Hace unos días, las asociaciones de vecinos de La Almozara presentaron una publicación (realizada en colaboración con diversas entidades públicas y privadas) que llevaba por título “Conociendo la herencia de contaminación ambiental de La Almozara”. Esta publicación era la continuación de otra, elaborada en 2018 que llevaba por título “Viviendo en La Almozara”.
En ellas se hace un repaso a la historia de “La Industrial Química de Zaragoza”, donde se producía ácido sulfúrico y otros productos desde principios del siglo XX (se fundó el año 1898). Trataba piritas que, calentadas, producían dióxido de azufre y posteriormente ácido sulfúrico; también producía abonos y elementos para acumuladores. Era muy grande, por lo que se construyeron viviendas para los trabajadores y una estación de mercancías.
Los residuos de la actividad eran escorias rojizas conteniendo diversos metales que se esparcían por los alrededores. Se esparcieron durante 80 años. A día de hoy se desconoce su ubicación concreta, pero se sabe que se utilizaron para recrecer las orillas del Ebro después de las riadas o para rellenar terrenos y elevarlos de altura. Además, los gases que escapaban, en contacto con la lluvia, producían la denominada “lluvia ácida”.
La presión vecinal, previa sentencia judicial, consiguió que se cerrara la fábrica el año 1979. Entre los años 80 y 90 se desmantelaron las instalaciones y se derribaron los edificios, pero nadie pensó en retirar los residuos de la producción industrial.
Están presentes por casi todo el barrio, con espesores muy diversos, que pueden llegar a superar los 5 metros en algunos puntos. No hubo control ambiental, quizás porque era demasiado compleja y costosa su retirada.
Donde se encontraban los edificios industriales ahora se ubica el parque de la Aljafería. En este parque, cuando llueve suelen aparecer charcos de agua rojiza, de una acidez muy alta (o verde, si hay más cobre); también rascando con el pie sale enseguida esa tierra roja. En algunas zonas está a apenas 3 centímetros del suelo; en el aparcamiento de la Expo, por ejemplo.
En cuanto se hace una zanja, en muchas partes sale la tierra rojiza, que puede contener arsénico y otros metales pesados, sin que se aplique un protocolo de protección para los trabajadores. Y cuando el Ebro crece se empapa de estos metales y puede arrastrarlos cuando baja su nivel.
Hoy sería impensable no retirar las tierras contaminadas.
Esta herencia de contaminación persiste hoy en día en muchas partes del barrio. De hecho, la Confederación Hidrográfica del Ebro mantiene una red de pequeños pozos desde el año 2010 para evaluar los residuos, porque es consciente de que los problemas ambientales persisten hoy día.
También hay que decir que en la mayoría de las zonas residenciales más recientes del barrio se elevaron los terrenos con la aportación de tierra de buena calidad.
Pero nos encontramos con el problema de distribución de competencias. ¿Qué administración declara que las tierras están contaminadas? ¿Qué administración debe fijar los protocolos de actuación cuando se abre una simple zanja para que los trabajadores estén adecuadamente protegidos?
¿Qué administración tiene responsabilidad en que los residuos sigan ahí? ¿Qué administración decide qué se hace con las tierras contaminadas cuando se hace una obra?
Porque ante la magnitud del problema, poco más se puede hacer que no sea retirar las tierras que aparezcan cuando lo hacen por una obra o por cualquier otro motivo.
Y porque a cualquier persona se le hiela la sangre al ver esos charcos tóxicos cuando llueve en un parque.
Zaragoza tiene un grave problema en La Almozara que las asociaciones vecinales difunden entre sus vecinos mediante charlas, visitas, etc. pero que no pueden ir más allá. Alguna administración tendrá que tomar el toro por los cuernos y elaborar un plan de actuación a 20 o 30 años para ir solucionándolo.
