¿Está la participación ciudadana en crisis?
Es la pregunta que nos hacemos todos, porque en las asociaciones vecinales vemos las mismas caras hace muchos años. Algunas están casi inactivas, otras desaparecen y solo algunas mantienen socios y actividades. También apareen algunas nuevas, pero normalmente van ligadas a una cuestión única que les afecta y al poco tiempo decae su actividad hasta mínimos.
La verdad es que echamos en falta los primeros años de la democracia, cuando los políticos elegidos estaban ilusionados con la nueva etapa, cuando los ciudadanos, además de poder votarles, teníamos voz en el Ayuntamiento. Todos (ciudadanos y políticos) teníamos ilusión por comenzar una nueva etapa en la que la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos parecía posible.
No sé si fue posible o no, pero las reivindicaciones de los vecinos, tan básicas como asfaltar las calles o disponer de farolas, que eran las prioridades más perentorias, llegaban a los políticos y fueron reforzadas por manifestaciones y concentraciones de apoyo que fueron atendidas en gran parte.
Se crearon mecanismos de participación, como las Juntas de Distrito, que aún existen, se elaboró un reglamento de participación pactado con el movimiento vecinal, se crearon comisiones de trabajo en las juntas en las que los ciudadanos se reunían con los políticos y discutían las prioridades de las demandas, se enviaban las solicitudes a los servicios municipales y se atendían, aunque en una pequeña parte.
Con el paso del tiempo, la sociedad fue madurando, los barrios mejoraron sustancialmente, el crecimiento de la ciudad era ordenado y con los terrenos suficientes para poder edificar los equipamientos necesarios para una vida urbana adaptada a sus necesidades.
Y eso supuso que las reivindicaciones vecinales fueran cambiando; ya no era el asfalto, sino un centro cívico, un equipamiento deportivo, un centro de salud, un espacio cultural, reverdecer la ciudad … para mejorar, en suma, esa ciudad en la que desarrollamos nuestras vidas.
Pero después de 40 años, los políticos también han cambiado. Ya no es posible acudir al Ayuntamiento a ver a un concejal y que te reciba directamente y escuche lo que tienes que decir. Eso ya es imposible. El reglamento de participación ha sufrido modificaciones e intentos de reforma sin resultado que no han conseguido que se cumpla.
El último intento sufre el sueño de los justos después de informar su borrador advirtiendo de las consecuencias de su aprobación y de las obligaciones en las que incurrirá el Ayuntamiento. Las juntas de distrito languidecen y ya pocos ciudadanos se animan a participar porque es enfrentarse a un muro imposible de sortear.
También se crearon el denominado Consejo de Ciudad y los Consejos Sectoriales. Simples reuniones donde se explica por el Ayuntamiento lo que se va a hacer y cada uno dice, sin documentación previa, lo que le parece. Punto. No se tiene en cuenta prácticamente nada.
Sin embargo, la Oficina de Medio Ambiente, preocupada por la falta de participación, ha realizado recientemente unas jornadas para aprender a hacerlo mejor. En ellas se hablaba de la experiencia en otras ciudades europeas, de las que hablaremos la final de este artículo.
Resulta sorprendente que algún barrio, como Monzalbarba, tenga que salir a la calle con pancartas para reivindicar que no haya baches en sus calles porque no hay otra manera de dejar en evidencia su estado. Parece que hemos retrocedido en el tiempo.
Se multiplican las obras y acciones de Ayuntamiento sin contar con la opinión previa de los ciudadanos. Algunas intervenciones provocan la indignación y la consecuente creación de una asociación o plataforma para oponerse a los planes municipales.
Los políticos no se creen la participación ciudadana. Concentran el poder y no admiten objeciones a sus actos. Actos que, por cierto, van dirigidos a los ciudadanos.
Sin embargo, el movimiento vecinal sigue teniendo fuerza y puede poner en duda proyectos como la construcción de viviendas en los terrenos deportivos junto al pirulí de Telefónica en Vía Hispanidad. Y este movimiento pendular, previsiblemente llevará consigo una respuesta cada vez más contundente de la ciudadanía, recordando tiempos antiguos que nadie creía que volverían a repetirse.
Porque cuando se “presiona” lo suficiente, se puede conseguir (y a veces se consigue) esa participación previa a la redacción de los proyectos, a la elaboración conjunta con los técnicos de las ideas básicas que los vecinos precisan.
Porque en la participación ciudadana hay que considerar varios niveles.
En primer lugar, se echa de menos una consulta sobre las necesidades de los barrios antes de plantear proyectos. Ya sabemos que las diferentes opciones políticas plantean sus programas electorales prometiendo actuaciones concretas.
Pero aquí estamos hablando de una consulta transversal a todas ellas. Definir, políticos junto a ciudadanos, las necesidades de cada zona de la ciudad para posteriormente poder priorizar las actuaciones. Ya sé, ya sé, suena a ciencia ficción.
En segundo lugar, y una vez elegidas las intervenciones, es necesario precisar las necesidades concretas expresadas por los futuros usuarios, de manera que antes de definir los proyectos exista un programa claro a desarrollar por los técnicos junto a los ciudadanos.
Esto supone darle la vuelta al modelo actual, en el que los técnicos, una vez realizado el proyecto completo, lo enseñan en media hora a los vecinos para que en cinco minutos expongan sus consideraciones, que casi nunca se tienen en cuenta porque el proyecto ya está hecho.
Y es que la maquinaria administrativa es muy pesada y difícil de controlar. Una vez puesta en marcha, cualquier cambio obliga a retrasos enormes que pueden hacer inviable cualquier procedimiento. Por eso tiene todo el sentido de mundo la participación previa.
La participación no puede dejar de existir, pero los políticos tienen que cambiar de manera de actuar. Y el movimiento vecinal, bastante ideologizado por cuanto se plantea siempre reivindicaciones, debería renovarse y volverse más dialogante.
Pero, ¿Qué pasa en otros países? ¿Cómo funciona la participación en Berlín, en Amsterdam o en Copenhague?
Pues veamos.
En Berlín la participación está muy estructurada. Existen guías para la participación ciudadana donde se fijan los principios básicos, nombrando un consejo asesor para cada proyecto formado por una mezcla de actores públicos, privados y de la sociedad civil (representantes ciudadanos y residentes de las zonas afectadas, representantes de la administración actuante y representantes de los responsables de la gestión de las obras).
Estos consejos toman decisiones y gestionan los posibles conflictos, asegurando que se escuchen las diferentes opiniones. Y esto desde las fases iniciales, discutiendo todos los temas, analizando el desarrollo del proyecto y buscando soluciones a los problemas identificados.
En Amsterdam una ordenanza municipal establece que la participación debe diferenciarse según el nivel de influencia de los ciudadanos en las decisiones y del tipo de proyecto, distinguiendo entre consulta, co-creación y co-decisión, pero siempre antes de redactar el proyecto. En todos los casos la ciudadanía recibe un informe claro y accesible sobre cómo sus propuestas se han integrado o no en el proyecto final.
Finalmente, en Copenhague el enfoque de la participación es escalonado, adaptándose a las características del proyecto y la fase en la que se encuentre. En la fase de planificación inicial, la participación es más consultiva y deliberativa, de manera que los ciudadanos pueden expresar sus opiniones sobre conceptos generales o principios que informan el proyecto.
En la fase de ejecución la participación se reduce a consultas más estructuradas y específicas, centrándose las consultas en aspectos más técnicos, como elección de materiales, elementos del mobiliario urbano o el diseño de áreas públicas. Este enfoque evita los debates interminables y los retrasos innecesarios, escuchando las voces de los ciudadanos en los momentos clave de las obras.
Como vemos, estamos muy lejos de lo que es habitual en otras ciudades europeas de nuestro entorno. Queda mucho camino por recorrer. Y en estas ciudades, el empleo de fondos europeos no coarta la participación por el cumplimiento de plazos, porque se plantea esta con sensatez y con transparencia.
Como conclusión, paree que en esta ciudad hay que reinventar, por todas las partes, la participación vecinal.
