Tengo que reconocerlo: no soy un gran aficionado al cine de verano. Tal vez sea porque mi última experiencia en una sesión estival acabó con manta y guantes (el clima de Pamplona en julio es inexplicable), o porque el folclore alrededor de la película (copas, música, tumbonas, etc.) me resulta ajeno al clásico entorno de las salas cinematográficas.
Al margen de mis limitadas y subjetivas experiencias personales, hay que afirmar que el cine de verano, al aire libre, y disfrutado en comunidad, tiene un carácter especial. Es parte del escenario de esas ciudades que empiezan a quedarse abandonadas en los meses de julio y de agosto, que suenan y huelen con más intensidad (o, al menos, a mí me lo parece), y que ofrecen una cara oculta fascinante. En ese entorno, el cine de verano representa un oasis, un punto de encuentro en el que los filmes son meras excusas para compartir la sensación de “soledad colectiva” de las grandes ciudades.
El cine de verano es como el reverso de la “noche americana” de las películas: simula vivir la noche como si fuese de día, y lo hace con una interacción colectiva que tiene a la gran pantalla como punto central de referencia. Suena a conversaciones, a niños gritando o a ruidos de jóvenes con música y móviles; evoca “flashes” de vídeos de TikTok e imágenes de señoras con sillas, frigoríficos y abanicos (solo les falta la sombrilla para estar en la playa), y parejas agarradas de la mano y besándose furtivamente (alguna vez, apasionadamente).
En cierto modo, el cine de verano me recuerda a esas pequeñas fiestas de pueblo en las que se reúne todo el mundo, da igual la edad, condición social o económica, y en las que se produce un mágico embrujo en el que todas las personas conviven y comparten conversaciones, tragos y emociones sin importar lo que el futuro les traerá. Como en algún otro texto he mencionado, se trata de la ligereza del verano.
Es justo decir que, como todo en el mundo hiperconsumista actual, el cine de verano también se está convirtiendo, en algunos casos, en algo pesado, lleno de trascendencia por su superficialidad, donde lo cotidiano y casual se sustituye por la apariencia y la convención social. Me refiero a ese cine de verano privado, extirpado de su arraigo popular, que suena a música “chill” y en el que todo el mundo se viste por encima de sus posibilidades y muestra un físico y un moreno modelados para ser consumidos artificialmente. Son los cines de verano “fake”, con terrazas y personas tan falsas que hacen que ver la película sea un acto de apertura a la realidad tal que, lógicamente, nadie mira las imágenes, ya que estas revelan sus vergüenzas.
En definitiva, el cine de verano entiende su papel secundario en la vida de sus espectadores. Es el trasfondo de un tiempo que fluye entre sudores y evasiones, que necesita flotar libremente en el calor y en la oscuridad, que susurra en las historias de amor que nacen y mueren rápidamente. Se toma poco en serio y, menos mal, comprende que la vida no es tan importante y que los problemas pueden esperar hasta el mes de septiembre.
