El próximo mes de marzo se cumplen 30 años de la muerte repentina de uno de los cineastas más trascendentales de la historia del cine europeo: Krzysztof Kieślowski.
En un mundo como el que vivimos actualmente, donde no existe brújula moral, donde los argumentos desaparecen en favor de la fuerza, y donde el diferente es visto con desconfianza, se echa mucho de menos a este director polaco. Se podría decir que tengo nostalgia de Kieślowski.
“Nostalgia” es un concepto que proviene del griego clásico nóstos (νόστος, "regreso a casa") y álgos (ἄλγος, "dolor"). El “dolor por el regreso”, muy emparentado con la vuelta al hogar, tras una larga travesía, representa un cambio de quien viaja, vive, ve mundo y sufre en el duro retorno. Al mismo tiempo, es una confrontación con un pasado que permanece estático, como congelado. Esto se aplica a los lugares y, muy especialmente, a las personas. Nadie es indiferente al paso del tiempo.
Con su muerte el 13 de marzo de 1996, Kieślowski nos dejó un legado cinematográfico poderoso, lleno de madurez intelectual, inquietudes, esperanza y dudas, muchas dudas.
A finales de los años 80, cuando su país se encontraba en una encrucijada política y social que llevaría al final del comunismo, Kieślowski filmó una de sus obras cumbres: el Decálogo. En ese momento, el director se cuestionaba no tanto el problema político, sino aquello que preocupaba al ciudadano común. Tal y como explicaba: “yo observaba a la gente y no sabía por qué vivían (...) ¿Cuál es el verdadero sentido de la vida? ¿Por qué levantarse cada mañana? La política no contestaba esta cuestión”.
Y llegaba a la conclusión de que, para superar la incertidumbre, la encrucijada, los tiempos difíciles, debíamos cuestionarnos sobre nuestra existencia y sobre nuestra relación con el otro: “nos hemos vuelto demasiado egoístas, estamos enamorados de nosotros mismos y de nuestras necesidades materiales, y parece como si los otros hubiesen desaparecido por la puerta de atrás”.
Y concluía: “hacemos mucho por nuestros seres queridos, supuestamente, pero cuando repasamos nuestro día a día, descubrimos que, aunque hayamos hecho todo por ellos, ya no tenemos la fuerza o el tiempo suficiente para abrazarles, o simplemente para decirles algo amable y cariñoso. No tenemos ya tiempo para las emociones, y creo que ahí es donde radica el problema. La vida se nos escapa entre los dedos de las manos”.
La nostalgia de Kieślowski es revivir unas preguntas, unas dudas y unos pensamientos sobre Europa que no nos han hecho ser mejores, y que vuelven a golpearnos con estruendo en la actualidad, momento en el que la fuerza y la violencia se imponen a los sentimientos y al puro humanismo.
El dolor de la vuelta no es completamente negativo. Para mí, al contrario, alberga esperanza. Como en el mito de Pandora, la esperanza (elpis), encerrada en la vasija (pithos), nos interpela como potencial consuelo, recurso frente al sufrimiento; o también como mal, y, por lo tanto, nos engaña al impedirnos reconocer la dureza de la realidad.
Esa maravillosa ambigüedad de la esperanza, actitud humana fundamental, solo puede ser afrontada desde la humildad y el reconocimiento de la debilidad. Frente al matonismo que vivimos actualmente, la debilidad es un arma muy poderosa. Y es que Kieślowski nos enseñó siempre que el punto de partida básico es proclamar con esperanza, “no sé”.
Kieślowski era sombra envuelta en la debilidad, se agarraba a su cigarrillo y contemplaba el mundo con devoción y, al mismo tiempo, con cierto cansancio vital. Como fiel reflejo de una Europa derrotada, afirmaba: “me tortura la idea de que estoy haciendo un trabajo insignificante (...). Lo más optimista que puedo decir es que sigo vivo”.
Y no es poco. Seguir viviendo nos demuestra, en palabras del director polaco, que “el sentido de la vida no consiste en el objetivo, sino en el intento de lograrlo (...). No conozco las respuestas y, por eso, en mis películas hago preguntas. (...) Todos mis filmes los he hecho desde el punto de vista de alguien que no sabe e intenta comprender”.
Hubo un tiempo en que Kieślowski fue visto como la brújula moral del cine europeo. Su bello Concierto para la unificación de Europa, que suena en Tres colores: Azul (Bleu, 1993), no ha perdido su razón de ser, y es que Europa debe volver dolorosamente a un hogar basado en la “filosofía del diálogo y en la búsqueda de ese vínculo con el otro que nos une” y que, por suerte, resucita, marcando el camino, en cada obra de Kieślowski.
