Si alguien lee esto, seguro que estará disfrutando, que es la palabra de moda. Se disfruta de las vacaciones, del sol, del agua … de cualquier cosa. Casi paree una obligación. Pues bien, el que esto escribe se encuentra disfrutando del calor sofocante de la ciudad. El hombre del tiempo dijo ayer que desde el comienzo del verano, en Zaragoza hemos soportado quince días con cuarenta grados o más. Demasiado calor.
Y en este tiempo de disfrute, a uno le vienen a la cabeza cosas curiosas. Recuerdo que a finales de los 80 un señor fue al Ayuntamiento con pruebas documentales irrefutables de que una pequeña parte de la avenida de Navarra era suya. No hubo más remedio que expropiarle, porque en su día, a alguien se le olvidó.
También recuerdo que a finales de los 90 el ISVA (Instituto del Suelo y Vivienda de Aragón), heredero del antiguo INV (Instituto Nacional de la Vivienda), no sabía exactamente qué terrenos tenía en la margen izquierda del Ebro. De una enorme parcela original se habían ido efectuando segregaciones para construir promociones de vivienda y llegó un momento en que nadie sabía ya cuál era el resto de finca que quedaba. Alguna rotonda del Actur estuvo en disputa con el Ayuntamiento porque nadie sabía de quien era. También se decía que desde hacía muchos años había agricultores que cultivaban tierras del INV. Desconozco en qué quedó el asunto, aunque es de suponer que se aclararían las cosas.
Pero el tema más interesante se encuentra en Valdefierro. En los años cincuenta, una peluquera emprendedora compró unos terrenos viendo que llegaban muchos inmigrantes del campo desde Extremadura, Andalucía y Castilla que necesitaban vivienda. Dibujó calles y parcelas en esos terrenos que vendió a los inmigrantes con la parte proporcional de la calle en la que recaía la fachada mediante contratos que en muchos casos nunca se elevaron a escritura pública. Ocurrió lo mismo que en la película “El 47”; las parcelas se autoconstruían entre todos para que tuvieran tejados a la mañana siguiente y la autoridad no pudiera derribarlas, utilizando los materiales que podían encontrar (adobe, cañizos…). Por supuesto no disponían de agua, alcantarillado, aceras o electricidad. Con el paso de los años el Ayuntamiento fue llevando estos servicios, asfaltando calles y poniendo farolas. Pero había un problema que no se solventaba con la buena voluntad del Ayuntamiento; las calles seguían siendo privadas.
Hoy, los dueños de muchas parcelas siguen siendo propietarios de la parte de calle hasta el eje de la misma que les corresponde. Evidentemente, cuando se han construido nuevas edificaciones, entre las condiciones de la licencia de obras se encontraba la cesión de la calle al consistorio.
El Ayuntamiento se encuentra hoy con un damero en el que partes de las calles son públicas y partes son privadas. La cuestión es que los servicios municipales, como agua y vertido, solamente pueden discurrir por suelos públicos, por lo que cuando hay que hacer alguna reparación o asfaltar la calle, deben pagarlo los propietarios de esas calles o no se hacen.
El lío es monumental, porque habría que conseguir que la totalidad de los propietarios de partes de calle las cedieran al Ayuntamiento o este les expropiara, lo que en cualquier caso conlleva numerosos gastos. Por no decir nada del instrumento jurídico urbanístico necesario para poder llevarlo a cabo. ¿Podría se run Plan Especial? ¿Debería ser una expropiación? En este caso, ¿cómo se justificaría?
En fin, el embrollo no es fácil; de hecho, el Ayuntamiento no ha cogido el toro por los cuernos en al menos cincuenta años. Pero es una situación anómala que habría que resolver de una vez por todas.
Esperando que se resuelva siguiendo siempre el criterio de los técnicos municipales, voy a seguir disfrutando del calor sofocante de la ciudad que fundaron los romanos en un enclave logístico privilegiado, pero en la que el calor y el viento hacen que nos acordemos muy a menudo de ellos.
