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Capítulo III: El regreso y el reconocimiento

La crisis de las subvenciones llegó en la semana siete. El plan europeo de rehabilitación energética de edificios, que llevaba 18 meses en tramitación y cuya presentación definitiva estaba prevista para esa fecha, se fue al traste porque nadie supo presentar la documentación a tiempo.

Las subvenciones caducaron. Los edificios que habrían podido renovar sus sistemas de calefacción no lo hicieron. El concejal de Urbanismo de Zaragoza, que hasta la semana tres había disfrutado del silencio, dio entonces una rueda de prensa en la que admitió, con una sinceridad que le honra, que sin los administradores de fincas no tenían interlocutor válido para implementar ninguna política de vivienda.

La rueda de prensa fue grabada, editada, compartida en redes sociales y llegó, por las vías inexplicables de la información digital, a los servidores Vreth'ak. El portavoz de la delegación alien la vio tres veces. Luego buscó a Garmendia.

"Su civilización está empezando a entender algo importante", dijo.

"Llevan décadas sin entenderlo", respondió Garmendia. "Pero bueno."

El regreso se produjo exactamente al cumplirse los 90 días, en la madrugada de un martes de septiembre, en el mismo punto, sobre los tejados de Santo Domingo de la Calzada donde todo había comenzado.

Los 15.000 administradores aparecieron de golpe, con sus maletines, sus libretas y, en el caso de la señora Molina, una hoja de cálculo extraterrestre de 400 páginas que nadie supo exactamente cómo archivar.

Nadie les recibió con fanfarria. Era martes de madrugada y todo el mundo dormía. Pero a las ocho de la mañana, cuando los despachos de administración de toda España volvieron a encenderse y los teléfonos comenzaron a sonar, algo había cambiado en el tono de las llamadas.

Florencio de Fuencarral 14 llamó el primero. "Oiga", dijo cuando su administrador descolgó. "Quería llamar para decirle que... bueno. Que ya sé lo que hace. Y que es mucho."

Hubo un silencio.

"Gracias", dijo el administrador, que llevaba 20 años esperando que alguien dijera algo así.

"Y también quería preguntar", continuó Florencio, "si podemos hacer algo con Mauricio del bajo A porque ha instalado una segunda cámara frigorífica en el local comunitario y huele a queso hasta el tercero".

El administrador sonrió. Se puso la chaqueta. Abrió el ordenador.

"Mándeme un correo con los detalles", dijo. "Ahora mismo me pongo."

El Consejo de Colegios de Administradores de Fincas de España emitió un comunicado oficial sobre los noventa días de ausencia. Era un documento prudente, comedido y extraordinariamente discreto, como corresponde a una profesión que lleva décadas resolviendo problemas sin hacer ruido.

No mencionaba la nave. No mencionaba a los Vreth'ak. No mencionaba el planeta extraterrestre ni las cuatrocientas páginas de hoja de cálculo galáctica.

Decía simplemente que los administradores habían estado "atendiendo compromisos de formación internacional" y que lamentaban los inconvenientes causados durante su ausencia.

Era, en todos los sentidos, la respuesta perfectamente profesional a una situación completamente imposible. Y eso, también, era muy representativo del gremio que, sin embargo, de la experiencia, aprendió a valorarse, a cobrar honorarios dignos, a reivindicar horarios y a equipararse a otras profesiones colegiadas.

Los Vreth'ak, por su parte, enviaron a las pocas semanas un mensaje codificado que solo captaron los radiotelescopios de dos observatorios y que nadie tradujo a tiempo. Decía, más o menos, lo siguiente:

"Gracias. Los edificios funcionan. Las juntas tienen una duración razonable. El moroso del 347-C ha pagado por primera vez en once años. Consideramos que la misión ha sido un éxito. En caso de futuras necesidades de gestión comunitaria intergaláctica, nos pondremos en contacto. Esta vez con previo aviso y carta de presentación al colegio profesional correspondiente. Atentamente: Civilización 7-Epsilon-Norte, Sector de Expansión Reciente".

Nadie en la Tierra leyó el mensaje. Pero si alguien lo hubiera hecho, habría podido comprobar que al final, con independencia de cuántas plantas tenga el edificio o cuántas lunas orbiten el planeta, la convivencia funciona igual en todas partes: con paciencia, con normas claras y con alguien dispuesto a atender y escuchar las necesidades de todos.

Aunque nadie le dé las gracias.

Aunque el vecino del bajo A siga poniendo quesos.

Cruz Isábal, vocal de la Junta de Gobierno del Colegio de Administradores de Fincas de Aragón