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Cualquier economía avanzada necesita reglas, límites y mecanismos de protección. Los necesita el ciudadano, la sociedad y también las propias empresas. El problema aparece cuando la regulación comienza a separarse de la realidad técnica y económica que pretende ordenar, porque hay un punto en el que regular deja de aportar seguridad y empieza a generar incertidumbre y la frontera puede resultar difícil de identificar.

Estamos viendo un buen ejemplo con el debate abierto alrededor de los centros de datos en España. El Gobierno ha planteado una nueva regulación que endurece las condiciones energéticas, medioambientales y de soberanía digital aplicables a estas infraestructuras. Sobre el papel, los objetivos son razonables: asegurar un uso eficiente de la energía y del agua, proteger recursos limitados y garantizar que el crecimiento de una industria con una enorme demanda eléctrica pueda integrarse en el sistema. La discusión empieza en el cómo.

Aragón lleva años construyendo una posición privilegiada dentro del mapa europeo de las infraestructuras digitales. Disponibilidad de suelo, capacidad renovable, ubicación y proyectos empresariales han convertido a la comunidad en uno de los territorios donde grandes operadores internacionales han decidido concentrar inversiones. Amazon y Microsoft, entre otros, cuentan con proyectos relevantes en la región. Eso significa capital, actividad económica y, sobre todo, la oportunidad de situarse alrededor de una infraestructura que será determinante para la inteligencia artificial y la economía digital que será la base de la economía global durante las próximas décadas.

En este contexto, modificar de forma sustancial los requisitos aplicables a proyectos que ya están planificados o en tramitación introduce una variable especialmente delicada: la incertidumbre.

El capital tiene una característica que a veces olvidamos cuando diseñamos políticas públicas: se mueve. Y hoy se mueve extraordinariamente rápido. Una empresa que estudia dónde construir un centro de datos, una fábrica de semiconductores o cualquier gran infraestructura tecnológica compara países, regiones, disponibilidad energética, talento, costes, seguridad jurídica y tiempos administrativos.

Una regulación más exigente puede asumirse. Lo difícil de asumir es una regulación imprevisible.

Existe además una diferencia relevante entre establecer qué objetivos deben cumplirse y decidir desde la Administración exactamente cómo deben alcanzarse. Cuanto más complejo es un sector, mayor debería ser el peso de los criterios técnicos en esa decisión. Ingenieros, operadores de red, especialistas energéticos, expertos medioambientales y empresas conocen las limitaciones físicas y tecnológicas con las que trabajan. La política debe fijar los límites y proteger el interés general, pero corre un riesgo cuando pretende sustituir ese conocimiento técnico por una arquitectura regulatoria excesivamente detallada. Porque la realidad avanza bastante más deprisa que cualquier boletín oficial.

La tecnología cambia, aparecen nuevas soluciones de refrigeración, mejora la eficiencia de los equipos, evoluciona el almacenamiento energético y surgen nuevas formas de producir y contratar electricidad renovable. Una norma excesivamente rígida puede quedarse desfasada incluso antes de que los proyectos afectados entren en funcionamiento.

Conviene además ampliar la mirada. Esta discusión va mucho más allá de los centros de datos. Europa lleva tiempo intentando resolver una contradicción incómoda. Quiere liderar la transición digital, impulsar la inteligencia artificial, desarrollar una mayor autonomía tecnológica y atraer industrias estratégicas. Al mismo tiempo, ha construido uno de los entornos regulatorios más intensos y extensos del mundo. Muchas de esas normas nacen de preocupaciones legítimas. La cuestión es cuánto coste acumulado pueden soportar empresas e inversores antes de elegir otros mercados.

Estados Unidos, Asia y Oriente Medio compiten por el mismo capital. Compiten ofreciendo energía, infraestructuras, talento, financiación y, cada vez más, rapidez. En ese escenario, el tiempo administrativo se convierte también en una variable económica.

Podemos tener una regulación medioambiental excelente y descubrir unos años después que buena parte de la actividad que queríamos regular se ha instalado en otro país. El impacto ambiental seguirá existiendo, pero habremos perdido inversión, conocimiento, empleo y capacidad industrial.

Por eso resulta poco útil plantear este debate como una elección entre regulación y libertad empresarial. La verdadera cuestión es encontrar una regulación suficientemente exigente para proteger recursos e intereses públicos y suficientemente inteligente para permitir que las empresas sigan compitiendo.

Ese equilibrio genera además una ventaja que a veces pasa desapercibida: la confianza. Una empresa puede planificar inversiones multimillonarias bajo condiciones exigentes cuando sabe cuáles son, cuánto tiempo permanecerán vigentes y qué criterios se utilizarán para evaluar su proyecto. La seguridad jurídica tiene tanto que ver con la estabilidad como con el contenido concreto de las normas.

España tiene una oportunidad extraordinaria en este terreno. Disponemos de una posición geográfica favorable, una elevada capacidad de generación renovable, buenas infraestructuras de telecomunicaciones y territorios capaces de atraer inversiones que hace apenas unos años parecían reservadas a otros países. Aragón es probablemente uno de los ejemplos más claros.

Sería un error convertir esa ventaja en un problema regulatorio y sería un error también ignorar las limitaciones energéticas, hídricas o territoriales que implica la llegada masiva de estas infraestructuras. Precisamente por eso necesitamos planificación, inversión en redes, criterios técnicos rigurosos y una colaboración mucho más estrecha entre administraciones y empresas.

Regular mejor puede convertirse en una ventaja competitiva. Regular más, simplemente por añadir controles, difícilmente lo será. Europa ya tiene delante una advertencia muy clara en el sector del automóvil, durante décadas uno de sus grandes pilares industriales y hoy sometido a una combinación de presión regulatoria, pérdida de competitividad y una transición tecnológica que ha debilitado parte de su cadena de valor frente a competidores de otras regiones y sobre todo, de China. España, por el peso que la automoción tiene en su economía, conoce bien lo que está en juego cuando un sector estratégico pierde capacidad de reacción. Conviene aprender de esa experiencia. En los próximos años veremos una carrera global por decidir dónde se construyen las infraestructuras que sostendrán la inteligencia artificial, la industria digital y buena parte de la economía que viene. España tiene condiciones para estar entre los ganadores de esa carrera, siempre que las reglas acompañen esa ambición.

Conviene recordarlo antes de que sea tarde: en una economía global, el capital, el talento y la innovación tienen alternativas. Si convertimos cada oportunidad en una carrera de obstáculos regulatorios, otros países estarán encantados de recogerla. Proteger el interés general exige reglas claras, estabilidad y criterio técnico pero cuando la regulación se vuelve imprevisible, ideológica o excesivamente intervencionista, el coste acaba llegando en forma de proyectos que se retrasan, inversiones que se desvían y posiciones competitivas que cuesta años recuperar. España todavía está a tiempo de elegir bien. Pero estas ventanas de oportunidad rara vez permanecen abiertas para siempre.