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Procusto era un personaje de la mitología griega que tenía una posada en un paraje apartado de Atenas. Cuando los viajeros, cansados de caminar, paraban en su posada, Procusto, en un alarde de hospitalidad, les invitaba a pasar la noche. Sin embargo, cuando sus huéspedes estaban ya tumbados en el camastro, plácidamente dormidos, el posadero les ataba de pies y manos y ajustaba sus cuerpos a la medida exacta de la cama.

A los más altos les cortaba las extremidades hasta que cabían exactamente en el lecho, y a los más pequeños les rompía los huesos y los estiraba hasta hacerles encajar. Dicen que su perversión era tal que tenía dos camastros de hierro, uno más largo y otro más corto, por si algún viajero llegaba a ajustarse exactamente al tamaño de la cama. Porque la medida tenía que ser la que él decidía, y así era imposible cumplir su expectativa y, por tanto, librarse del cruel castigo.

Procusto acabó probando de su propia medicina a manos de Teseo; que le cortó la cabeza al comprobar que sobresalía de la cama. Pero como Teseo fue capaz más tarde de matar al Minotauro y salir del laberinto, su hazaña con el posadero ha caído en el olvido.

Sin embargo, creo que merece la pena recordarla en estos tiempos tan raros que nos toca vivir, porque mientras nos jactamos de ser más libres que nunca; la necesidad de control y de poder nos asfixian sin descanso. Y por eso nos pasamos media vida intentando encajar donde o con quién nunca cumpliremos las expectativas.

Les cuento esta historia porque también hay pequeños triunfos que celebrar en un mundo que, a veces, se pone del lado de Teseo y nos da descanso y tregua para recordarnos que cada uno es como es, y que es mejor dejar las etiquetas para ponerle precio a lo inmaterial, y no a lo que tiene alma, cerebro y corazón.

Studio Ghibli acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026 por su contribución a la sociedad con películas como 'El Viaje de Chihiro', 'Mi Vecino Totoro' o 'La Princesa Mononoke'.

Si la cama de Procusto era una oda a la uniformidad y el exceso de control; el cine de Studio Ghibli celebra sin complejos la diferencia, la imperfección y el abrazo (también) a nuestra parte más oscura, porque sólo lo que hacemos consciente puede ser integrado y, tal vez, mejorado.

En un mundo donde unos pocos aspiran a controlar las opciones del resto, y donde destacar o abandonar la manada es castigado con la incertidumbre y el juicio; estas películas protegen el valor de ser uno mismo y reivindican el asombro, porque sólo el asombro y la admiración nos hacen conservar las ganas y la ilusión a pesar de nuestras imperfecciones y miserias.

La bruja Yubaba les robaba el nombre a sus ‘invitados’ para que encajasen en su negocio de baños tanto como Procusto les arrancaba las extremidades a quienes no encajaban en su cama, cosa, por otra parte, imposible de lograr.

Y por eso la salvación que nos propuso Studio Ghibli fue conservar nuestro nombre y nuestra esencia, sin temor a encajar donde no cabemos o nos perdemos. Y nos recordó que hay poco de individualismo en esta gesta, y que los demás nos dan nuestro lugar en el mundo cuando nos nombran tal y como somos, y no como ellos quieren que seamos. Y paro, porque corro el riesgo de destriparles unas películas imprescindibles para quien no las haya visto todavía.

Enhorabuena a quienes han premiado lo que nos salva porque nos recuerda que somos maravillosamente imperfectos y, por tanto, únicos.

Lara Cotera, periodista