Conocer a una persona requiere tiempo y muchas conversaciones. No obstante, se puede conocer mucho de una persona por su manera de vestir, de comportarse, por su acento, y hasta por lo que suele comer.
Juan Manuel Gil nos presenta este debate al tener un protagonista al que todo el mundo conoce pero del que nadie sabe nada.
Hablamos del conserje 'el majareta', que da nombre a su última novela. A través del humor consigue profundizar en la identidad, la soledad y lo que todos tenemos en común.
La nueva novela del escritor almeriense, es divertida, cercana y trepidante hasta la última página. A través de diferentes voces de personajes disparatados nos adentra en una ficción muy cercana a la realidad.
Entrevista con Juan Manuel Gil
Comencemos por el principio, cuéntanos con tus propias palabras, de qué trata Majareta.
Majareta es probablemente mi novela más divertida y disparatada. Está protagonizada por Leo Almada, el conserje de un colegio conocido como "el Majareta". Un buen día, tras treinta años de trabajo, lo llaman al despacho del director para comunicarle su prejubilación y no se lo toma bien.
Como represalia, la lía parda y comete una especie de disparate que afecta a los alumnos y conmociona al barrio entero. La novela se compone de los testimonios de profesores, vecinos y amigos, tanto de la infancia como nuevos, que van contando lo que saben de él. La suma de esos testimonios crea una constelación disparatada de la vida de este hombre.
Portada Majareta.
Conocemos al personaje a través de las voces de otros. ¿Somos lo que los demás ven o es imposible llegar a conocer a alguien del todo?
Creo que nunca llegamos a conocer completamente a alguien, ni siquiera a las personas más allegadas. Todos tenemos una habitación recóndita a la que nadie accede. Somos poliédricos: no somos los mismos en el trabajo que en casa, con amigos o en internet. Tener una visión global de una persona es difícil, pero eso lo hace fascinante, porque siempre hay un lado por descubrir.
Por ejemplo, el director del colegio tiene una visión de Leo basada en la profesionalidad, mientras que un amigo de la infancia ve algo totalmente distinto. Me interesaba construir al personaje no solo desde la visión de quienes lo rodean, sino también desde la rumorología, el chisme y el cotilleo, que considero el signo de nuestros tiempos. Hoy en día, cualquier noticia fascinante se rodea de chatarra informativa y bulos para parecer más interesante. Quería mostrar, desde la pequeña escala de la vida de un conserje, que utilizamos los mismos mecanismos que en los grandes hechos históricos.
La historia se ambienta en un colegio, un entorno muy familiar para todos. ¿Por qué elegiste este escenario?
No solo porque estoy familiarizado con ese mundo, sino porque sabía que el lector iba a tener un conserje y un colegio en su memoria. Quería mirarlo desde los ojos fascinados del niño que fui, que tenía un conserje que vivía dentro del propio colegio.
Me parecía un espacio magnético e hipnótico; me preguntaba si yo fuera hijo del conserje, cómo sería mi vida viviendo en el lugar del que todos los alumnos quieren huir. Además, es un espacio dotado de oralidad, sentido del humor y pequeños dramas que conforman el día a día. El conserje puede parecer un elemento anodino y secundario, pero en realidad es esencial: es un personaje en la sombra que lo controla todo.
La novela es muy divertida, incluso cuando presenta situaciones complicadas ¿Crees que, como sociedad, nos falta sentido del humor?
Los tiempos que corren son tan duros que a veces cuesta encontrar el sentido del humor, pero este siempre entra, y lo hace con más fuerza cuanto más difícil es la experiencia. El humor es una especie de bálsamo o antibiótico que nos protege de los dolores y fragilidades insoportables del mundo.
Nuestra tradición literaria española ha sido especialmente humorística, aunque a veces nos cuesta reconocerle su sitio en la literatura. El humor es tan serio como la tragedia; nos permite a los escritores acceder a cotas de profundidad imposibles de alcanzar de otro modo, ayudándonos a analizar y naturalizar el dolor.
Juan Manuel Gil y su nueva novela 'Majareta' en Zaragoza.
Tu primera publicación en 2004, Guía Inútil de un naufragio, era poesía; pero seguidamente te centraste en la novela. ¿Qué queda del poeta en el novelista actual?
El poeta sigue ahí e intenta hacerse con todo mi espacio de escritura. Tengo que mantenerlo maniatado y amordazado para que no se apodere de las novelas. Quiero que mis obras tengan un poso poético en el lenguaje, cuidando el ritmo y la musicalidad, pero lo dejo salir solo a dar un paseo cuando es necesario.
Llegué a la poesía a los veinte años porque creía que la vida debía sentirse en términos poéticos, pero con el tiempo me di cuenta de que a mi forma de vivir le iba mejor la narración y la mirada pausada. Siempre digo, con humor, que soy la prueba viviente de que de la poesía se puede salir.
¿Cómo definirías tu evolución profesional hasta llegar a Majareta?
Mi evolución está marcada por el hallazgo de un mundo literario muy próximo a mi vida real, basado en constantes como la imposibilidad de separar realidad y ficción. Soy profesor y un lector enfermizo, por lo que la literatura suele ser un tema esencial en mis libros.
Sin embargo, en Majareta apenas hay teoría literaria; he intentado que la teoría pase a la acción, "hacer carne" todo mi mundo literario. La novela es como un caleidoscopio de testimonios, y el trabajo para unir esos cristales en una vidriera inseparable ha sido durísimo. Creo que esta obra es donde mejor cristaliza mi evolución.
¿Cómo te organizas para escribir una estructura tan compleja y cuánto tiempo te ha llevado?
Soy muy disciplinado; me levanto muy temprano para escribir antes de mi trabajo docente. Esta novela me ha ocupado algo más de dos años. Debido a su estructura ambiciosa, por primera vez he necesitado instalar pizarras en mi despacho para trazar líneas cronológicas y perfilar a los personajes.
Necesitaba que cada uno tuviera una voz, una vida y una mirada distinta. Quería que, aunque fuesen disparatados o esperpénticos, resultaran lo más humanos y verosímiles posible, parecidos a la gente real con la que nos cruzamos.
Para terminar, como docente, ¿cómo percibes el el interés por la lectura entre los jóvenes?
Es cierto que la falta de comprensión lectora es una preocupación del sistema educativo que siempre se puede mejorar, pero no comparto la visión apocalíptica sobre la afición a la lectura de los jóvenes. En los institutos hay más lectores de lo que la gente piensa, aunque no lean lo que nosotros queremos.
Nunca hubo una literatura juvenil tan demandada ni que generara tanto dinero a las editoriales. Ver a tantos jóvenes haciendo cola en las ferias del libro es un mensaje muy positivo. Debemos usar esa literatura como puente para mejorar su análisis crítico y llevarlos a otras lecturas.
¿Les mandas leer tus libros a tus alumnos?
No (se ríe), soy muy pudoroso para eso. Generalmente no digo que soy escritor, pero no tardan en enterarse y suelen ser muy curiosos sobre cuánto se gana o cómo se escribe. Te miran con admiración. A menudo se prejuzga que sus ídolos solo están en las redes sociales, pero los chavales de hoy son capaces de valorar que la tarea de un escritor también es digna de admiración y curiosidad.
Además, cuando encuentran un libro que les gusta son unos apasionados. Puede crear una cuenta en redes para hablar de sus lecturas y recomendar lo que les ha gustado. Nosotros nos acercamos a la crítica desde la razón, pero los jóvenes desde el entusiasmo. Es más, no les importa hacer horas de fila bajo la lluvia para conseguir la firma de un autor...
