Hace más de veinte años, La Hora Chanante popularizó una canción tan absurda como pegadiza: "Hijo de puta hay que decirlo más".
La gracia estaba precisamente en exagerar el uso del insulto hasta convertirlo en una parodia. Me acuerdo de ella al observar cómo en una parte del debate público se está diciendo "hijo de puta" sin parar. Mucho más de lo que pensamos. Y, sobre todo, en lugar de demasiadas cosas.
Hay un momento revelador que se repite ante cualquier crisis pública. Ocurre en la calle, en las redes sociales o en una conversación de bar.
Alguien intenta explicar un problema complejo y, desde algún lugar, surge un grito conocido: «Pedro Sánchez, hijo de puta». Da igual si se habla de inmigración, de incendios forestales, de inundaciones o de un apagón eléctrico. Da igual cuál sea el origen del problema y quién sea su responsable. El grito aparece. Como un botón que activa siempre la misma respuesta.
Y ahí ocurre algo preocupante. Y es que el problema hace tiempo que dejó de ser Pedro Sánchez.
En una democracia sana, los gobernantes deben recibir críticas, incluso críticas duras.
Lo patológico es cuando la crítica desaparece y solo queda el insulto. Cuando cualquier acontecimiento termina reducido a una única consigna. Es como intentar diagnosticar todas las averías de un coche diciendo siempre que la culpa es de la batería. A veces será cierto. Muchas otras veces, no. Pero si la respuesta nunca cambia, desaparece el análisis.
La comunicación política lleva años estudiando este fenómeno. Existe un concepto llamado deshumanización, que consiste en convertir a una persona en una etiqueta. Cuando eso ocurre, ya no importa lo que haga ni aquello de lo que realmente sea responsable. Todo queda absorbido por una imagen simplificada y negativa.
En el caso de Sánchez, esa deshumanización se expresa a través de calificativos que van mucho más allá de «Pedro Sánchez, hijo de puta». Algunos recurren a términos como dictador, autócrata, traidor, golpista o enemigo de España. No son críticas concretas sobre decisiones políticas, sino formas de negar la legitimidad del adversario. Primero desaparecen los argumentos; después, la persona.
No pretendo defender a Pedro Sánchez. Como cualquier gobernante, habrá tomado decisiones acertadas y otras discutibles, algunas merecedoras de críticas muy severas. Precisamente de eso debería tratar una democracia.
Pero si la única respuesta es el insulto, dejamos de hablar de las decisiones que queremos cuestionar. El enfado puede ser legítimo; lo problemático es que se convierta en una fórmula tan cómoda que ya no necesite argumentos.
La consecuencia es evidente. Si «Pedro Sánchez, hijo de puta» se transforma en una explicación universal, ya no hace falta debatir sobre inmigración, energía, vivienda, economía o gestión de emergencias. El insulto funciona como un atajo mental que evita el esfuerzo de analizar, comparar o matizar.
Pero el problema no termina ahí. Con el tiempo, el destinatario real del insulto deja de ser el presidente. El «hijo de puta» pasa a ser cualquiera que no comparta la consigna. Quien plantea matices. Quien pide datos. Quien duda. Quien intenta dialogar.
Es lo que se llama polarización afectiva: ya no se discrepa de las ideas del adversario, sino que se acaba sintiendo rechazo hacia quien las sostiene. El debate deja de buscar soluciones y pasa a repartir culpables. El adversario se convierte en enemigo.
Por eso el peligro de ciertos gritos no está en su capacidad para ofender a un dirigente concreto. Está en su capacidad para vaciar de contenido la conversación pública. Las tradiciones autoritarias, de cualquier signo, siempre han compartido esa tentación: simplificar el mundo hasta dividirlo entre los nuestros y los otros.
No sé cuánto tiempo seguirá Pedro Sánchez en la política. Como todos los dirigentes, acabará pasando. Lo que me preocupa es qué quedará después si nos acostumbramos a que el insulto sustituya al argumento. Los presidentes van y vienen. Las costumbres democráticas tardan mucho más en construirse.
Quizá la verdadera defensa de la democracia consista en algo tan sencillo y difícil como resistirse a los mantras. Hacer preguntas. Escuchar respuestas. Aceptar la complejidad. Porque cuando un insulto explica absolutamente todo, en realidad ya no explica nada.
