Publicada

Hay un momento en la vida de toda causa política en el que el enemigo deja de estar enfrente y empieza a estar dentro. España vive ese momento. Mientras la izquierda ha aprendido, a base de necesidad y de disciplina de aparato, a caminar junta, aunque se odie por dentro, la derecha española sigue tropezando con la misma piedra de siempre: el ego antes que el país.

Llevamos años de un Gobierno que ha convertido el Estado en instrumento de perpetuación del poder, que ha depauperado nuestra economía con impuestos crecientes, con subvenciones dirigidas y con una asfixia normativa que castiga a quien madruga para trabajar y premia a quien mejor conoce el BOE. Frente a ese proyecto, la respuesta no puede ser una guerra de siglas.

La respuesta tiene que ser una derecha que sume, que dialogue, que se coordine más allá de la escenificación electoral.

Entramos en periodo electoral, de nuevo, con esperanza de cambio. Una esperanza que se materializa en nuevos partidos, plataformas, más actividad, un esfuerzo difícil de coordinar. Coordinar no significa uniformar. Las distintas sensibilidades del espacio de centroderecha y liberal —la más conservadora, la más liberal, la más regionalista, la más municipalista— no son un problema que resolver, sino una riqueza que aprovechar.

Todo el que tenga algo que aportar y el impulso interno de sacrificar su tiempo y su trabajo por España, tiene la obligación y el derecho a hacerlo, nadie sobra.

El problema aparece cuando esas sensibilidades dejan de competir en ideas y empiezan a competir en despachos: cuando una encuesta interna importa más que una reforma fiscal, cuando un titular contra el compañero de al lado importa más que una propuesta seria para la vivienda o la natalidad.

España tiene una lista de urgencias que no admite más demora: una Administración que ha crecido hasta invadir cada rincón de la vida de las personas, una fiscalidad que ahoga a quien crea empleo, una Justicia lenta y politizada, una frontera exterior que nadie controla, una natalidad hundida, un sistema educativo que no prepara para el futuro.

Ninguno de esos problemas espera a que los partidos terminen de repartirse el poder. España no puede permitirse una derecha entretenida en pelearse mientras el país se hunde.

La solución empieza por algo tan simple como incómodo: ordenar las prioridades por urgencia, no por rédito electoral. Sentarse, con la sociedad civil en la mesa —empresarios, autónomos, asociaciones, expertos independientes— y acordar, con nombres y plazos, qué reformas son innegociables. Un Estado más pequeño y eficiente. Una bajada real de impuestos que devuelva a las familias y a los autónomos el fruto de su trabajo. Una Justicia despolitizada. Una frontera que se defienda con seriedad y sin demagogia. Una educación que forme personas libres, no adeptos.

Nada de esto se consigue si cada formación prefiere gobernar su atomizada parcela antes que gobernar de verdad en coalición o que prioriza la escenificación en periodos electorales. Todos conocemos el juego, pero entre bastidores, la coordinación y colaboración es más necesaria que nunca.

La derecha que suma entiende que ceder protagonismo en algunas regiones no es debilidad: es la única forma de ganar la partida que de verdad importa, la de sacar a España del atolladero. Los españoles no votan siglas: votan la esperanza de que alguien, por fin, resuelva sus problemas.

Y esa derecha que suma tiene, además, la obligación de incluir a la izquierda que todavía razona, que es capaz de hacer propuestas locales, municipales, con medidas cercanas al ciudadano, sin ideología. A esa izquierda moderada hay que exigirle, sin complejos, que se siente también a debatir con altura, dejando en la puerta el sectarismo. Forzar ese debate sano —con datos, con propuestas, sin insultos— es también tarea de una derecha segura de sus ideas.

La tarea de la derecha que suma no es simplemente cambiar quién ocupa el sillón, sino reducir el tamaño del propio sillón: devolver a los ciudadanos las decisiones que nunca debieron salir de sus manos. Ese es el proyecto de fondo, y ningún ego personal, ninguna cuenta pendiente entre siglas, puede anteponerse a él.

Tras años de enfrentamiento, de socialismo y de empobrecimiento silencioso, ha llegado la hora de liberar a los españoles del yugo de un Estado sobredimensionado que ha antepuesto la lucha por el poder a la libertad de sus ciudadanos. Esa liberación no la traerá una sigla en solitario, ni un líder providencial, ni una guerra de egos disfrazada de debate ideológico.

La traerá una derecha capaz de mirar más allá de sus siglas, de anteponer las reformas urgentes a las rencillas internas, y de convencer, con hechos, a una sociedad civil que lleva demasiado tiempo esperando.