Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida. Asusta pensar cuantas cosas se escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y en una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte seguirá hacia adelante y ganas. O no lo hace y pierdes.
Este párrafo forma parte del guión de “Match Point”, un drama sobre la ambición, la culpa y la impunidad en el que el destino de los personajes se define por casualidades fortuitas más que por su propio mérito o castigo.
El cine y los libros que nos conmueven lo hacen porque versionan bien nuestro diálogo interior. Es un clásico que, en momentos de zozobra o incertidumbre, volvamos a la imagen de la pelota votando sobre el borde de la red, mientras pensamos que los dioses nos tienen manía. Curiosamente, rara vez recordamos la escena cuando la suerte o la vida, que tal vez sean la misma cosa nos sonríe.
Vivimos tiempos raros. Algunos auguran que la inteligencia artificial nos llevará a la extinción mientras otros hablan de una estrategia de márquetin a gran escala concebida por los propios desarrolladores de la IA. No hay un discurso a media voz ni un debate tranquilo, porque todo, lo uno y lo otro, se da por asumido. Todo se proclama, todo se sentencia, todo se da por hecho.
Y mientras discutimos, la pelota sigue golpeando la red.
Las placas tectónicas se mueven estrangulando al Mediterráneo y nuestros hijos no saben leer un enunciado, y mucho menos perseverar en ello. Este verano ha sido cuatro grados más cálido que el anterior y mucha de la gente que creíamos imprescindible ya no está ya para contarlo
Como Bea, que ha muerto hace unos días después de más de diez años luchando bola a bola un partido que no eligió, pero que jugó con la fuerza de un gigante.
Maldito verano que no termina de marcharse.
Hay otras guerras que también se pierden, como la que ha librado Mari Carmen contra un fondo buitre para morir en la casa en la que reside desde hace décadas. Pero queda el clamor: ahora ya sabemos que no hay sueño americano sin ladrillo, ni clase media que resista el embate de unos tiempos en los que tener una casa es un lujo que, a lo sumo, algunos heredarán. Todos sabemos cuáles son los frutos envenenados de la lucha de clases en la que ya vivimos. Otra cosa es que interese cambiar las reglas.
Porque una cosa son las cartas que nos tocan y otra, bien distinta, lo que hacemos con ellas. Y nuestras decisiones delatan si somos, en esencia, un dos de bastos o una escalera de color. Por eso algunos pierden todos los trenes mientras se atornillan a un asiento más o menos conocido, aunque se les claven los muelles hasta el alma; y otros se quejan, se levantan y se mueven, buscando un mejor acomodo a la realidad.
Tal vez habrá que volver al sentido común y al punto medio. A no dañar, a no ser tan voraces. A decidir, a vivir día a día, a cambiar de asiento si duele demasiado, aunque nos echen a la clase turista. A aprender lo suficiente como para manejar lo que hemos creado: a autoprotegerse y entender que siempre hay una parte que no depende del destino.
Y, también, a acostumbrarse a perder y a seguir en la brecha, si es que nos queda tiempo. Porque la bola, a veces, cae de nuestro lado, pero siempre duele más si no hemos jugado el partido hasta el último aliento.
