Zaragoza
Publicada

Hay una edad en la que los hijos cambian y los padres tienen que aprender a cambiar con ellos.

La adolescencia pone patas arriba la paz familiar y pone a prueba la convivencia, los límites y también los miedos de quienes están a un lado y al otro.

Pilar Cebrián, psicóloga en Zaragoza, conoce bien esa etapa tanto desde la consulta como desde casa.

Tiene dos hijos, de 13 y 15 años, y reconoce que el verano pasado la adolescencia entró de lleno en su familia. “Brotaron dentro de mi casa y entonces peté”, reconoce en una entrevista con El Español de Aragón.

Aquella situación terminó convirtiéndose en un vídeo para TikTok en el que Cebrián recordaba que “los padres no somos robots”.

El contenido empezó a viralizarse y su comunidad pasó de 4.000 a 160.000 seguidores.

Portada 'Querido hijo, me caes fatal'. Oberon

Después llegó la propuesta de la editorial Anaya para convertir su experiencia profesional y ese particular sentido del humor en un libro: ‘Querido hijo, me caes fatal’.

La obra está dirigida a padres y madres con adolescentes y aborda algunas de las situaciones más habituales de esta etapa.

“Déjame en paz”, “qué pesado eres”, “nadie me entiende” o “a mis amigos les dejan” son frases que seguro que les suenan.

La idea del libro, explica Cebrián, es plantear problemas cotidianos y ofrecer soluciones prácticas que permitan establecer un nuevo “contrato de convivencia”.

Porque las reglas no pueden ser siempre las mismas. “Cuando el niño tiene cinco años, hay unos límites, pero con quince años no puedes tener los mismos”, señala.

Para la psicóloga, uno de los primeros cambios que deben hacer los padres es dejar de situarse frente al adolescente y empezar a colocarse a su lado.

“Tenemos que aceptar que nuestros hijos son personas independientes de nosotros y que tienen voz y voto”, sostiene.

Eso implica escucharles sin ego ni orgullo y asumir que también tienen una opinión propia y que pueden enseñar cosas a sus padres.

A partir de ahí llega la negociación. “¿Qué puedo cambiar yo? ¿Qué puedes cambiar tú?”, plantea como punto de partida para esos nuevos acuerdos familiares.

Cebrián insiste además en que la adolescencia debe entenderse como una etapa. “Si nuestros hijos tuvieran una pierna rota, entenderíamos eso y les ayudaríamos a funcionar con esa pierna rota que es temporal. Con la adolescencia”, dice, “ocurre algo parecido”.

El cerebro está cambiando y no se puede exigir a un adolescente exactamente lo mismo que a un adulto.

Equilibrio entre proteger y dejar libertad

Uno de los mayores retos para los padres aparece cuando los hijos empiezan a reclamar independencia.

Ni controlarlo todo ni desentenderse.

Para Cebrián, el equilibrio pasa por la comunicación y por haber trabajado desde pequeños valores como la responsabilidad, pensar en los demás o no mentir.

Después tendrán que experimentar. “No podemos decirles ‘te vas a quemar’. Tienen que quemarse ellos”, explica.

El papel de los padres, en su opinión, consiste en estar ahí antes y después para que puedan contar lo que les ocurre.

La propia psicóloga pone un ejemplo con su hija, de 15 años

“El otro día me decía mi hija, que se ha echado un novio y me dice, voy a ir a la casa de mi novio y tal. Y yo, ah, vale, genial. Pero vamos a estar solos. Ah, vale, genial. Pero mamá, ¿no te importa? Digo, no. Y hace, pero mamá, eres mi madre, me tienes que decir que no. Le digo, es que confío en ti. Me explico, o sea, confío en ti, sé que eres una gran mujer y que tú vas a elegir lo que quieres hacer con tu novio. Me explico, entonces, ¿por qué te tengo que prohibir?”

La psicóloga considera que es importante gestionar nuestra propia ansiedad, “porque esa sobreprotección tiene un fondo de egoísmo”.

Yo lo paso mal si suelto el control, por lo tanto, te controlo. Y al final, ni dejamos a nuestros hijos experimentar ni decidir por sí mismos y nosotros nos sentimos bien porque estamos controlando”, sentencia.

Las pantallas, también con límites

El móvil y las redes sociales son otro de los grandes asuntos en las familias con adolescentes.

Cebrián rechaza los extremos y considera que hay que enseñar a utilizar la tecnología, pero también ofrecer otras formas de ocio y de relación.

Los padres, además, tienen que mirarse a sí mismos. “Somos los primeros consumidores de mucha pantalla”, recuerda.

No tiene sentido, sostiene, establecer que en la mesa no hay móviles mientras los adultos siguen pendientes del suyo.

En su propia familia utilizan límites de tiempo y los negocian cuando es necesario. También considera importante distinguir para qué utiliza el adolescente el teléfono: no es lo mismo jugar durante horas que utilizarlo para relacionarse con amigos.

Para entender ese mundo, Cebrián apuesta por interesarse por lo que hacen sus hijos. Su hijo le ha enseñado cómo funciona Roblox y llegó a ver con él la película de Minecraft para conocer mejor aquello que le interesaba.

Con su hija, incluso, ha optado por seguirla en redes sociales. “Perfecto, redes sociales, pero yo en ellas”, explica.

Y cuando aparece la mentira, pide distinguir entre ocultar algo y reclamar privacidad.

Un adolescente, recuerda, también necesita tener espacios propios. Eso no significa aceptar cualquier comportamiento: ante mentiras graves, como robar dinero, considera necesario establecer restricciones.

Dar alas, pero también raíces

Hay una última idea que resume buena parte de su forma de entender la crianza: los hijos tienen que poder construir su propia vida, aunque sus decisiones no coincidan con las expectativas de sus padres.

“¿Por qué lo mejor es estudiar Medicina?”, plantea. “Quizá un hijo quiera recorrer el mundo con una mochila o elegir un camino completamente distinto”. Los padres pueden sentir frustración, pero tendrán que gestionarla sin convertir sus propios deseos en los de sus hijos.

Cebrián lo resume con una imagen: los padres ayudan a sus hijos a construir unas alas.

Primero vuelan un poco y regresan al tejado familiar. Después vuelven a intentarlo, hasta que llega el momento en que encuentran su propio tejado.

“Démosles alas, pero démosles raíces”, dice. Para ella, educar en libertad hace que los hijos perciban a sus padres como hogar. “Si somos hogar volverán. Si somos cárcel, se alejarán”.

Esa es, precisamente, la idea que atraviesa ‘Querido hijo, me caes fatal’: acompañar sin intentar controlar cada paso, aceptar que los hijos crecen y entender que la adolescencia no es una guerra que los padres tengan que ganar.

La presentación del libro será el próximo 30 de septiembre en el ámbito cultural del Corte Inglés de Independencia.