He terminado la última temporada de Stranger Things. Para mí, que soy una hija de los años ochenta tan predecible como la mayoría, es complicado resistirme a una serie ambientada en la Generación X con sus bicis, su sótano, su grupo de amigos y su homenaje a Steven Spielberg, Stephen King y John Carpenter.
De banda sonora: David Bowie, “Psycho Killer” o Vangelis, como líneas de vida a las que agarrarse cuando la trama se pone imposible.
Nos atrapan las historias que hablan de la capacidad de construir vínculos emocionales sólidos y confiables entre niños, adolescentes y adultos.
Relatos imperfectos, llenos de héroes que destiñen y villanos con contexto; plagados de personajes frágiles, torpes o inadaptados que no necesitan pedir perdón por serlo.
Parábolas de la vida misma en las que no hay discursos identitarios grandilocuentes pero sí muchas pérdidas, porque así es este negocio. Y en las que subyace la íntima aceptación de que cada miedo que ocultamos a nuestros seres queridos nos aleja de ellos tanto como nos aleja de nosotros mismos cada decisión que postergamos.
Son historias que van, también, de asumir las consecuencias de la lealtad y, en definitiva, de jugarse el tipo por algo o por alguien. De practicar más la ternura y menos el cinismo.
Confieso que a veces, en esta era de charlatanes del espacio virtual, me pregunto cómo se alimenta el alma de un niño si ya no puede crecer con las historias de cinco amigos que, con su perro Tim, pasaban los veranos en la isla de Kirrin.
Ahora, en pleno debate sobre el uso de las redes sociales en menores, hay que cuestionarse si el problema no será que nuestros hijos se han convertido en voyeurs adictos a esas vidas ajenas que muestran sólo una parte por el todo (nunca hay peor mentira), en lugar de jugar a ser ese Bastian de “La Historia Interminable” que, escondido en el desván, llegaba a ser el protagonista de una trama de infarto.
Igual es que nos faltan sueños, porque en estos tiempos lo de ser un iluso está devaluado. Ahora se puede ser un necio, un amargado o incluso un tirano: cualquier cosa está mejor vista que atreverse a soñar con algo.
Y entonces me acuerdo de aquellos versos de Gabriela Mistral que hablan de las ilusiones que a veces no se cumplen, pero que llenan el corazón antes de evaporarse: “Todas íbamos a ser reinas de cuatro reinos sobre el mar”, escribió Gabriela. Y qué bonito fue pensarlo, porque aquello sí que nos hizo reinas.
Y, en ese momento, fue verdad.
