Cada verano llegamos con una promesa parecida: descansar, bajar el ritmo, recuperar energía y volver con algo más de aire. Lo necesitamos. Lo agradece el cuerpo, lo agradece la cabeza y también esa parte emocional que durante el año suele ir un paso por detrás de la agenda.
Pero el verano puede ser algo más que una pausa. Puede convertirse en uno de los pocos momentos del año en los que conseguimos tomar distancia, mirar con algo de calma lo que hemos hecho y decidir hacia dónde queremos ir.
Durante el resto del año vivimos demasiado deprisa. Encadenamos reuniones, proyectos, objetivos, decisiones, incidencias y conversaciones pendientes. Vamos resolviendo, avanzando, contestando, entregando. Casi siempre con la sensación de que falta tiempo para pensar con profundidad.
Y, cuando llega el verano, aparece precisamente eso que durante meses parecía imposible: tiempo. Tiempo para observar. Tiempo para aprender. Tiempo para hacernos algunas preguntas con honestidad.
Si miramos hacia atrás, el último año ha sido especialmente intenso para cualquier empresa. La inteligencia artificial ha dejado de ocupar el espacio de las tendencias futuras para entrar de lleno en la conversación diaria de los equipos. Hace apenas unos meses muchas organizaciones todavía se preguntaban si debían empezar a utilizarla.
Hoy la cuestión ha cambiado. Ya hablamos de cómo integrarla mejor, cómo aplicarla con sentido y cómo evitar que se quede en una colección de pruebas aisladas.
Ese cambio también nos interpela a nivel personal. ¿Qué hemos aprendido durante este último año? ¿Hemos dedicado tiempo a entender mejor la inteligencia artificial? ¿La hemos utilizado de forma puntual para redactar un texto, resumir un documento o preparar una presentación, o hemos empezado realmente a trabajar de otra manera?
Porque incorporar inteligencia artificial a una organización exige algo más que abrir una aplicación nueva en el navegador. Implica revisar hábitos, cuestionar tareas que dábamos por inevitables y detectar espacios donde podemos trabajar con más agilidad, más criterio y menos carga operativa.
También merece la pena mirar qué ha pasado dentro de nuestras empresas. Hace un año, para muchas organizaciones, la inteligencia artificial era casi sinónimo de asistente conversacional. Hoy empezamos a hablar de agentes especializados que ayudan en atención al cliente, análisis documental, generación de propuestas, procesos administrativos, apoyo comercial, creación de contenidos, gestión del conocimiento o desarrollo de software.
La pregunta empieza a ser bastante concreta: ¿cuántos agentes de inteligencia artificial trabajan ya con nosotros? ¿Uno? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Sabemos realmente qué tareas repetitivas podrían automatizarse para liberar tiempo de más valor? ¿Los hemos integrado en nuestros procesos o siguen funcionando como soluciones sueltas, útiles en momentos concretos, pero alejadas de la operativa real?
Quizá por eso la pregunta más sencilla es también la más incómoda: ¿estamos mejor que el verano pasado?
La respuesta tampoco requiere grandes indicadores financieros. Podemos mirar cosas muy concretas. Si tomamos mejores decisiones porque tenemos información más clara. Si nuestros equipos dedican menos horas a tareas repetitivas. Si hemos ganado agilidad. Si somos capaces de responder antes al cliente. Si hemos reducido fricciones internas. Si trabajamos con más foco.
Cuando la respuesta es afirmativa, aunque sea de forma parcial, estamos avanzando. Cuando todavía cuesta encontrar evidencias, el verano puede ser un buen momento para preparar el siguiente paso.
Porque estos días, precisamente por tener otro ritmo, también pueden servir para aprender. Nunca había sido tan fácil acceder a conocimiento de calidad sobre inteligencia artificial. Un libro bien elegido, un curso breve, algunos artículos especializados o unas horas explorando herramientas pueden tener más impacto del que parece cuando volvemos a la actividad diaria.
La idea tampoco es convertir las vacaciones en una prolongación del trabajo. Se trata de reservar un pequeño espacio para comprender mejor una tecnología que ya está modificando muchas profesiones. Igual que en su momento aprendimos a usar internet, el correo electrónico, los entornos colaborativos o las videollamadas, ahora necesitamos desarrollar una nueva competencia: saber trabajar con inteligencia artificial.
Ese aprendizaje individual importa, pero la reflexión debería ir un poco más allá. También podemos pensar en nuestro departamento, en nuestros procesos y en la propia organización. Si hoy pudiéramos diseñar desde cero la forma en la que trabajamos, aprovechando las capacidades actuales de la inteligencia artificial, ¿lo haríamos igual? ¿Mantendríamos los mismos informes, los mismos flujos de aprobación, las mismas reuniones, los mismos pasos intermedios?
A veces descubrimos que seguimos trabajando como hace cinco años, aunque las herramientas hayan cambiado por completo. La inteligencia artificial permite hacer algunas tareas más rápido, sí, pero su verdadero valor aparece cuando nos obliga a preguntarnos si tiene sentido seguir haciéndolas de la misma manera.
El verano ofrece la distancia necesaria para plantear esas cuestiones que durante el año vamos dejando para más adelante. Preguntas incómodas, pero muy útiles. Preguntas sobre eficiencia, sobre liderazgo, sobre talento, sobre procesos y sobre la manera en la que queremos competir en un entorno que se mueve cada vez más deprisa.
También conviene mirar a las personas. ¿Estamos ayudando a nuestros equipos a crecer? ¿Estamos invirtiendo suficiente tiempo en formación? ¿Estamos creando una cultura donde aprender sea parte del trabajo o seguimos esperando que cada profesional se adapte por su cuenta?
La tecnología puede avanzar a gran velocidad, pero una organización solo progresa cuando lo hacen las personas que la forman. Ningún algoritmo sustituye la curiosidad, el pensamiento crítico, la capacidad de escuchar, el liderazgo o la voluntad de aprender. La inteligencia artificial amplifica el talento, siempre que ese talento tenga espacio, acompañamiento y criterio para evolucionar.
Dentro de pocas semanas empezará un nuevo curso profesional. Septiembre tiene algo de comienzo, casi como un segundo enero.
Volvemos con objetivos, prioridades, planes comerciales, presupuestos, campañas, proyectos y decisiones pendientes. La diferencia es que este año llegamos a ese punto con una oportunidad muy concreta: aprovechar una tecnología que puede mejorar la productividad, la creatividad y la capacidad de innovación de nuestras empresas en un plazo muy corto.
Quizá el mejor propósito para este verano sea, además de descansar, pensar. Pensar cómo queremos trabajar. Cómo queremos liderar. Qué formación necesitamos. Qué procesos deberíamos revisar. Qué agentes de inteligencia artificial podrían ayudarnos. Qué tareas podemos dejar atrás. Qué empresa queremos ser dentro de un año.
Disfrutemos del descanso, del tiempo compartido y de esa calma que durante el año cuesta tanto encontrar. Pero reservemos también unas horas para mirar hacia delante. El futuro profesional de septiembre empieza a construirse en estos días más lentos, cuando todavía tenemos margen para ordenar ideas, hacernos preguntas y decidir mejor.
*Félix Gil, presidente del clúster de empresas de tecnología de Aragón, Tecnara, y CEO de Integra Tecnología
