El 8 de marzo es el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, una jornada nacida en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, como herramienta de organización, denuncia y lucha frente a la explotación y la opresión.
Recuperar su sentido histórico implica recordar que no surge como una fecha simbólica ni como una celebración amable, sino como una respuesta colectiva a una desigualdad profundamente arraigada en el sistema económico y social.
Veinticuatro años después, en 1934, nació mi abuela, Palmira, en Santa María de la Peña. Hija de Manuel que cuidaba una finca y trabajaba, además, “de lo que saliese”, y de Gregoria, una lavandera que limpiaba, también, el cuartel y la casa de la Guardia Civil.
Mi abuela descubrió, ya mayor, el significado de ese 8 de marzo. Le pedí que colaborara conmigo y le conté. Después de toda una vida de trabajo, muchas veces invisible, casi siempre mal pagado, le dije que tenía que hacerse una foto con un cartel.
En este se leía: “Tras años de trabajo de cuidados, merezco una pensión digna”. Y es que mi abuela, como la de tantas, trabajó toda su vida. Primero, con apenas catorce años, lo hizo como sirvienta en una casa de militares en Zaragoza.
Decía que la trataron bien, que la dueña, como ella la llamaba, fue su segunda madre. Luego se casó y se dedicó al hogar, aunque nunca dejó de trabajar en otras cosas: cosía en casa sombreros de vaquero, postales de flamencas con volantes, se las ingeniaba para aportar un extra, siempre un poquito más.
También trabajó para una empresa limpiando las sucursales bancarias del barrio. Aun así, nunca llegó a tener una pensión contributiva.
Mi abuela cobraba una pensión de viudedad. Con toda una vida de trabajo. En el siglo XXI. Año 2026. Y las pensiones, siguen sin ser dignas. Es, sin ir más lejos, el resultado de un sistema que se ha sostenido sobre el trabajo gratuito o precarizado de las mujeres, especialmente de las mujeres de clase trabajadora.
Mi abuela no sabía que algunas habían logrado estudiar una carrera desafiando una cultura patriarcal que decía que las mujeres solo servimos para cuidar.
Ella pensaba, simplemente, que las que tenían dinero, sí podían estudiar, si querían. No sabía que Gloria Fuertes, que a ella le gustaba, pudo ser poeta y salir en la televisión porque, además de talento, tuvo un entorno que se lo permitió y el valor de rebelarse contra lo que se esperaba de ella.
Las mujeres proletarias de la generación de mi abuela no sabían muchas cosas, no porque no quisieran, sino porque no se les permitió, no les daba la vida.
Además de trabajar, cuidaron. Mi abuela cuidó de su tía, de su madre y de su suegra. En aquella pequeña parcela vivimos algunos años mis abuelos, mi madre, mi tía, alguna de las abuelas y yo: seis personas. Hablamos de los años ochenta.
Mi abuela no sabía que la República trajo oportunidades de libertad para las mujeres; le pilló siendo una bebé y creció en el franquismo, y nadie se lo contó.
Solo sabía que, por culpa de la guerra, parte de su familia huyó a Francia, que a otros los mataron y que su marido no tenía padre porque lo habían fusilado.
Pero mi abuela sí sabía algunas cosas importantes. Sabía que tener amigas era vital, que te salvaba de una vida entera entregada a los demás.
Sabía que sus nietas tenían que estudiar. No lo tuvo tan claro con sus hijas, lástima, porque no todas crecieron escuchando: “estudia y tendrás un futuro mejor”, si no más bien: “ponte a trabajar y trae dinero a casa”. Mi abuela no sabía que eso no era lo mejor para mi madre, pero era lo que había. O mejor dicho, lo que no había: dinero.
Cuento todo esto porque mi abuela falleció la madrugada de este pasado 20 de enero, como la canción de ese grupo. Lo cuento porque no quiero que se nos olvide que, después de aquel 8 de marzo de 1910, muchas cosas cambiaron para las mujeres, pero no para todas, y no fue por casualidad.
El capitalismo salvaje se ha encargado de que los avances llegaran solo a unas pocas, mientras la mayoría seguía sosteniendo la vida con sueldos precarios, trabajos invisibles, jornadas interminables y cuerpos agotados, doloridos, moldeados por el cansancio.
Romper techos de cristal importa, sí, pero a las mujeres de clase trabajadora nos siguen atrapando los suelos pegajosos: la precariedad, la falta de tiempo, la imposibilidad de acceder a una vivienda, la medicalización del cansancio para poder resistir un día más.
Por eso el 8 de marzo no es una celebración cómoda ni una consigna vacía, es una celebración de lo logrado pero también de todo lo que nos queda por delante para hacer una impugnación profunda de un sistema que pone el beneficio por encima de la vida.
Y porque el 8 de marzo es, ante todo, un día de lucha de las mujeres de la clase trabajadora.
Un día en el que cabemos todas: las migrantes y las nacidas aquí, las cis y las trans, las bolleras, las que limpian, cuidan y sostienen la vida, las que levantan los barrios, los servicios públicos y las redes comunitarias, las que sostienen economías invisibles que hacen posible el funcionamiento de toda la sociedad. Sin jerarquías ni excepciones, unidas en una misma lucha: la de la clase trabajadora.
