A estas alturas del mes de mayo, el pasado 2025, el Festival de Cannes recibió por sorpresa el estreno de “Resurrection”, tercer filme del nuevo joven prodigio chino, Bi Gan. El terremoto que suscitó esta historia le permitió recibir el “Premio Especial del Jurado” y dejó una huella absoluta en todos los cinéfilos del mundo.
Hemos tenido que soportar casi un año para poder disfrutar en nuestras salas de esta película, pero, a pesar de ello, se tiene que afirmar que la espera ha merecido la pena. “Resurrection” no es solo lo que se habla de ella, sino que supera cualquier expectativa en el más bien tedioso panorama cinematográfico actual.
Y, lo más importante, “Resurrection” no solo es grande por sus valores fílmicos, sino por una apuesta por el cine como medio de comunicación expresiva, de transmisión de valores y emociones, y, lo más importante, una vía única para poder continuar soñando. En un mundo en crisis, como el que vivimos actualmente, soñar es terapéutico.
Y es que “Resurrection” se fundamenta en la cualidad del sueño como forma de rebeldía ante la apatía de la supuesta eternidad presente: solo los soñadores tienen la capacidad de ser seres de luz, y el cine es el hogar que acoge a los soñadores.
Fragmentada en cinco historias, basadas cada una de ellas en un sentido humano, y filmado con un estilo cinematográfico distinto, “Resurrection” ahonda en la historia del cine y de sus formas expresivas para narrarnos la agonía de los últimos soñadores, en una clara evocación a las muestras de escaso aliento que demuestra el cine hoy en día.
Sus referentes fílmicos, los arquetipos que retrata, los lugares comunes, e incluso el uso de los propios elementos materiales del cine (la pantalla, la cámara y el proyector), se muestran al espectador como refugio, como lugar de acogida, como un pequeño búnker donde se puede preservar la contemplación, la reflexión, la empatía y el idealismo.
Al espectador normal, “Resurrection” le abrumará por su excesiva duración, su virtuosismo visual, su enrevesada trama y su evidente y no escondido carácter críptico. Sin embargo, aquel espectador que se deje sorprender, que acuda libre y con mentalidad abierta a la sala de cine, vivirá una experiencia inmersiva única. Quedará “vampirizado” por su sugestión, su atrevimiento, su profundo romanticismo y por una clara actitud de rebeldía.
Y es que “Resurrection” toma la máxima de Albert Camus e incita al espectador a rebelarse contra la realidad mediante el sueño. Tal y como explicaba el autor francés, “la única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu propia existencia sea un acto de rebelión”.
Y es por esta razón por la que “Resurrection” apela, en su maravilloso final, a que el espectador ilumine cada butaca, sea partícipe de su propia existencia, que sueñe, que sea libre, que vuele por y gracias al cine, y que mantenga la mágica luz que siempre ha permitido la propia existencia del séptimo arte. Seamos seres de luz. Soñemos. Seamos espectadores y contemplemos.
*Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ
