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Rodar una película debería ser considerado como una especie de deporte de riesgo.

Muchas personas trabajan con la tensión de registrar en imágenes y sonidos lo que posteriormente va a ser un filme que disfrutarán los espectadores, sometidos a la presión del tiempo (escasez de este), del reducido dinero y de las circunstancias intangibles que surgen en un periodo tan corto (apenas supera los 35 días).

También es cierto que esa tensión, esa necesidad de lograr un fin por todos los medios, convierte al rodaje no solo en una gran batalla, sino también en un espacio deseable, adictivo, en el que se forjan grandes relaciones, algunas de por vida, y suceden situaciones difícilmente replicables en la rutina diaria.

Es por esta razón, que muchos cineastas viven para rodar o sueñan con rodar mientras no están viviendo esta situación de estrés. Es, se podría decir, un círculo vicioso en el que lo más maravilloso se entremezcla con lo más tedioso e insoportable.

Es tan increíble que a veces es difícil de explicar.

En consecuencia, el propio cine ha intentado a través de sus historias contar lo que supone rodar, proyectando las emociones, sentimientos, obstáculos y relaciones que se generan en este espacio creativo.

Hace muy poco, todavía se encuentra en la cartelera, Rodrigo Sorogoyen mostraba con mucha lucidez todas estas vivencias, con sus lógicas y sus contradicciones, en su película “El ser querido”.

Filme que también demuestra una realidad aplastante de los rodajes cinematográficos: la vida y la realidad se entremezclan con la ficción y la creación de la misma.

Todos recordamos la romántica visión de François Truffaut en “La noche americana”, espacio fílmico en el que las pasiones no solo se limitaban a la magia de la creación cinematográfica, sino que cualquier acto banal, desde filmar una escena de un gato bebiendo leche o la bofetada de un actor, alcanzaba una condición mitológica.

Truffaut no solo romantizaba el acto de rodar, sino que lo consideraba el gran momento de la vida, el único en el que se podía ser verdaderamente persona, y aquel en el que su vida alcanzaba sentido.

En definitiva, parece claro que rodar un filme es algo más excitante y motivador que cualquiera de nuestros trabajos, y, por desgracia, solo estamos invitados a la parte final del proceso, el visionado de la película.

También, hay que decirlo, como meros mortales, tenemos la fortuna, en esta ocasión, de no sufrir los sinsabores del fracaso que conlleva afrontar un reto de millones de euros y que impulsan muchísimas personas para que lo vea muy poca gente.

En esa libertad del espectador, tendemos a olvidar la dificultad de la producción cinematográfica y despachamos con un simple calificativo a una película.

Lo que sí que tengo claro es que, tanto en la mente del espectador como en la representación de la mayor parte de las películas, tienden a olvidar, no sé si voluntaria o involuntariamente, el proceso de preparación de estas.

Es decir, toda esa etapa, que pueden ser años, en la que los sufridos cineastas intentan sacar un proyecto adelante, asumiendo constantemente las negativas de productores y financiadores, convirtiéndose en “expertos del no”, y esperando que un pequeño milagro surja y puedan sacar adelante su película con precariedad y muchas dificultades.

Muy poca gente sabe de esa dificultad que viven los cineastas, a la que sigue una dura preproducción en la que carestía aumenta y la apuesta creativa debe reducirse forzosamente. Antes del rodaje se sufre demasiado y, por tanto, aunque este sea difícil, es complicado que supere la desgracia anterior.

He ahí la magia del rodaje, aporta el brío del nacimiento de la obra y olvida el sufrimiento de su concepción, para dirigirse sin tiempo y casi sin fuerzas a los brazos del espectador.

Sirvan estas breves palabras como un cariñoso reconocimiento a todos los cineastas que luchan todos los días para sacar adelante sus historias y compartirlas con nosotros. Pero, en esta ocasión, permítanme dedicárselas a un gran director: Ignacio Lasierra.

Buena suerte, compañero.