza. Y para eso hace falta trabajar mucho, corregir errores y, cuando sea necesario, revertir políticas que han contribuido al deterioro de nuestro entorno urbano.

Zaragoza tiene motivos para sentirse orgullosa, pero también muchas tareas pendientes.

El verdadero éxito de este reconocimiento no se medirá por los actos institucionales, los titulares o las fotografías, sino por algo mucho más sencillo y exigente: cómo vivimos la ciudad quienes la habitamos. Por la sombra que encontramos al caminar en verano, por el estado de nuestros parques, por la limpieza de nuestras calles, por la calidad del aire, por la facilidad para desplazarnos y por las oportunidades que ofrece el espacio público para encontrarnos.

La primera tarea es cuidar lo que tenemos.

Los parques no son un decorado ni un elemento accesorio del paisaje urbano. Son infraestructuras esenciales para la salud, el bienestar, la biodiversidad y la convivencia.

Sin embargo, disponer de zonas verdes sobre un plano no garantiza que estén bien conservadas, que resulten acogedoras o que respondan a las necesidades de la población. Necesitamos mantenimiento, atención cotidiana, recursos suficientes y una gestión que entienda los parques como espacios vivos, no como partidas presupuestarias que pueden descuidarse.

Pero no basta con conservar.

Zaragoza necesita más árboles, más sombra y más naturaleza integrada en sus calles. Necesita avanzar hacia el modelo de ciudad oasis, capaz de ofrecer refugio frente a unas temperaturas estivales cada vez más exigentes. Plantar árboles no puede limitarse a cumplir objetivos numéricos o inaugurar nuevas actuaciones.

Hay que elegir bien las especies, garantizar el agua necesaria, cuidar los ejemplares jóvenes y asegurar que crezcan. Un árbol recién plantado es una promesa; un árbol adulto que proporciona sombra es un beneficio real para varias generaciones.

La lucha contra la isla de calor urbana debe convertirse en una prioridad. Las olas de calor no afectan por igual a toda la ciudadanía: quienes tienen menos recursos, viven en viviendas peor acondicionadas o deben caminar por calles sin sombra sufren especialmente sus consecuencias.

Por eso, renaturalizar la ciudad también es una cuestión de salud pública, justicia social y calidad de vida. Una ciudad verde debe ser, ante todo, una ciudad habitable para todas las personas.

A esa transformación debe sumarse el concepto de ciudad esponja. No podemos seguir tratando el suelo urbano como una superficie que hay que cubrir de asfalto, hormigón y pavimentos impermeables.

Necesitamos recuperar la capacidad del territorio para absorber, retener y gestionar el agua de lluvia. Más suelos permeables, jardines de lluvia, espacios verdes capaces de almacenar temporalmente agua y soluciones basadas en la naturaleza pueden contribuir a reducir la escorrentía y mejorar la resiliencia urbana. Preparar Zaragoza frente a los episodios meteorológicos extremos exige anticipación, planificación y decisiones valientes. El cambio climático no espera a que terminemos de discutir.

También debemos ampliar nuestra manera de entender la movilidad. Hablar de movilidad no es hablar únicamente de tráfico, circulación o aparcamiento. Es preguntarnos cómo se desplazan las personas, qué alternativas tienen y cuánto espacio destinamos a cada forma de movernos. Una ciudad accesible necesita transporte público eficaz, itinerarios peatonales cómodos, una red ciclista segura y calles donde caminar no sea una carrera de obstáculos. La movilidad sostenible debe conectar barrios, servicios, parques y equipamientos, facilitando la vida cotidiana y reduciendo la dependencia del automóvil allí donde existan alternativas adecuadas.

Ahora bien, la infraestructura verde no puede concebirse separada de la infraestructura social. Hay que trenzar naturaleza y comunidad. Un parque no es solo un conjunto de árboles y caminos: es un lugar donde se construyen relaciones, se comparte tiempo y se fortalece el sentimiento de pertenencia. Debemos diseñar y gestionar nuestros espacios públicos para facilitar el encuentro entre generaciones, con áreas de juego, lugares de descanso, bancos a la sombra, recorridos accesibles y espacios donde conversar sin necesidad de consumir. Una ciudad verde también debe ser una ciudad que cuide.

En esa tarea hay que reconocer, además, el papel de los nuevos zaragozanos y zaragozanas que encuentran en los parques un lugar de encuentro, descanso y convivencia.

La diversidad de quienes habitan la ciudad no debería interpretarse como un problema que gestionar, sino como una realidad que incorporar a la construcción de una comunidad más abierta. Los espacios públicos son escenarios privilegiados para compartir experiencias, generar vínculos y aprender a convivir. Deben ser acogedores, accesibles y cuidados para todos.

Y nada de esto funcionará plenamente sin escuchar a la ciudadanía.

Necesitamos avanzar hacia una auténtica ciudad conversación, en la que las decisiones sobre los barrios, los parques, las calles y los equipamientos no se limiten a comunicarse una vez tomadas.

La experiencia cotidiana de quienes utilizan estos espacios constituye una fuente de conocimiento imprescindible.

Escuchar, deliberar y aprovechar la inteligencia colectiva permite detectar problemas, mejorar proyectos y construir soluciones con mayor legitimidad. La participación ciudadana no puede ser un trámite ni una fotografía: debe influir de verdad en las decisiones.

En este mismo contexto, la limpieza y la higiene urbana requieren una atención mucho más rigurosa. La calidad del espacio público depende tanto de las grandes transformaciones como de los cuidados diarios.

Calles limpias, papeleras suficientes, mantenimiento constante y una respuesta eficaz ante los problemas de salubridad son condiciones básicas para disfrutar de una ciudad digna. La sostenibilidad no se proclama únicamente con grandes proyectos; también se demuestra en aquello que sucede cada mañana en nuestras plazas y aceras.

El tiempo apremia. Revertir el abandono de determinados espacios públicos, recuperar la confianza ciudadana y preparar Zaragoza para los desafíos climáticos exige continuidad, inversión y voluntad política. También exige evaluar lo realizado, reconocer las deficiencias y corregir las decisiones que no hayan dado resultado. Ningún reconocimiento europeo puede sustituir esa responsabilidad.

Enhorabuena, Zaragoza, Capital Verde Europea. Celebremos el reconocimiento, pero no confundamos la celebración con la meta. Tenemos ante nosotros la oportunidad de construir una ciudad más verde, más fresca, más permeable, más limpia, más accesible y más humana. Una ciudad que proteja sus parques, multiplique sus árboles, escuche a sus barrios y haga del espacio público un lugar de encuentro y convivencia.

Porque el título no es el final de un camino. Es el comienzo de una obligación compartida. No es un premio para conformarnos, sino un compromiso para actuar. Zaragoza Capital Verde Europea de 2028 coincidirá con el vigésimo aniversario de Expo Zaragoza 2008. Nos quedan dos años. ¿Llegaremos con los deberes hechos?

Zaragoza, Capital Verde Europea. Mucho por hacer. Y mucho que podemos hacer juntos.

Francisco Pellicer, geógrafo. Presidente de Legado Expo Zaragoza 2008.