1998, cada vez me interesa menos el fútbol. En julio de 1998 estoy en Teruel, en la Vaquilla. También había estado en 1997. El 17 de julio de 1997 por la radio decían que habían encontrado el cuerpo de Miguel Ángel Blanco. Ese día me quedé tumbado en el colchón de la casa que nos había dejado un amigo.
En julio Teruel estaba encendido de gente y brebajes en vasos de plástico. El año de Ronaldo antes de Ronaldo. Unos dicen Ronaldo, el de verdad y el otro Ronaldo “El gordo”, elige tu bando o no elijas nada, ten en cuenta que en 1996 habían estrenado Trainspotting y una de las escenas cumbres era el gol de Archie Gemmil para Escocia en el Mundial del 78.
Los chicos veían una y otra vez -como lo hacíamos nosotros con el gol de Nayim- aquella jugada en un primitivo super8. Escocia y Holanda jugaban el último partido de clasificación y los escoceses tenían ganar por dos goles o más para pasar de ronda, en el minuto 23 de la segunda parte Gemmill combinaba con el mítico Kenny Dalglish y dejaba sentada a toda la defensa naranja, incluido el portero, para marcar a placer. Aunque luego, a pesar del gol, los escoceses no pasaron de ronda.
Solo fue un instante de locura. Escocia jugó aquella edición de 1998 y luego estuvo veinte años sin llegar a una fase final. Dos años de Vaquilla y Francia volvía a ser Francia, Zidane por Platini, un fantasma que caminaba, sin saberlo, hacia la corrupción. Sonaba una y otra vez en Teruel Song 2 de Blur. Era dos vaquillas, dos Ronaldos, dos mitos franceses y la canción dos de Blur. Blur contra Oasis. Y yo, acordándome de que hacía un año que habían matado a Miguel Ángel Blanco.
En 2002 las axilas de José Antonio Camacho. Hacía calor en el sudeste asiático. El cromo de Camacho era de los pocos que me quedaban de México 86. En un parpadeo la enésima desilusión. Ya se habían incorporado Oliver y Benji al inconsciente colectivo, pero que nos eliminara Corea fue decepcionante.
En el álbum de Italia 90 los jugadores de Corea no tenían asignados cromos individuales, cada figurilla se colocaba en horizontal y, como una orla en miniatura, colocaban dos jugadores en cada número. Y nos ganan. Podría, al menos, haber sido la del norte, todavía mandaba Kim Jong-il y, aunque jugaban con sus propias normas, al menos podrían haber intentado comprarlos o amenazarlos. Y Cañizares en casa por lo del bote de colonia.
Lo cierto es que, un mes más tarde, yo estaba volando a Buenos Aires para disfrutar del Corralito y los patacones y me daba todo igual. Estaba más en el rollo de Charly García y Rodrigo Fresán. Como mucho revisaba los primeros partidos de Pau Gasol con la selección, jugándosela al Manu Ginóbili y compañía. En la residencia de la universidad les tenía que explicar las reglas del baloncesto a los porteños, que se agarraban a cualquier deporte en el que algún compatriota destacase.
En el 2002, aunque Maradona había hecho un anuncio demencial para Quilmes en el que despertaba a toda la Argentina, con el sueño cambiado, con el horario cruzado, para poder ver a la selección, puerta con puerta, sonriendo como se llevara unas facturas y un par de mates en el cuerpo en vez de un carretón de sustancias, la selección de Bielsa no había pasado de la fase de grupos. Y perdiendo con Inglaterra.
El Diego, presente, el Diego, con el balón gástrico, la noche del 10, preparando el regreso. Maradona, ya lo sabemos, no es una persona cualquiera. No recuerdo nada del Mundial de 2006. He repasado y ya había buenos mimbres. Faltaba claro, “Zapatones”, Luis Aragonés. La mejor selección española de la historia, la más carismática, es la de 2008 y punto. Y sin Raúl. ¿Cuántas eurocopas hemos ganado con Raúl? Ninguna.
En 2010 estaba Vicente del Bosque, como la canción de El Niño Gusano. El verano de la Eurocopa había muerto Sergio, el letrista de la canción. Todos estábamos de oposiciones. El mundo se había convertido en una oposición constante. Cada dos años en vez de cada cuatro. Volvía de Teruel, aún fumaba, me había fumado un pitillo entre lectura y lectura con uno del tribunal. No lo has hecho tan mal para ser la primera vez.
Volví de Teruel y me fui a casa de mi novia. Entonces ella era mi novia y seguía preparando la programación. Me tomé un respiro. Encendí la televisión. Vi el centro de Xavi, la cabeza de Pujol, el vapor que salía de la nariz bovina de los centrales de Alemania, Per Mertesacker parecía que lo habían clonado del ADN de Hans-Peter Briegel en un oscuro laboratorio de Dresde. El gol, aquel gol. Aquello iba en serio.
Cuatro días más tarde, una tormenta desquiciada, agónica, de electricidad húmeda, descargando sobre Zaragoza. La única luz en mi habitación, la habitación en casa de mis padres, era el flexo con el que había estudiado toda mi vida. No hacía más que acordarme del torrente abusivo del 87, el año de la semifinal contra el Ajax de Ámsterdam en la Recopa. El diluvio sobre Bosman y Cruyff, la sonrisa de Cruyff, la misma de los rebeldes en Flandes frente a los tercios españoles. Pero en Sudáfrica no llovió.
El diluvio era parte del recuerdo, más Empel que Rocroi. Leer la programación, empezar Interino. Las oposiciones y el fracaso, el mundial y el verano, otra vez se cruzaron en 2014. Se mezclaba todo, el Tour de Francia, el final de curso, los temas y los prácticos. Y yo, aquella vez, lamiéndome las heridas por la derrota. Ni siquiera empecé marcando de penalti como el bueno de Xabi Alonso, aunque uno de los temas que salió en el sorteo me lo sabía. Así se ordena la vida. ¿Qué pasa? Que en 2018 había aprobado las oposiciones, Alberto Contador se había retirado y, lo que era más importante, antes de acabar el año iba a ser padre.
Vi el partido contra Rusia y me di cuenta de que no me gustaba el fútbol moderno. Rayas horizontales, pases verticales. No sabía muy bien cuál era el origen de coordenadas, solo que iba atravesando el balón sin tirar a puerta. Eso sí, nos llevamos el Premio al juego limpio. Y pensé otra vez en Bilardo, en el narigón Bilardo, que dijo que prefería que se les cayera el avión de vuelta a la Argentina si los eliminaban en primera fase o dijo que podían fracasar, que podían no marcar, cualquier cosa, menos el premio al Fair Play.
Bilardo sigue vivo. Este mundial, por cierto, será el primero desde 1962 que no estará el Diego en la Tierra. Bilardo no recuerda al Diego. Nosotros recordamos por los dos. El Diego es tan universal que condensa, barrilete cósmico, todo lo que tiene de bueno y malo el balompié: la mística, lo tribal, el exceso, la incultura, la decadencia, el barro del pasto y el barro de los despachos. Al Diego no le gustaban los jugadores que no sentían los colores de su patria, que iban a la selección para mejorar su caché.
No sé qué hubiera pensado de mis alumnos españoles celebrando la victoria de Marruecos contra España. Era 1 de diciembre. No se puede jugar en diciembre. Más calor hacía en México. Más calor hace en las aulas de Valencia en junio. Pero, por suerte, solo desde hace tres años. No sé si me gusta este mundial. Además no está Manolo, “El del bombo”. No sé si se me está haciendo largo o es la manía que tengo, muy matemática, contra los mundiales con participantes que no son divisibles entre cuatro. El múltiplo de 4 es la vida. Los mejores terceros es un apaño. Una manera de tenerlos contentos a todos.
