La etapa universitaria suele recordarse con cariño. Años de estudio, nuevas amistades y una independencia recién estrenada. Estudiar en otra ciudad añade, además, la emoción de empezar de cero, algo que puede provocar miedo y entusiasmo a partes iguales.
Eso es precisamente lo que le ocurre a Alicia, la protagonista de La chica más lista que conozco (Lumen), la nueva novela de Sara Barquinero (Zaragoza, 1994).
La novela se adentra en la vida universitaria: compañeros, exámenes, profesores; pero lejos de la nostalgia idealizada de esos años, Barquinero muestra su cara más oscura con envidias, protestas estudiantiles, burocracia agotadora, drogas, sexo y abusos de poder.
A lo largo de sus 448 páginas, la autora desmonta la imagen de una universidad pública pura y dedicada únicamente al conocimiento. En su lugar aparecen los trapos sucios del sistema con manipulaciones, luchas internas y la presión constante por destacar en el ámbito académico.
Alicia, una protagonista que durante gran parte de la novela resulta antipática, estudia Filosofía en la capital. Sale de su provincia con la ilusión de aprender, leer y participar en debates intelectuales.
Sara Barquinero en Zaragoza.
Sin embargo, desde el primer momento se obsesiona con un profesor diez años mayor que ella, con quien terminará manteniendo una relación.
No es una novela juvenil sobre la vida universitaria y sus devaneos románticos. Barquinero construye un relato atravesado por la inseguridad, las diferencias de clase, el cinismo y las pequeñas miserias cotidianas.
Uno de los grandes aciertos de la autora es el tono, pues a pesar de la densidad de algunos temas, la escritura es ágil y atrapa.
Las reflexiones filosóficas de la protagonista (a veces excesivas) no frenan el ritmo narrativo y permiten introducir una mirada crítica sobre la institución universitaria y sobre la propia generación retratada.
¿Cómo recuerdas tu etapa universitaria?
La recuerdo con mucho cariño. En la novela he cargado bastante las tintas en los aspectos negativos porque necesitaba construir una ficción crítica.
Pero, en realidad, yo fui muy feliz en la universidad. Si tuviera que volver a una etapa de mi vida, probablemente elegiría esos años.
Estudiaste Filosofía, una carrera que sorprende cuando la eligen estudiantes jóvenes. ¿Por qué te decidiste por ella?
Siempre me había atraído la filosofía, aunque al principio más por intuición que por conocimiento. Cuando llegó el momento de elegir carrera busqué una en la que pudiera dedicar mucho tiempo a leer. En Filosofía, al menos en Zaragoza, gran parte del trabajo consiste precisamente en eso, en leer y hacer seminarios.
12 portada La chica más lista que conozco
A menudo se dice que la filosofía es poco práctica o incluso inútil. ¿Qué piensas de esa crítica?
Creo que a veces tenemos una idea demasiado utilitarista de los estudios. No todo tiene que servir directamente para un trabajo. A mí la filosofía me ha servido para amueblarme la cabeza, para pensar mejor, hablar mejor y entenderme mejor.
Quizá eso no sea una profesión en sí misma, pero sí es una herramienta muy valiosa para la vida.
En una época saturada de información, ¿sigue siendo importante aprender a pensar críticamente?
Más que nunca. La filosofía enseña a pensar en sistemas, a entender cómo se relacionan las partes con el todo. Ese tipo de pensamiento es muy útil para analizar la realidad con más profundidad.
Tu novela sigue los cuatro años de carrera de Alicia. ¿Por qué te interesaba retratar la universidad?
Porque me apetecía que se notara que la vida universitaria tiene su belleza y su interés. Por eso la protagonista empieza la carrera con mucha ilusión y con una idea muy idealizada de lo que va a encontrar.
Pero también quería hablar de aspectos menos positivos de la universidad como el nepotismo, las camarillas entre profesores, la burocracia del conocimiento o la fragilidad creciente de la universidad pública.
También me interesaba abordar cuestiones de índole sexual, desde el acoso o el abuso hasta relaciones consentidas pero problemáticas entre profesores y alumnos.
En la novela está Alicia, que se obsesiona con su profesor de filosofía durante toda la carrera. Es la típica situación en la que desde fuera piensas: "amiga date cuenta", pero ella no se da cuenta.
Además, muchos de los profesores del libro son expertos en teoría feminista o en estudios de poder, pero luego no aplican esas ideas en su vida.
Me interesaba mostrar ese contraste, esos grises. Son profesores que hablan mucho de Butler, de género, de poder… pero luego, en la práctica, esa coherencia no siempre aparece.
También pasa con las propias estudiantes. Por ejemplo, Cristina es el personaje más feminista del grupo, pero cuando llega el momento de aplicar esas ideas en su vida personal tampoco siempre lo hace.
De la teoría a la práctica hay mucho trecho.
En la novela las amistades entre las chicas son muy intensas, pero también muy conflictivas. ¿Existe realmente esa sororidad de la que se habla tanto?
Creo que en muchos casos sí existe, pero cualquier relación sana hay que trabajarla. Y muchas veces las protagonistas de mi novela como muchas otras personas, no tienen ganas de trabajarla.
Aparecen la envidia, los conflictos o la competitividad. También influye mucho el contexto, este es un entorno bastante masculinizado y muy competitivo.
Además, muchas veces las relaciones entre amigas se complican porque están mediadas por hombres. Mantener la sororidad es difícil si, por ejemplo, tu novio se ha liado con tu amiga.
En la novela me interesaba cuestionar esa idea de que la sororidad sea algo automático entre mujeres. Muchas veces hay dinámicas de sistema alrededor de la sexualización de las chicas jóvenes, la competencia que fomentan esos conflictos.
Alicia es una protagonista muy insegura y que miente a todo el mundo.
Creo que Alicia se siente impostora durante toda la novela. Siempre intenta fingir que es alguien que no es, y eso hace muy difícil que tenga relaciones auténticas con los demás.
En el caso del profesor, obviamente la responsabilidad es suya: esa relación no debería haber existido. Pero Alicia tampoco es sincera en cómo se relaciona con él.
Primero lo persigue, de alguna manera incluso lo acosa. Y cuando por fin está con él, no lo trata como a una persona normal, sino como a alguien a quien admira y quiere impresionar. Nunca le dice realmente lo que quiere.
¿Por qué te interesa escribir personajes tan incómodos o antipáticos?
Porque los seres humanos somos así. Alicia es mentirosa, es bastante insoportable y muchas veces todo le parece mal. Pero esos defectos son muy humanos.
La literatura que me interesa muestra precisamente esos vicios. Si no, esta sería una novela juvenil sobre alguien que va a la universidad, liga o no liga y poco más.
En cambio, creo que una novela adulta permite que cualquier lector, incluso alguien de 60 años pueda reconocerse en los defectos de los personajes.
En la novela aparece una relación entre una estudiante y un profesor. Tú has trabajado en el ámbito universitario: ¿esas situaciones se dan realmente?
Sí. Desde que entré en la universidad no ha pasado un solo curso sin que oyera hablar de algún caso parecido, con más o menos información.
Es una mezcla de muchas cosas. Hay estudiantes que quieren impresionar a sus profesores y profesores que también buscan ese tipo de relación. Y además existe un ambiente de bastante impunidad.
Muchas veces todo el mundo sabe lo que está pasando, pero nadie hace nada.
También hablas de esas estructuras de encubrimiento dentro de la universidad.
Sí, porque muchas veces ocurre eso, que todo el mundo sabe que algo pasa, pero cuando llega el momento nadie actúa.
Si hay un profesor con denuncias o del que todo el mundo habla, ¿cómo puede ser que luego se le ascienda o que no pase nada? Ese tipo de situaciones generan mucha frustración.
Obviamente, lo ideal sería que los mecanismos institucionales funcionaran. Pero cuando no lo hacen, es normal que los estudiantes reaccionen de otras maneras, como sucede en el libro, que 25 chicas van con una cacerola a gritarle que es un cabrón, pero evidentemente no es lo mejor.
En la novela también das espacio al miedo del profesor acusado.
Me interesaba mostrar ese gris. Evidentemente la culpa es suya, incluso en relaciones aparentemente consentidas, la culpa es del profesor que sabiendo que tiene autoridad sobre la alumna debería decir no.
Pero también creo que muchos de esos profesores están atrapados en ciertos relatos culturales, existe la idea de la jovencita brillante que va a sacarlos de su oscuridad intelectual o emocional.
No lo digo para justificar nada, sino porque me interesaba mostrar que tampoco son figuras monolíticas. También tienen sus propios fantasmas.
También hablas del deterioro de la universidad pública. ¿Qué está pasando?
Creo que lo primero es que hay que defender la universidad pública y financiarla mejor. Durante mucho tiempo fue el gran centro del conocimiento en Europa, y ahora cada vez pierde más peso.
También hay problemas en los sistemas de acceso. A veces los concursos son realmente públicos, pero otras veces se diseñan perfiles muy específicos que parecen hechos a medida de alguien... "Qué casualidad que mi amigo es el único con este título y este idioma" ¿no?
Y luego está la precariedad. A mí me encantaba enseñar en la universidad, pero muchas veces las plazas de asociado son de 400 euros al mes y solo se cobran durante parte del año. Es una forma muy mala de atraer talento.
¿Cómo cambiarías ese sistema?
Yo siempre digo lo mismo: introducir una oposición para ser profesor universitario, algo parecido a lo que ocurre en secundaria. Sería una forma más transparente de acceder a las plazas.
¿Cómo fue tu paso del mundo universitario al literario?
Fue bastante gradual. Terminé la tesis bastante harta y en ese momento todavía no había publicado Los escorpiones, así que no sabía si podría vivir de la literatura.
Estudié un máster de edición, hice cursos de corrección y trabajé durante un tiempo corrigiendo textos. También corregía y redactaba tesis doctorales para otras personas. Incluso colaboré con una editorial de novelas eróticas y de autoayuda. Entonces fue cuando vino el 'boom' con Los escorpiones, y ya mejor, porque me pude quitar muchos de esos trabajillos. Hay un gran mercado de gente que hace y corrige tesis doctorales para la gente que no le apetece hacerlas... Eso tampoco se sabe mucho, daría para otro libro.
