Hace un año despedíamos a Javier Lambán, pero el tiempo transcurrido no ha calmado la sensación de pérdida. Al contrario. Ha servido para confirmar que su ausencia dejó un vacío difícil de llenar en la política española y, muy especialmente, en Aragón.
Hay personas cuya huella se mide por sus logros y por los cargos que ocuparon. La huella de Javier, además, se mide por la forma en que los ejerció. Fue un hombre de profundas convicciones, de una honestidad poco común y de una coherencia que nunca sacrificó por comodidad o conveniencia. En una época en la que la política vive sometida a la inmediatez, él defendió siempre el valor de la palabra dada, del debate sincero y del compromiso con la ciudadanía.
Con Javier compartí muchos años de diálogo, de trabajo y también de amistad. Hablábamos de política, lógicamente, pero también de historia, de literatura, de nuestras familias y de la responsabilidad que supone representar a quienes depositan su confianza en nosotros. Era un hombre culto, reflexivo y con un fino sentido del humor, capaz de rebajar la tensión sin perder nunca la profundidad del análisis.
Su independencia de criterio fue una de sus principales señas de identidad. Nunca entendió la lealtad como silencio ni la disciplina como renuncia a las propias convicciones. Defendió siempre aquello que consideraba mejor para Aragón y para España, incluso cuando hacerlo resultaba incómodo. Esa libertad de pensamiento, ejercida con respeto y sin estridencias, constituye una de las lecciones más valiosas que deja a quienes creemos en una política útil y responsable. Siempre supe que detrás del dirigente había un amigo sincero, con el que se podía discrepar sin dejar de respetarse.
Javier Lambán.
También recuerdo con admiración la serenidad con la que afrontó la enfermedad. Nunca permitió que el dolor eclipsara su compromiso público ni alterara su manera de relacionarse con los demás. Hizo de la fortaleza una actitud discreta, sin dramatismos, dando ejemplo de una enorme dignidad hasta el final.
Durante este año hemos comprobado que el legado de Javier sigue presente. No solo en las decisiones que contribuyó a impulsar o en las instituciones que ayudó a fortalecer, sino en el recuerdo permanente de quienes compartimos con él el convencimiento de que la política solo tiene sentido cuando se ejerce con honestidad, respeto y vocación de servicio.
Vivimos tiempos que necesitan referentes capaces de defender sus ideas sin convertir al adversario en enemigo, de buscar acuerdos sin renunciar a los principios y de entender que la moderación no es debilidad, sino una forma de fortaleza democrática. Javier Lambán representó esa manera de hacer política.
Hoy quiero volver a expresar mi cariño a su familia y a todas las personas que lo quisieron. Y, sobre todo, deseo mostrar mi gratitud por haber tenido la fortuna de conocerlo y aprender de él. Su recuerdo continúa siendo una referencia moral y política para muchos de nosotros.
Hay personas que, aun después de marcharse, siguen ayudándonos a distinguir lo importante de lo accesorio. Javier Lambán fue una de ellas. Amó profundamente a Aragón y dedicó toda su vida a servir a su tierra, convencido de que el interés general debía estar siempre por encima de cualquier cálculo político.
Un año después, su ejemplo permanece vivo y su memoria sigue invitándonos a ejercer la política con la misma integridad, serenidad y sentido del deber que marcaron toda su vida.
